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¿Será el 'Obamacare' la tumba del progresismo?

El progresismo resulta ser desastroso para los americanos de cualquier ámbito social… excepto para quienes trabajan al servicio del Gobierno omnipresente.

Fundación Heritage
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La implosión de Obamacare condena no sólo la ley misma, sino toda la estructura del progresismo, una filosofía enraizada en la creencia de que el Gobierno, supuestamente administrado por "los mejores y más brillantes", puede dirigir las cosas mejor que los individuos. Ahora se ha comprobado, de nuevo, que esa idea es incorrecta.

La arrogancia de las hipótesis del progresismo se puso de manifiesto al final de la tristemente célebre conferencia de prensa del presidente Obama del pasado 14 de noviembre. Sin la ayuda del teleprompter, el presidente que osó rehacer la sexta parte de la economía de Estados Unidos hizo esta cándida confesión:

Lo que también estamos descubriendo es que comprar un seguro es complicado.

Fue el momento Cenicienta, el de las campanadas a medianoche, de la presidencia de Obama; el momento en que la carroza de oro se transforma en calabaza, los potros en perros callejeros y los cocheros de librea en ratones. La siguiente pregunta (que espero se conteste de manera afirmativa) es si la magia se desvanecerá no sólo para el presidente sino para el progresismo.

La izquierda del espectro politico norteamericano resucitó el término progresismo hace una década –eso, después de haber desacreditado por completo la palabra liberal en inglés–. (A todo esto, liberal es un término perfectamente legítimo, con raíces en la palabra libertad. En su uso original, liberal era sinónimo de libre mercado; exactamente lo contrario de lo que significa ahora en Estados Unidos. No obstante, liberal sigue significando eso, las ideas del libre mercado, al otro lado del Atlántico, así como en el mundo de habla hispana).

Una vez que liberal quedó asociado en Estados Unidos a la idea del Gobierno omnipresente, los impuestos altos, el despilfarro en el gasto y la deuda abrumadora, la palabra se convirtió en un lastre electoral. Por tanto, los izquierdistas adoptaron la vieja etiqueta, la de progresistas, y decidieron postularse como los líderes políticos que acabarían con las anticuadas ideas del pasado y harían avanzar al país. Al mismo tiempo, hicieron un excelente trabajo redefiniendo a los conservadores como aferrados al pasado, retrógrados y demasiado moralistas a la hora de valorar nuevos estilos de vida y nuevas ideas.

En muchos lugares, los progresistas han vilipendiado con éxito las ideas que han sido emblemáticas del triunfo de Estados Unidos: la responsabilidad individual, el libre mercado, el capitalismo, la familia tradicional, los valores judeocristianos, la moralidad, el excepcionalismo americano y los conceptos básicos de la ley natural y los derechos inalienables. Se han dedicado a cercenar los vínculos con el pasado para los americanos se liberasen y avanzaran hacia el futuro.

Hollywood, los medios de comunicación, las grandes empresas, las iglesias mayoritarias, las organizaciones tradicionales, las clases dirigentes de ambos partidos políticos, las universidades y gran parte de la opinión pública han acabado admitiendo que el progresismo es una fuerza irresistible.

Pero el progresismo (el término y lo que significa) no es algo nuevo. Antes que con Barack Obama, el progresismo alcanzó su cima con Woodrow Wilson, que fue presidente desde 1913 hasta 1921.

Al igual que Obama, Wilson pensaba que había pocos límites que el Gobierno no pudiera alcanzar. El capitalismo, con sus instituciones financieras e industriales, había "transformado monstruosamente" la sociedad de principios del siglo XX. Ante tales circunstancias, Wilson se preguntaba:

¿No debe el Gobierno dejar a un lado sus tímidos escrúpulos y convertirse en agente de la reforma social y del control político?

Varias décadas más tarde y tras nuestra todavía pésimamente entendida crisis financiera de 2008, mucha gente fue inducida a creer que al ampliar su alcance y poder, el Gobierno omnipresente podría ayudar al individuo anónimo, al obligar a los peces gordos de las grandes empresas, a los banqueros de Wall Street y a los financieramente poderosos a pagar no sólo su parte justa, sino una pequeña cantidad extra para aquellos a los que no les estaba yendo tan bien. El progresismo ofreció la promesa de justicia, igualdad y equidad.

El problema es que lo cierto es lo contrario. El progresismo resulta ser desastroso para los americanos de cualquier ámbito social… excepto para quienes trabajan al servicio del Gobierno omnipresente, las grandes empresas, los grandes bancos de Wall Street y las grandes compañías que se dedican a cabildear. Las estructuras familiares se hunden, los logros educativos se estancan, los ingresos de la clase media menguan, la deuda pública explota y la fuerza militar y económica de Estados Unidos entra en declive.

Todo esto sucede por múltiples razones. El Gobierno omnipresente se convierte en un ente asistencialista únicamente para quienes poseen buenos contactos, mientras que la dependencia de las ayudas públicas disuelve los vínculos de la sociedad civil. Pero el progresismo fracasa especialmente debido a que, como hemos visto con Obama, "los mejores y más brillantes", encargados de gobernarnos, son unos teóricos alejados de la realidad que no saben que "comprar un seguro es complicado" antes de meterse a rehacer ese mercado en un país de 310 millones de habitantes.

Como expresó hace poco el talentoso ensayista Jonah Goldberg, "en cada historia de arrogancia, el transgresor acaba siendo finalmente abofeteado con el semicongelado lenguado de la realidad".

Obamacare parece ser ese lenguado semicongelado, mientras que puede que la bofetada se esté acercando incluso a pesar de quienes niegan lo obvio. Muchos fervorosos creyentes en el progresismo están empezando a hacerse preguntas contundentes acerca de las tesis que han asumido durante años.

Para ser libres, para progresar verdaderamente, debemos encaminarnos en la dirección contraria. La Fundación Heritage ofrece soluciones de sentido común para la reforma de los servicios médicos y damos la bienvenida al debate sobre cómo salvar a Estados Unidos de Obamacare.

©2014 Libertad.org
* Traducido por Miryam Lindberg

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