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Francisco Pérez Abellán

Los fantasmas del Windsor

Diez años después afirmar que el pavoroso incendio del edificio Windsor se debió a una colilla es una soberana tontería.

Francisco Pérez Abellán
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Diez años después afirmar que el pavoroso incendio del edificio Windsor se debió a una colilla es una soberana tontería. En las imágenes de internet hay expertos que ven en las llamas algún tipo de acelerante. Yo lo pongo en duda porque nuestros bomberos son muy buenos y lo habrían detectado. Pero la memoria del Windsor sigue poblada de fantasmas.

Si una cosa tan pequeña como la cola de un cigarro hubiera destruido algo tan grande debería investigarse la construcción de la estructura porque no es posible que algo así fuera autorizado sin certificar defensas contra el fuego. Pero ya digo que pese a que la explicación de la colilla mal apagada está llena de detalles, con la precisión de que fue en un despacho donde había una empleada que fuma, solo demuestra lo malo que es el tabaco.

En el Windsor, mientras arde como una antorcha o un edificio de papel, crecen los interrogantes. El Windsor estaba poblado de figuras que fueron captadas por la cámara de unos recién casados, pero nunca detectados por los servicios de vigilancia, que parecían abrir algo como una caja fuerte en uno de los pisos elevados. Las imágenes fueron analizadas por la policía científica afirmando que no habían sido manipuladas. Esto es: concluyeron que eran reales, tomadas como decían sus propietarios pero sin explicación.

Entonces se dijo que se trataba de un reflejo en los cristales del coloso en llamas. Incluso se publicó un esquema de cómo actúa el supuesto reflejo. Nada convincente, por cierto. La verdad es que los bomberos negaron que fueran ellos, aunque en las fantasmales imágenes obtenidas con una simple cámara de turista se adivina a gente que utiliza trajes especiales, probablemente ignífugos. Puestos a sacar conclusiones podría pensarse que estaban recuperando dinero o documentos secretos.

En España hay buenos investigadores, pero la investigación no ha avanzado. De hecho ha concluido sin desentrañar los misterios. Tampoco ha trascendido la enormidad de las indemnizaciones millonarias. El edificio era el orgullo de la familia Reyzábal. Su obra cumbre. Después del fuego tuvieron que deshacerse de la propiedad.

En el Windsor estaba la sede de Deloitte, una importante agencia auditora y de consultoría. También un importante despacho de abogados que atesoraba gran cantidad de documentos e incluso unas dependencias del Ministerio de Defensa que quizá manejaba grandes secretos. Todo eso insufla aire a los fantasmas.

Abundando en el misterio mucho antes de detectarse efectivamente en la torre se olía a fuego en varias zonas de Madrid, por ejemplo en Moncloa. Lo cual es de verdad misterioso. Las entrañas estaban ardiendo lentamente y rompieron en una explosión cuando los bomberos lo creían controlado. Las llamas fueron en todo momento violentas y voraces. Ingobernables. Fue un espectáculo único y aterrador: se temió por la seguridad de construcciones aledañas. Todavía hoy no sabemos lo que estaba pasando. ¿Por qué las previsiones de los arquitectos no pudieron con el fuego? No hay en Madrid nada igual en la historia de sus edificios quemados.

Lo único bueno es que no hubo víctimas. Los bomberos valientes arriesgaron su vida, como acostumbran, pero tuvieron la fortuna de retirarse a tiempo, poco antes de que las llamas convirtieran todo en un infierno.

Yo estuve en el Windsor y fue un edificio orgulloso. Poderoso y bello. Una promesa de inmortalidad en el skyline madrileño. Todo hormigón y cristal. Pero era un gigante con los pies de estopa y el corazón lleno de misterio. Un gran pecado en medio de Raimundo Fernández Villaverde con cabeza a la Castellana.

En sus bajos se descubrió un butrón en el que se investiga si por allí podrían haber salido los presuntos pirómanos. Quizá los fantasmas con traje ignífugo. Pero si lo prefieren, solo eran unos vecinos sin ninguna curiosidad por el gran fuego, puesto que en las imágenes le dan la espalda, haciendo la cena con escafandra.

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