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Begoña y su marido contra la España de Colón

Las botaratas del 8-M socialista retrataban a toda una generación que oculta su avidez de dinero y poder en la supuesta búsqueda de una igualdad

Begoña Gómez y Pedro Sánchez. | EFE

El acto electoral que, en favor de Vox y con excusa del Día de la mujer trabajadora, celebraron el viernes la izquierda parlamentaria y la extraparlamentaria, rigurosamente indistinguibles, ha conseguido elevar la mamarrachada a ideología y rebajar la ideología a mamarrachada. No entraré en los eslóganes grotescos que demuestran la zafiedad de un sexismo que espantará a las mujeres civilizadas. El símbolo de la manifestación que, según los organizadores, sacó un millón de personas a la calle en toda España (o sea, poco más de un cuarto, aunque los medios militantes multipliquen las cifras), fue Begoña Gómez, la esposa de un presidente del Gobierno gracias a los golpistas catalanes, bildutarras y comunistas financiados por Irán y cuyo modelo de Estado es, desde sus orígenes, la Venezuela chavista. Que, por cierto, está viviendo el apagón más grande de la historia de América.

La Constitución que ignora Carmen Calvo

Según la propaganda, la señora Sánchez-cum-fraude "ha luchado toda su vida por la igualdad de oportunidades". Pero todos saben que fue enchufada por su marido en una entidad privada como experta en África, de la que sabe tanto como los ciudadanos de su sueldo, declarado secreto de Estado por su marido. Por eso resultaba grotesco verla dando saltos detrás de una pancarta y junto a otras vetustas ministras, también pupilas de su cónyuge, y gritando "¡Dónde están, no se ven, las banderas del PP!". Además de la obsesión antiespañola de los Sánchez-Gómez, que ahora trataremos, las botaratas retrataban a toda una generación que oculta su avidez de dinero y poder en la supuesta búsqueda de una igualdad entre sexos que su realidad desmiente. Dicen estas milicianas de la pasta que la mujer, en general, está discriminada -amén de apaleada y asesinada- sólo por serlo. Ahí está Begoña, tan positivamente discriminada, para negarlo.

A su lado desfilaba y daba botes –"¡ote, ote, ote, machista el que no bote!"- la escudera presidencial, Carmen Calvo, que es doctora en Derecho Constitucional con el mismo nivel intelectual que Falconetti en Economía. La víspera de su homenaje a la rana dijo que ella no veía en la Constitución ninguna garantía de igualdad ante la ley entre hombres y mujeres, lo que demuestra que nunca la han catado sus ojos. El artículo 14 lo deja claro:

"Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social."

El texto constitucional está escrito -y mandado publicar por el Rey- para el que sepa leer. O no viva mintiendo, como Salomé vivía cantando. Se ha discutido mucho si Calvo –"ni pixi ni dixi"- entiende lo que lee, ya que el llamado analfabeto funcional aprende a leer, pero, al no hacerlo nunca, pierde la capacidad de entender y vive imitando a los que lo hacen. En todo caso, lo indiscutible es su condición de mentirosa profesional. No hay otra forma, se nos dirá, de hacer carrera en la Izquierda: mentir como respirar, y mentir mucho para prosperar más, véase Sánchez. Certísimo.

El femimacho Sánchez teme a Colón

Pero pocos concedieron importancia o dudaron de las cifras oficiales sobre la manifestación de PP, Cs y Vox en Colón. Y todo lo que ha hecho el Gobierno desde entonces demuestra lo muy en serio que se ha tomado aquella capacidad de improvisación y su éxito, pese a la torpeza de los organizadores, que ni tenían medios para captar imágenes aéreas de la muchedumbre congregada. Obviamente, porque no pensaban congregarla.

La Izquierda, en cambio, sí ha entendido la fuerza política que esa unión de los tres partidos de centro y derecha en torno a la idea nacional, puesta en almoneda por Sánchez, podía tener en las elecciones generales. Sobre todo, tras el batacazo andaluz de PSOE y Podemos, y la aparición de Vox. Si se repara en los eslóganes que el maniquí de la Moncloa viene repitiendo, lo que intenta es cambiar el terreno del debate político. El de verdad, que es el del reto separatista catalán, sabe que lo tiene perdido. Así que se dedica a maniobras de distracción para ver si la derecha muerde el anzuelo y, como siempre, acepta jugar en el campo enemigo, con sus reglas y sus árbitros.

No ha funcionado eso de "los que quieren volver a la España en blanco y negro", sobre todo cuando lo dicen los que llevan nueve meses desenterrando a Franco, que, a este paso, acabará enterrándolos a todos. Menos aún, ante los colorines liberticidas y laziamarillos de los CDR o las batucadas moradas del 8M, evocación de las "tiorras" de la II República. Sin embargo, ha logrado que Cs vaya a una manifestación cuyo terrorífico manifiesto contra la propiedad y la libertad, que llevó al PP a tirarse en marcha, no comparte y frente al que ha escrito su decálogo de "feminismo liberal", o sea, de sexismo bien entendido, y, por tanto, nada sexista. Pero el centro se ha sometido a la izquierda. Ha sido incapaz de manifestarse por su cuenta, como corresponde a un día que se quiere celebrar, no compartir. Es como si la CEOE se manifestara junto a CCOO y UGT el 1 de mayo, "contra la explotación capitalista". Podrían, porque son del mismo pesebre, liberados y archisubvencionados, pero resultaría ridículo para unos y otros.

