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Las promesas de Casado

Todo lo que promete Casado ya fue prometido, y dos mayorías absolutas después todo sigue incumplido.

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Pabo Casado | David Mudarra.

Desde el principio, Pablo Casado dirigió su estrategia a recuperar los votos perdidos. Sus propuestas parecen sacadas de los viejos y polvorientos archivadores de Génova, 13, tras romper los candados con que los mandó cerrar Rajoy. Aznar aplaudió enseguida este retorno a las esencias y los líderes de este nuevo PP parecen transmitir una renovada ilusión. Sin embargo…

Sin embargo, hay un no sé qué que chirría. Para empezar, las encuestas no indican que esté recuperando nada. Desde la prensa de izquierdas se explican los pobres resultados demoscópicos del palentino con el extremismo de sus propuestas. Pero se supone que los electores huidos son los que comparten las ideas que hoy hace suyas Casado. Si no manifiestan su voluntad de volver a votar al PP cuando los encuestadores les preguntan, será porque no se fían de Casado y no se creen que, en caso de ganar, vaya a hacer lo que dice.

Tienen sobrados motivos para dudar. La historia del PP, incluida la época de Aznar, pero sobre todo la de Rajoy, está amojonada con un rosario de traiciones. Todo lo que promete Casado ya fue prometido, y dos mayorías absolutas después todo sigue incumplido. Las dificultades para estudiar en español en la Galicia de Feijóo son prácticamente las mismas que en la Cataluña de Torra. Las protestas por las concesiones de Sánchez a la ETA olvidan denunciar las que hizo Rajoy en cumplimiento de lo cedido por Zapatero. La exigencia de que se cumpla la ley en Cataluña pasa por alto que sucesivos Gobiernos del PP hicieron la vista gorda durante lustros. La promesa de limitar el despilfarro y la disgregación que conllevan las autonomías no explica por qué nada se hizo cuando se gobernó. Por no hablar del compromiso de devolver la independencia a la Justicia, promesa traicionada por Aznar, por Rajoy y por el mismo Casado hace sólo unas semanas, cuando se avino a negociar con el PSOE la composición del Consejo General del Poder Judicial.

La empresa de Casado es, pues, un trabajo de Hércules por falta de credibilidad, aunque él no sea el único responsable. En cualquier caso, da pena verle pedir el voto en Andalucía apelando a la utilidad cuando la derecha lleva treinta años votando al PP en aquella región y tal fidelidad sólo ha servido para que el PSOE haya gobernado durante todo ese tiempo de la manera en que lo ha hecho. Y, hasta cierto punto, con la complicidad del propio PP, dejándose adocenar a cambio de poder abrevar de vez en cuando en el pesebre montado por los socialistas allí.

A estas alturas, alguien tendrá que explicarle a Casado que las promesas ya no bastan. Obras son amores. Y un buen modo de empezar sería permitiendo que, en Galicia, el que quiera, pueda estudiar en español. Su partido podría hacer eso mañana mismo. Pero no lo hará. Entonces, que no se queje si le dicen que no se fían de él.

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