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Gonzalo Altozano

Fidel Castro, un soldado de fortuna

Lo que de verdad movió siempre a Fidel no fue su amor a Cuba –del que no se guarda ni memoria ni noticia–, sino su odio a los Estados Unidos

Gonzalo Altozano
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Lo que de verdad movió siempre a Fidel no fue su amor a Cuba –del que no se guarda ni memoria ni noticia–, sino su odio a los Estados Unidos
Herbert Matthews y Fidel Castro.

La culpa de todo la tuvo Herbert Lionel Matthews, el veterano reportero del New York Times que en 1957 subió a la Sierra Maestra para entrevistar a un jovencísimo Fidel Castro echado al monte. Matthews creyó ver en el jefe guerrillero el ejemplo más acabado del soldado de fortuna, arquetipo humano que le tenía subyugado desde que su madre le regaló por su noveno cumpleaños un libro de Richard Harding Davis titulado, precisamente, Auténticos soldados de fortuna. Se trataba de una colección de perfiles de hombres de acción –desde Teddy Roosevelt al joven Winston Churchill–, capaces todos de configurar su carácter y su destino y, en el proceso, hacer lo propio con el carácter y destino de su tiempo y de sus respectivos países. Lo que no sospechaba entonces Matthews era que Castro los superaría a todos, al menos en lo que a cotas de infamia y permanencia en el poder se refiere.

A puñetazo limpio

Otros que ni remotamente imaginaron de qué sería capaz Fidel fueron los jesuitas del colegio Belén, por más que consignaran en el anuario del curso correspondiente que el muchachito llegaría tan lejos como se propusiera. Era quizás la manera de plasmar lo mucho que les había impresionado que un guajirito de Oriente como él se hubiera enseñoreado del colegio de los niños bitongos de La Habana, en parte por su capacidad oratoria, en parte por su destreza para los deportes, en parte –sobre todo– por el expeditivo recurso de caerle a puñetazos a quien osara hacer burla de unos modos y maneras que sus compañerillos juzgaban propios de alguien criado entre cerdos y pollos, como quitarse la ropa de gimnasia para ponerse el uniforme sin pasar antes por la ducha.

El cadáver del enemigo pasar

Que Fidelito tenía madera de líder, de eso no cabía duda. Lo que quedaba fuera de todo vaticinio, cabe insistir, era que disfrutaría del poder como ningún prócer cubano había soñado para sí y, lo que supondría su mayor timbre de orgullo, que vería pasar el cadáver –biológico o político– de al menos diez presidentes de los Estados Unidos. Porque lo que de verdad movió siempre a Fidel no fue su amor a Cuba –del que no se guarda ni memoria ni noticia–, sino su odio a los Estados Unidos, inveterado y documentadísimo. Está, por ejemplo, la carta que escribió desde las espesuras de la sierra a Celia Sánchez, su chica para todo –pero para todo–, en la que le confesaba que tan pronto desalojara a Batista del poder comenzaría para él la guerra que le daría la medida de su carácter, la que le pondría frente a su destino: la guerra contra los Estados Unidos.

'My friend Roosevelt…'

Y, sin embargo, el éxito en los negocios de don Ángel Castro, padre de Fidel, no se explica sin sus buenas relaciones comerciales con la empresa en la que había entrado a trabajar de joven, la muy yanqui United Fruit Company. Quiérese decir con esto que el antiamericanismo Fidel no lo mamó en casa. De hecho, los archivos de la Casa Blanca aún conservan una carta fechada en Santiago de Cuba el 6 de noviembre de 1940 y dirigida al entonces presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt. El remitente era el niño Fidel y no se trataba, no, de una declaración de guerra, más bien lo contrario. Con un desparpajo propio de un estadista, Fidelito solicitaba al todopoderoso presidente –“My friend Roosevelt”– el envío de un billete de diez dólares, con el incontestable argumento de que nunca había visto uno. A cambio, el lidercín se ofrecía como guía hasta unas minas en Mayarí, Cuba, que atesoraban hierro suficiente para que los Estados Unidos construyeran todos los buques de guerra que quisiesen. La pregunta, por muy a chiste que pueda sonar, es si fue la negativa de la Reserva Federal norteamericana de obsequiar al pequeño con un billete verde nuevetico el motivo de un larguísimo resentimiento.

Casado con la mentira

Responder a lo anterior nos sacaría de los senderos de la historia para meternos de lleno en los de lo que pudo pasar y no pasó, esto es, la ucronía. La carta, sin embargo, ofrece valiosísimas claves de interpretación del personaje. En primer lugar, Fidel le dice a Roosevelt que tiene doce años, cuando en realidad tiene catorce. ¿Qué necesidad había de mentir? Quizá formaba parte ya de su naturaleza. Exactamente eso le dijo a un jesuita del colegio, el padre Amando Llorente, cuando este le recriminó que no dijera nunca la verdad. Lo cierto es que Castro jamás tuvo empacho en decir una cosa y luego la contraria, y a veces en un mismo discurso. Son, por otra parte, los riesgos de la incontinencia verbal, que nuestro protagonista ha padecido, y en grado crónico; incurable.

Trece días de octubre

Otro detalle revelador de la personalidad de Castro en la carta a Roosevelt es el señalamiento de las minas de hierro. Si el Fidel colegial estaba dispuesto a vender la soberanía de su país por diez dólares, ¿de qué tropelías no sería capaz cuando le creciera la barba? Pues de pasarse con armas y bagajes al bloque comunista, por ejemplo, convirtiendo a Cuba en un satélite caribeño de la URSS. Cualquier cosa, en fin, para mantenerse en el uso y disfrute ilimitado del poder, como si fuera necesario que todo alrededor saltara por los aires. Y no es una metáfora, no, sino que hablamos de la Crisis de los Misiles, los trece días de octubre de 1962 en que el mundo entero contuvo la respiración. Bueno, el mundo entero no, porque Castro respiró a pulmones llenos.

