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VUESTRO SEXO, HIJOS MÍOS

El órgano más sexual

Mis siempre amados copulantes: El cerebro es el órgano humano más sexy. Tanto es así que hay gente que tiene dos sexos; uno en la bisectriz del ángulo inguinal y otro en la cabeza.

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Los cerebros están sujetos al dimorfismo sexual como otras partes del cuerpo. No en balde las mujeres seleccionaron a los hombres más listos que, a su vez, seleccionaron a las mujeres más estéticas, siguiendo esa máxima que dice: "Ante la duda, la más tetuda". Pero, creedme, el mito de la guapa tonta es falso, porque las mujeres, además de tener que convencer a un tío –que no es ciego– de que están buenísimas, fueron seleccionadas por su eficacia para gestionar sus intereses reproductivos.

Aunque los cerebros de hombres y mujeres están destinados a susurrarse y a darse el pico, no siempre es así. La inmensa mayoría de la humanidad ha pasado por esta vida sin pena ni gloria porque no sabía hacer la o con un canuto, pero los pocos que han destacado han sido, casi siempre, hombres. Los obstáculos de tipo cultural y las razones biológicas impidieron que las mujeres se dedicaran a excentricidades tales como estudiar e investigar. Hubo, por supuesto, muchas mujeres con talento, empeñadas en hacer de las suyas, pero fueron eclipsadas, ninguneadas y jeringadas.

Todavía en los años cincuenta, en instituciones como el King's College se trataba a las científicas con "un desdén formalizado que asombra a la sensibilidad moderna (en realidad a cualquier sensibilidad)", dice el historiador Bill Bryson. Ni siquiera se les permitía el acceso al comedor de profesores y comían aparte, en una habitación "deprimentemente carcelaria". Se las acusaba de parecer deliberadamente antieróticas y sus colegas las presionaban para que compartieran sus descubrimientos. Aquí, entre nosotros, os diré que hubo más de un choriceo con los premios Nobel.

En 1980, una época en que los genes tenían la culpa de todo, la revista Science publicó un estudio que sostenía que las mujeres son genéticamente inferiores en matemáticas y, bueno, no tembló la tierra; pero en 2005 el economista americano y director de la Universidad de Harvard Lawrence Summers insistió en declarar que las mujeres están peor dotadas genéticamente que los hombres para hacer ciencia. Como si los genes funcionaran de una manera tan simple y fueran de ciencias o letras. Así que cuando el señor Summers dijo su chorrada lo lincharon por biodeterminista.

Uno de los que arremetió contra Summers y, de paso, contra la discriminación en las universidades y centros de investigación fue Ben Barres, un profesor de neurobiología de la Universidad de Stanford que nació mujer y luego se agenció un pirulo y cambió de sexo. Y dijo así:

No hay ninguna evidencia de que el cerebro sexualmente dimórfico tenga alguna influencia sobre las capacidades necesarias para tener éxito en una carrera académica. La principal diferencia que percibí tras cambiar de sexo es que las personas que me conocen sólo como varón me tratan con mucho más respeto, hasta puedo acabar una frase sin que me interrumpa un hombre.

Aquí, una servidora sabe que su lengua habla con la verdad. Por eso estoy agradecida a todos los amables copulantes que creyeron que Remedios Morales era un señor. Soy consciente de que eso es un elogio.

El cerebro de los hombres europeos pesa, en promedio, 1.385 gramos y el de las mujeres, 1.265. Unos 4.000 millones de neuronas a favor del cerebro masculino que no hacen más listos a los hombres porque el peso del cerebro se relaciona con el peso del cuerpo, en una proporción llamada coeficiente de encefalización. Eso es lo que hace a los humanos más listos que las ballenas. Pero, además, la inteligencia no depende exclusivamente de la cantidad de materia gris cerebral, porque las conexiones neuronales y el modo en que se utiliza el cerebro también influyen.

Durante el siglo XX se elaboraron pruebas de psicometría para comparar el cerebro de hombres y mujeres. ¡Lagarto, lagarto! Era imposible separar las diferencias biológicas de las culturales, porque desde nuestra más tierna infancia somos tratados en función del sexo. Además, se pretendía medir objetos imposibles de ponderar en términos métricos exactos y definir exactamente términos muy subjetivos, porque ya me diréis qué cosa es, por ejemplo, la inteligencia espacial y cómo demonios se mide. No es extraño, entonces, que los resultados de las pruebas fueran seguidos, invariablemente, de múltiples acusaciones de sesgo y mucha bronca.

Aunque, en las pruebas, las diferencias observadas entre distintos individuos del mismo sexo es mayor que las que se observan entre la media de hombres y mujeres, el cerebro tiene toda la pinta de estar especializado en función del sexo. En todo caso, las mujeres, en promedio, obtienen mejores resultados en habilidades sociales y lenguaje y los hombres, en cambio, en razonamiento matemático y ciencias.

La teoría de la lateralidad cerebral surgió en los años 70 de la necesidad de explicar las diferencias sexuales en las pruebas de inteligencia. Si al principio fue recibida con escepticismo, desde que se inventó el escáner la mayoría de los especialistas está de acuerdo con ella y ha asumido que el cerebro masculino está más lateralizado y el femenino trabaja de una forma más general, lo que implica un mayor número de conexiones entre ambos hemisferios. Cuando se hace un escáner a un hombre que lee, se ve activada un área muy localizada del hemisferio derecho, mientras que en una mujer se ven implicadas zonas de los dos hemisferios. Y es que las mujeres tienen un 30% más de esas fibras nerviosas que unen los hemisferios cerebrales, y por eso se dice que pueden desempeñar varias tareas a la vez. Catherine Ellicon, en su libro Inteligencia Maternal, define el cerebro femenino como una "mente multitarea".

Otra investigadora, Nancy Forger, de la Universidad de Massachusetts, ha demostrado con ratones que, en el útero, el cerebro de los embriones es modelado por la acción de la testosterona y otras hormonas. Incluso, después del nacimiento, un tratamiento con testosterona desarrolla el cerebro a la manera masculina. Pero hay que investigar si con los humanos pasa lo mismo que con los ratones. A mí me da que sí.

Queridos míos, os diré que yo no pondría tanto amor propio en las matemáticas. Los seres humanos no han evolucionado para resolver integrales. Las matemáticas no fueron una adaptación evolutiva en sí mismas, porque nuestro cerebro estaba ya desarrollado mucho antes de que se inventara la tabla de multiplicar. Como soy una intrépida, aventuro la hipótesis de que la capacidad para la comprensión matemática quizá emergió como una parte marginal e invisible de un conjunto de habilidades más rentables para los varones que para las mujeres, y que se podrían denominar como de competencia o de torneo porque tenían la propiedad de dar ventajas a un hombre por encima de sus rivales.

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