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Federico Jiménez Losantos

La europuñalada

Nunca se había aplicado a nadie el bofetón de fondo que, acomplejadito, pidió como caricia el Supremo.

Federico Jiménez Losantos

La resolución del TJUE es lo que parece: una tremenda puñalada a España, cuya daga fue bobamente entregada por Marchena a una instancia que no ha dudado en ponerse a favor del golpe de Estado contra uno de los miembros más importantes de la UE, aunque hoy sin ningún peso en ella.

Como a la gente le cuesta admitir que los males de España vengan de otro sitio que de sí misma, que así estamos de tibetanizados, recordemos lo que Emilio Campmany publicó en LD, apenas conocida la canallada: nunca jamás ese tribunal había discutido que cada país tiene su norma interna de toma de posesión de las credenciales como representante electo, y nunca, repito, nunca, se había puesto en cuestión el respeto de la UE a este trámite.

El Supremo, un protectorado de la UE

El miramelindo Marchena y sus eurocomplejines unánimes, fiados en ese precedente legal y no en la costumbre europea de ayudar a etarras, golpistas y otros enemigos de España y la Libertad en las últimas décadas, elevó sin necesidad una cuestión prejudicial al TJUE precisamente porque nunca se había discutido a ninguno de los países miembros esa formalidad y para cerrar la puerta a la reclamación ya anunciada del Golpista en Jefe. En realidad, no cerraba esa puerta sino que la abría, vanidosa y neciamente.

Como en todo el desarrollo del juicio al Golpe de Estado, Marchena y sus cuates se colocaron en una situación de protectorado legal europeo, como si España no tuviera legitimidad por sí misma para juzgar un golpe a su soberanía, a su integridad nacional y a su régimen constitucional. O sea, como si estuviéramos en la UE de favor, y no como si le hiciéramos a la UE el favor de pertenecer a ella. Que se lo hacemos, más que casi nadie.

Esto último parecerá engreído incluso a los euroescépticos, que hasta ese punto hemos interiorizado un suicida complejo de inferioridad. Pero así es: España ha tenido, tiene y debe tener más importancia que, al menos, 23 países de los 27 que quedan en la UE tras el Brexit. Y si no tuviéremos un Gobierno rata entregado a comunistas y separatistas y, algo aún peor, una oposición lombriz que serpea trabajosamente en los surcos del politiqueo de fortuna, la reacción de los partidos políticos habría sido de indignación, amenazando con abandonar la UE. Pero si la sentencia consensuadamente corrompida del Supremo que, de hecho, absuelve a los golpistas apenas ha sido criticada por Vox, ¿qué cabe esperar de los demás? Estupor y silencio. ¡No vayan a ilegalizarnos a todos Alemania, Francia, Bélgica y la Sextapo!

Un tribunal contra su propia ley y contra España

Durante dos días, el grupo Libertad Digital ha sido el único que sostuvo la tesis de la europuñalada en el artículo tempranísimo de Emilio Campmany. Cabían dos posibilidades: que una vez superado el soponcio los demás nos dejaran por embusteros o que los pocos medios que se oponen al golpismo sanchista y al gobierno socialcomunista en ciernes consultaran a los expertos y publicaran la opinión respaldando la nuestra. Ayer, El Mundo publicaba una encuesta de Marisa Cruz entre expertos en la jungla legal de la UE; y todos, sin excepción, sostenían la misma tesis: nunca se había aplicado a nadie el bofetón de fondo que, acomplejadito, pidió como caricia el Supremo. De hecho, el TJUE había actuado contra legem, es decir, contra su propia ley. También contra su costumbre, que incluía la española entre las muchas legítimas para adquirir la credencial de eurodiputado. También la escandalosa inmunidad para ciertos delincuentes.

Pero debe quedar claro para tantos eurocomplejines atónitos que lo que ha respaldado inequívocamente el TJUE es la actividad golpista contra España en un aspecto esencial, que es el del respaldo internacional. Y lo ha hecho tan decidida y escandalosamente que no ha dudado en cambiar toda su jurisprudencia anterior para respaldar a Junqueras, Puigdemont y demás. Nunca debió haberse pedido ayuda para aclarar lo que no se había discutido jamás en la UE: que cada país aplica su norma para convertir al votado en electo. Pero, cuando se ha hecho, no debería creerse que lo que ha hecho el TJUE no es una puñalada a España, porque lo es y miente el que lo niegue.

La raíz del eurocomplejo español

La legitimidad española es muy superior a la europea. De hecho, la UE es legítima por la legitimidad que le confieren sus estados miembros. Ni su legitimidad es anterior ni puede ser superior, desde el momento en que cualquiera de los ahora 27 Estados que la forman puede abandonarla.

Esto es obvio para cualquiera que se asome a la historia de Europa y la UE, la más ambiciosa y, en muchos sentidos, exitosa, de las asociaciones nacionales y estatales del viejo continente en dos milenios, básicamente a partir de Roma y el Cristianismo. Sin embargo, la idea de que España es más legítima que Europa, que es como genéricamente llamamos a la Unión Europea o a los países ultrapirenaicos, estoy seguro de que sorprenderá a muchos españoles, jóvenes o viejos. Es que hemos interiorizado hasta tales extremos la conciencia de inferioridad, hija de una inducida ilegitimidad, de la nación española y su Estado que nos parece llamativa semejante obviedad. España es uno de los grandes estados, con Francia, Inglaterra, Alemania, Italia, Portugal y Rusia, que han creado en quince siglos esta Europa recreada a partir del Imperio Romano y que ha trasplantado sus instituciones a toda América y Oceanía, y a buena parte de Asia y Africa.

Sin embargo, el poder mediático y cultural de la Izquierda, que ha hecho causa común con el separatismo antiespañol desde el franquismo y, muy especialmente, en la democracia, ha conseguido que los ciudadanos españoles seamos una especie arrugadita, sin estirar, que parece tener que demostrar cada día que está a la altura de la que carecemos pero queremos alcanzar; la famosa "homologación" europea, como si estuviéramos recién llegados en patera a las riberas de una civilización que siempre fue nuestra.

Es verdad, como decía ayer Javier Somalo en su antológico "Europa Republicana de Cataluña", que nada de lo que nos hace la UE dejamos de hacérnoslo nosotros, desde juzgar un golpe sin concluir, que se mantiene y es financiado por el Estado agredido, hasta depender voluntariamente de los golpistas para formar Gobierno, como hace el architraidor Falconetti. Pero yerran los que ven en la miserable actuación del TJUE y Sassoli, socio del PSOE, un episodio pasajero del rompecabezas burocrático de la UE, que solventaremos mal que bien y pasaremos a otra cosa. Es el comienzo de la legitimación del golpismo catalán, hasta ahora fracasada. No importa lo que diga y después matice la sentencia. Lo que no tiene matices es la bofetada a España y el respaldo legal y político a los que quieren destruirla.

Los eurodiputados de centro-derecha han estado más ágiles que los líderes de sus partidos, que, con la excepción de C´s, siguen a la espera de que se forme el gobierno del Frente Popular Separatista para hacer algo. No hace falta ser euroescéptico para hacerse cargo de la canallada del TJUE. Los eurofanáticos podrían decir que los que apoyan a los golpistas son los enemigos de Europa, y que van a convertir a España en un problema muy serio para toda la UE. Pero no: siguen atenazados por sus complejos y se limitan como decía Somalo, a proyectar en Vox lo que temen y en el fondo desean: plantar cara a esta gentuza que no vacila en humillar a una nación cuyo mayor defecto, amenaza con ser mortal, es el de confiar a los demás lo que debe hacer por sí misma.

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