El liberalismo y el problema laboral femenino

Como los propagandistas de Ciudadanos no tienen la menor idea de la historia de la Izquierda, desconocen que lo primero que han hecho todas las escisiones y partidos nacientes es ir por separado a las manifestaciones. Sólo así puede verse que no forman parte del rebaño "aburguesado" o, si es al revés, de la tendencia "radical, extremista y a espaldas a la clase obrera". Si las estimables representantes de Ciudadanos -me parecen ridículos esos hombres que se culpan y piden perdón por las fechorías de otros hombres- se hubieran manifestado por su cuenta y llevado unas flores no sólo a Clara Campoamor sino a otras figuras del feminismo liberal, como Pardo Bazán, habrían dejado claro que ni se confunden ni quieren que las confundan con las grotescas predicadoras del delirio sexista-leninista, con brujas al dorso. Al no hacerlo, reconocen que la legitimidad del feminismo es de izquierda.

El PP pareció que aprendía a leer, aunque el manifiesto llevaba días rodando, gracias a la Enciclopedia Abascal. Con toda lógica, quiere evitar que Vox capte todo el voto que no soporta a las feminazis y a las begoñas. Sin embargo, como Ciudadanos, Casado ha sido incapaz de romper lo más fácil: la argumentación economicista de la brecha salarial, que en Libertad Digital han explicado clarísimamente Manuel Llamas y Domingo Soriano.

No se puede llevar un programa económico liberal y defender esa falacia de analfabetos, basada en tres manías comunistas: que el empresario paga menos a una mujer que a un hombre por el mismo trabajo, con lo que no existiría el paro femenino; que paga más al hombre aunque trabaje peor, con lo que preferiría perder dinero a ganarlo por una superstición sexista; y que discrimina a una empleada, si prefiere una dedicación a tiempo parcial como hacen muchas mujeres en los años de crianza, y no que son, sobre todo, las mujeres las que deciden tener niños y el tiempo que les dedican, sacándolo o no de su jornada laboral y, tal vez, su proyección profesional.

Desde el punto de vista liberal, son los individuos los que deciden, pero nadie puede discutir que la desigualdad en la reproducción impone alguna forma de compensación laboral, puesto que si no nacen niños todas las sociedades mueren. Pero contra lo que proclama la Izquierda y acepta la Derecha, no existe la famosa brecha salarial, sino una biológica y social. No es obligatorio, como antes de los anticonceptivos científicos, que los hombres y las mujeres repartan su cuota de estrés, en la oficina o en casa. El feminismo marxista hijo del 68, que ha desembocado en la barbarie actual, decía que la competitividad y el afán de ganar dinero eran cosa de hombres, que el feminismo despreciaba. ¿Y ahora resulta que hay pocas ejecutivas? ¿Pero que el capitalismo mata? ¿Pero que se quiere cobrar más? ¿En qué quedamos? ¿Se quiere más dinero o un matriarcado comunista? La contradicción de que las begoñas y las ministras que ocultan su patrimonio se manifiesten con las que claman "¡burguesa no eres mi hermana!" es tan evidente que un partido con ideas claras jamás debería desfilar a su lado.

Reconozco que es endiabladamente difícil, y más en una economía moderna y de servicios como la española, establecer fórmulas laborales que no perjudiquen a la empresa ni a los empleados y contemplen las distintas opciones biológicas y vitales sin perder competitividad. En esa cuestión, andamos a tientas y hay que reconocer que no hay certezas indiscutibles, ni económicas, ni sociales, ni morales. Por eso, en mi opinión, ahí debería centrarse el debate político y los partidos hacer sus distintas propuestas. Si se parte de que lo indiscutible es la brecha salarial, para qué discutir nada.

Las banderas de España, para Begoña son del PP

Pero es éste un asunto de tal complejidad y tan largo recorrido que los partidos no van a ponerse a discutir en serio, de ahí que los partidos de derecha, con la excepción de Vox, acepten los términos de la Izquierda y pierdan la ventaja electoral que tienen sobre ella: la idea nacional española. Cuando Begoña grita "¿Dónde están, no se ven, las banderas del PP?" es porque la Izquierda ha renunciado a España.

Y esa es su debilidad, porque no debería gobernar nunca un partido ni un sujeto como Falconetti cuyo programa político real no es el de sacar a Franco de la fosa, ni siquiera el feminismo de cuota, sino el que inspira su afán de Poder: pactar con los enemigos de la nación y la Constitución. En eso deberían centrarse el PP y Ciudadanos, no en manifestarse junto a las brujas andinas que ahúman las calles con ofrendas a la Pachamama. Si el PSOE le deja a la Derecha la bandera de España, perderá las elecciones.

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