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Enrique Navarro

Biden, presidente

El mandato del demócrata será algo novedoso: tendremos a un presidente sin nada que perder en cuatro años porque dudosamente volverá a ser candidato.

Enrique Navarro
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El mandato del demócrata será algo novedoso: tendremos a un presidente sin nada que perder en cuatro años porque dudosamente volverá a ser candidato.
El candidato a la presidencia de Estados Unidos, Joe Biden, espera los resultados durante la noche electoral. | EFE

Este viernes Biden ya lideraba en cuatro estados claves habiendo dado el vuelco en Pensilvania y Georgia, mientras se mantenía por delante en Arizona y Nevada.

A primera hora del miércoles todo hacía presagiar que los republicanos ganarían ampliamente Pensilvania, Michigan y Wisconsin, así como claramente otros estados como Georgia. La primera pista de que esto no acabaría así, nos la dio que dos estados tradicionalmente republicanos cayeran en manos de demócratas, Arizona, y un voto de Nebraska. Algo barruntaba que podríamos estar ante un cambio.

La victoria en Ohio y en Florida de Trump entraba dentro de lo previsible, hacían presagiar, siguiendo la historia electoral, que el republicano sería presidente. Con un dato que los demócratas deben aprender, Trump creció entre el voto latino en Miami Dade; algo que era imprevisible, salvo para los que saben que se trata de un voto muy conservador; el exilio venezolano y cubano es definitivamente republicano, por razones obvias.

Pero faltaban a esta hora más del 60% de los votos en lugares como Pittsburg, Chicago, Milwaukee, Atlanta, Philadelphia, Las Vegas y Phoenix, donde Biden estaba arrasando en algunos casos con casi el 70% de los votos. En estos estados, el voto temprano y por correo no se cuenta hasta el final, y por la experiencia de estos comicios casi dos tercios de este voto se dirigía hacia los demócratas, porque esa fue la estrategia de los demócratas para evitar las colas en los colegios bajo la pandemia. Esto es lo que ha provocado que a medida que avanzaba el recuento, Biden no cesaba de crecer mientras que las expectativas de Trump de ganar Michigan, Wisconsin, Pennsilvania y hasta Georgia, se esfumaban.

Los demócratas han ganado en cinco estados que fueron republicanos hace cuatro años y desde el punto de vista electoral es un gran triunfo para Biden.

La primera reflexión que hago es que cuatro años de presidencia de Trump no han cambiado mucho al electorado a pesar de haber votado en masa en estas elecciones. Trump ha recibido más de tres millones de votos que no le votaron en 2016, y esto en si era impensable; y demuestra que el estilo y la gestión del presidente ha movilizado al voto republicano. La segunda es que Biden será el presidente más votado de la historia con setenta y tres millones de votos.

Los demócratas han ganado, pero podían haber perdido; no se ha producido ese vuelco que apuntaban las encuestas durante los últimos dos años. Quizás las encuestas tan favorables a los demócratas podrían haber desmovilizado a sus votantes, pero el voto en masa de la gente mostraba que estas elecciones eran cruciales para el futuro del sistema en Estados Unidos y por eso se han movilizado tanto los votantes de ambos partidos.

Una victoria tan amplia disipa las continuas alegaciones de fraude. El ataque a las instituciones desde la sede del gobierno es como un virus que se extiende últimamente en muchos lugares y nosotros lo sabemos bien; pero en la Casa Blanca como en cualquier otro palacio de gobierno no se puede ser antisistema cuando eres la cabeza del sistema.

No hay alegaciones concretas de fraude, ninguna, y son estados republicanos al igual que demócratas los que han gestionado el recuento; hay muchos condados donde el recuento se transmite en streaming, y los votos se pueden recontar; el sistema tiene suficientes prevenciones legales después de doscientos treinta años votando para pensar en un fraude masivo.

