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El 23-F de José María Ruiz-Mateos

Fue un precursor de Pablemos, sí, pero también de Trump ("los españoles primero", fue otro de sus lemas), incluso de Ross Perot.

Gonzalo Altozano
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José María Ruiz-Mateos | Cordon Press

Los policías nacionales que entraron en las Torres de Jerez, sede de Rumasa, el 23 de febrero de 1983, lo hicieron con mandato judicial y un decreto ley recién salido del BOE, mientras que aquellos guardias civiles que irrumpieron en el Congreso de los Diputados justo dos años antes lo hicieron con sus tricornios y por sus pistolas. He aquí la diferencia entre golpe de Estado y golpe del Estado. O mejor: golpe del Gobierno, el de unos jovencísimos sociatas ansiosos por dejar claro que quien mandaba en España eran ellos, joé. Como si para eso fuese preciso asesinar a Montesquieu. Y que nadie preguntara quién lo mató. Dispararon ellos. Con lo que no contaban los de Felipe era con la consecuencia no anticipada de su decisión –o sea, el tiro por la culata–, un tal José María Ruiz-Mateos, quien ya se encargaría de chafarles sus siestas con amante en hoteles como Los Galgos.

Aquí, como casi siempre, la historia del hombre, José María, es, en buena parte, la historia de su obra, Rumasa. Y si hay dudas de si Rumasa debiera estudiarse como historia de éxito en un MBA o como caso práctico en un master de Derecho Penal Económico, hay unanimidad en que Ruiz-Mateos fue un personaje. Todo un personaje. Un auténtico personaje.

Contaba hace poco Carlos Perreau de Pinnink su encuentro de cinco horas con Fidel Castro, en algún momento entre finales de los ochenta y principios de los noventa. Perreau, aparte de yerno de Ruiz Mateos, fue el número dos de su lista al Parlamento Europeo. La entrevista, por tanto, hay que enmarcarla en una visita de europarlamentarios a la Isla. Fueron cinco horas con un Fidel en estado puro: seguro de sí, embaucador, simpatiquísimo, creíble incluso, iluminado. Al terminar, Fernando Suárez le preguntó a Perreau qué le había parecido el Comandante, a lo que respondió que le había recordado mucho a su suegro.

Deben de ser, las enumeradas más arriba, cualidades necesarias para la hercúlea tarea de ganar un país y perderlo o levantar un emporio y arruinarlo. Con la diferencia de que Castro hizo una revolución para no tener que madrugar, mientras José María solo vivió para el trabajo. Con sus propias reglas, eso sí, no siempre homologables con las de la contabilidad o las de la Hacienda Pública. Lo que nos lleva a una constante en su vida: la confusión de planos.

Por eso Rumasa la dirigía con los modos y maneras de un patriarca de esos apellidados "bíblicos". Por eso incorporaba a sus hijos (a los varones, ojo)a la gobernanza de sus mil y una empresas, según iban alcanzando la mayoría de edad. Por eso sus promesas electorales eran puestos y más puestos de trabajo, con las marcas de sus empresas a modo de aval en los carteles y una foto de él con camisa de iniciales y casco obrero amarillo (casco le quedaba como a un Cristo dos pistolas).

Quien no haya conocido el mejor de los mundos posibles, esto es, el de la EGB, quizás no sepa quién fue José María Ruiz-Mateos. Y si lo sabe, a lo mejor desconoce que durante un tiempo el jerezano se dedicó a la política. Y si algo ha oído, probablemente desconozca que la campaña a las europeas del 89 la hizo en busca y captura, después de darle un capón ("¡que te pego, leche!") a un ministro, Boyer, a la salida de un juicio, gesto que le valió seiscientos mil votos, dos escaños al cambio bruselense, uno para él y otro para su yerno (lo dicho: la confusión de planos).

Merece uno o dos comentarios el paso de Ruiz-Mateos por la política, ahora que se habla tanto de populismo. Porque José María, más que político, fue un antipolítico. Qué iba a ser el hombre, si políticos fueron los que le expropiaron y políticos también los que no hicieron del affaire Rumasa, no ya un asunto de Estado, sino el único punto en la agenda, como le hubiera gustado a él. Por eso montó su propio partido. Partido no, perdón, agrupación de electores, ¿o no habíamos quedado en que le tenía alergia a la política?

Precursor de Pablemos y de Trump

Lo cierto es que la campaña se la hicieron niños y niñas bien en descapotable los viernes y sábados antes de ir a Tartufo o a Pachá, uno de los eslóganes fue "¡Que me votes, leche!", la agrupación se apellidaba como él y, por si fuera esta insuficiente medida de su ego, en las papeletas venía impresa su silueta en blanco y negro, adelantándose unos años, más de veinticinco, a Pablo Iglesias. En este sentido, fue un precursor de Pablemos, sí, pero también de Trump("Los españoles primero", fue otro de sus lemas), incluso de Ross Perot, ese otro hombre de negocios metido a político. Por cierto, que en los anales de la Eurocámara no hay registro de una sola ponencia con la firma del jerezano, únicamente que fue delegado para las relaciones con Suiza. El cachondeo que hubiera traído hoy eso en Twitter.

No nos imaginamos a un Ruiz-Mateos activo en redes sociales, pero sí recordamos sus intervenciones en televisión, memorables. Y eso que el tío se limitaba a repetir o casi, una y otra vez, machaconamente, y a lo largo de los años, el mismo mensaje, sin necesidad de que se lo aconsejara asesor alguno de comunicación. Así, llegó a hacer creer a un número considerable de españoles que lo de Rumasa, dijeran lo que dijeran los fundamentos de Derecho, no fue una expropiación, fue un expolio.

De la misma manera asoció a su persona, de tanto emplearlos, términos importados del inglés financiero como holding, instituciones del Derecho Administrativo como el justiprecio e insultos del habla común como "bribón". Por no hablar de sus filias (monseñor Escrivá y la Virgen del Perpetuo Socorro) y sus fobias (Luis Valls, el Opus y Miguel Boyer). A veces, un periodista lograba sonsacarle más, y los resultados eran entre tiernos y alucinantes, como cuando le contó al Loco de la Colina que en la celda de aislamiento de una cárcel alemana hablaba con la hermana puerta metálica, como San Francisco de Asís haría con la hermana luna o con el hermano sol.

Harina de otro costal fueron sus últimos años, ciertamente patéticos. Ya no piropeaba a las presentadoras, hilando para ellas tríadas de adjetivos elogiosos, con esa afectación tan suya, sino que se quitaba el cable del micrófono y salía de plano, desairado por alguna pregunta incómoda. Pero qué quería, si nadie parecía dispuesto a ver en el asunto de los pagarés de Nueva Rumasa una conspiración contra él, menos todavía los miles de afectados, muchos de los cuales le confiaron sus ahorros por haber visto en él en su día a un héroe, un outsider de Jerez, fronterizo elegantísimo, Pimpinela Escarlata burlador de socialistas y malhechores.

Como estrambote bufo a una vida vivida peligrosamente o casi, dos años después de su muerte, un juez ordenó exhumar su cadáver para practicar una prueba de paternidad, que dio positivo. En sus mejores tiempos, José María hubiera dado la vuelta al escándalo diciendo que la Justicia le persiguió hasta la tumba. O, por disculpar el desliz de bragueta, que qué esperaban de él, si fue genio y figura hasta la sepultura.

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