El ejercicio glandular del poder

Y es que el estado natural de Castro siempre fue el estado de alarma, guerra y excepción. Por eso nunca le perdonó a Kruschev que retirara los misiles nucleares soviéticos instalados en Cuba (“Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”, se canta todavía hoy en la isla). De hecho, durante un tiempo Fidel fue diciendo a quien quisiera escucharle –los estudiantes de la Universidad de La Habana, por ejemplo– que Kruschev no había tenido cojones. Era el ejercicio glandular, cojonudo, del poder, al que tanta afición mostraría siempre el Comandante. La prueba es que si de él hubiera dependido no le hubiesen temblado el pulso ni flaqueado las rodillas a la hora de ordenar el ataque a los Estados Unidos, desencadenando así –a la tercera va la vencida– la madre de todas las guerras. Pero se trataba de borrar del mapa al enemigo y, sobre todo, de pasar a la Historia, aunque fuera como el encargado de apagar la luz y echar el telón; tal era la medida de su ego.

La Internacional del Terror

Que Castro nunca se conformó con ser un peón en el inmenso tablero de las naciones, un actor de reparto en el gran teatro de la Guerra Fría, lo demuestra que no hubo conflicto de la época en el que Cuba no tomara parte activa con el envío de importantes contingentes militares: El Salvador, Afganistán, Congo, Nicaragua, Vietnam, Eritrea… Y no solo eso, sino que durante años la isla cobijó, entrenó y financió a las fuerzas de la subversión; a todas ellas. La cosa era exportar revolución y trastocar el buen orden burgués, con Castro en el papel de Lord Protector de los terroristas que en el mundo eran: de los montoneros a los tupamaros, del IRA a la ETA, de los Panteras Negras al Ejército Simbiótico de Salvación. Y en ese plan.

No tener que madrugar los lunes

No es verdad que Fidel soñara alguna vez, ni siquiera de jovencito, con un mundo mejor. Como el buen revolucionario que era, se echó al monte para no tener que madrugar los lunes. Así, los primeros años en el poder no se perdió un partido de béisbol los domingos en el Estadio Latinoamericano de La Habana, adonde llegaba con aparatoso despliegue de seguridad. Y no solo eso, sino que, una vez acabado el juego, él y sus barbudos de mirada feroz y uniforme verde olivo saltaban a la pista y bateaban y se lanzaban la pelota hasta las tantas. Luego Castro llegaba al Hilton, donde durante un tiempo se alojó, y ordenaba al servicio de habitaciones que le subieran un buen bife y una montaña de papas fritas, sin importarle que la cocina hubiera cerrado hacía horas. Pero qué querían, el tipo no entendía de horarios y no resistía las formalidades ni los trámites.

Júpiter tonante

De lo anterior no fueron víctima solo los camareros del Hilton, también los pilotos de la Fuerza Aérea Cubana. Eran los mismos hombres que, tras la huida de Batista, fueron hechos prisioneros por su participación en la lucha contra la guerrilla. El Tribunal Revolucionario que los juzgó, sin embargo, consideró que su actuación se había ajustado en todo momento al juego limpio, conque terminó por absolverlos. Su suerte, ahora bien, se torció cuando Fidel tuvo noticia del fallo y, montando en cólera, cual Júpiter tonante, ordenó por televisión la repetición del juicio, al tiempo que destituía al tribunal y nombraba otro con el encargo de que condenara a los pilotos, como finalmente sucedió. Eran los primeros días de la Revolución y la justicia acababa de quedar reducida a triste hechura de Fidel, como todo lo demás en Cuba; la economía también.

El ritmo de las mecanógrafas

Porque las soluciones imaginativamente desenfrenadas que, a lo largo del castrismo, se han intentado en Cuba para paliar la pobreza han sido fiel reflejo del Comandante. Así, la posibilidad de diseñar una vaca enana capaz de dar un litro de leche al día, y de la que cada hogar cubano podría disponer de un ejemplar; o las propiedades milagrosas de una planta traída del Lejano Oriente, fuente inagotable de minerales y proteínas, que apenas necesitaba agua, sol y cuidados, y que podía crecer hasta en las piedras; y lo mismo aquella semillita mágica que haría de Cuba la primera potencia cafetera del planeta; y así mil y un planes disparatados salidos de su magín y dictados a la velocidad que permitía la destreza de las mecanógrafas de los ministerios.

Una bicicleta contra el muro

Se cuenta que, una tarde en la que había llovido, Fidel apareció en el patio del colegio Belén a lomos de una bici nuevecita y presumió ante sus compañeros de que era capaz de pedalear con todas sus energías y frenar a escasos metros de un muro, a pesar de que el suelo del patio estuviera mojado. Las apuestas fueron de diez contra uno y el descalabro lo suficientemente aparatoso como para enseñar al fanfarrón una lección de esas que no se olvidan. Y fue verdad que de aquello extrajo una enseñanza, solo que asimilada su manera: a partir de entonces, y hasta el día de su muerte, no se bajaría nunca de la bicicleta, sin importarle el grosor de los muros o que lloviera sobre mojado, pues ya se encargaría él de que los batacazos se los llevaran otros: los cubanos.

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