La discusión está en si debe admitirse en estados como Pensilvania el voto por correo llegado después del día de las elecciones. La corte Suprema del estado declaró dejar esos votos aparte hasta que dictamine; pero la tradición jurisprudencial norteamericana tiene dos principios que se han mantenido estables a lo largo de su historia; si nadie impugnó las reglas de juego antes de las elecciones, éstas, no se pueden cambiar simplemente porque el resultado no es favorable y enlaza con lo segundo, el estado federal es sagrado en Estados Unidos y ésta es sobre todo una máxima republicana; si la ley permite a los estados legislar cómo deben ser las votaciones, el Supremo no tiene base alguna para, en el conflicto entre reglas diferentes por estados y el sagrado derecho a votar conforme a la ley, castigar el derecho al voto conforme a la legislación vigente. La experiencia en recuentos es que no cambian más de unos cientos de votos, así que no debemos esperar cambios de los resultados, por mucho ruido que oigamos en las próximas semanas.

Habrá tiempo de analizar las conclusiones; pero a mi juicio hay tres rápidas.

Primera, que Trump ha obtenido un gran resultado, seguramente sin el COVID hoy sería presidente. El número de votos es un gran triunfo personal, pero su legado desaparecerá ya que hay muchísimas vendettas en la lado republicano que se van a cobrar en los próximos días; Trump hará mucho ruido y no se saldrá de su guion escénico, pero en un año sólo se hablará de la biblioteca del expresidente Trump y de sus continuas alegaciones, de que le robaron las elecciones, como cuando gastó millones de dólares en demostrar que Obama no era americano y debía ser descalificado; así es él y nadie le va a cambiar.

Pero Trump, fuera del COVID que no ha gestionado mal si comparamos la letalidad con países como el nuestro, deja una gran gestión económica, un país sin muertos en guerras, una defensa del orden, incluso cuando todo se le ponía en contra; en política exterior consiguió acuerdos históricos en Oriente Medio cuya trascendencia todavía desconocemos y supo enfrentarse a la gran amenaza de la dictadura china; en su contra su admiración secreta por el modelo de Putin, su aislamiento del mundo, especialmente de Occidente y sobre todo haber ejercido de pirómano en los conflictos sociales de Estados Unidos cuando lo que se necesitaban eran bomberos. En cualquier caso, algo habrá hecho muy mal Trump para haber seguido los pasos del otro presidente que perdió al finalizar su primer mandato, Carter en 1980, pero claro perdió frente al gigante Reagan.

Segunda, que Biden tiene por delante tranquilizar el país y centrarlo en la lucha contra el Covid y proteger la economía; deberá mejorar sus relaciones con sus aliados y culminar algunas de las reformas que Obama fue incapaz de hacer aprovechando la debilidad en la que Trump ha dejado al partido republicano. Veremos si en cuatro años los americanos deciden elegir por primera vez una mujer de color a la presidencia o ya tendrán los republicanos un candidato fuerte que pueda devolverles al poder.

A esta hora incluso el senado está muy abierto, pero si algo tiene Biden de lo que Trump carecía, es de cintura para cerrar acuerdos. El veinte de enero Biden será presidente, pero lo es sin haber dicho apenas nada de lo que va a hacer; todo lo que ha hecho es repetir los mismos slogans en todos los sitios. El proteccionismo, los impuestos, la distribución de la vacuna, las relaciones con los aliados, y las reformas siempre abiertas constituirán el eje de su mandato, que tendrá algo novedoso, tendremos a un presidente sin nada que perder en cuatro años porque dudosamente volverá a ser candidato.

Y finalmente, la tensión social en Estados Unidos y los resultados muestran que el país está cambiando, el crecimiento económico y el COVID han producido movimientos demográficos importante en estados como Arizona y Georgia y en otros muchos que están empezando a alterar el mapa electoral; la demografía va a hacer el resto, con minorías que crecen y con un voto republicano que envejece y se reduce por su menor natalidad. Ese es el problema de fondo de todo lo que hemos visto en estos años, la sensación de que cosas fundamentales de su historia están cambiando y los amenazados reaccionan defendiéndose como pueden, y los amenazantes se regodean; veremos como se gestiona esta transición en los próximos mandatos. De momento tenemos una cosa clara, hay nuevo inquilino en la Casa Blanca.

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