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ESPAÑA

Amadeo de Saboya, el rey imposible

¿Quién podría querer ser rey de España? Esta es la pregunta que se hicieron los revolucionarios que en 1868 expulsaron a los Borbones.

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No valía cualquiera, ni todos quisieron. Había cuatro condiciones inexcusables. Ante todo, la dinastía del aspirante debía tener un perfil liberal, lo que por aquel entonces significaba que no se hubiera opuesto a un régimen constitucional. En cuanto al propio aspirante, tenía que ser católico, aunque no necesariamente vaticanista –en Roma estaba Pío IX, enemigo declarado del liberalismo–, y no debía identificarse con partido alguno, lo que excluía directamente a Antonio de Orleans, cuñado de Isabel II, inductor de la revolución, intrigante sin tregua, que mostraba su simpatía hacia la Unión Liberal del general Serrano. Por último, en la designación había que respetar el delicado statu quo europeo, y tener muy en cuenta la susceptibilidad de Napoleón III.

¿Por qué no la República? Prim lo dijo con claridad: España no era republicana y la rivalidad entre los líderes políticos creaba el temor a que nuestro país se convirtiera en una de estilo hispanoamericano, es decir, en una sojuzgada por un militar.

La elección de Amadeo de Saboya no respondió a un plan milimétricamente trazado, como podría creerse, ni a la improvisación, o a una trama masónica. Por cierto, no fue el único de los Saboya al que se ofreció la corona, pues también se sondeó a su hermano mayor, Cavagni, y al sobrino de Víctor Manuel II, Tomás, duque de Génova, un niño de 13 años. La opción de Amadeo salió adelante porque fracasaron todas las demás: las de Fernando Coburgo, Antonio de Orleans, Alfonso de Borbón, Espartero, Carlos de Borbón, el ruso Constantino Nikolaevich Romanov, el danés Hans de Glücksburg y el alemán Federico de Hesse-Kassel (además de las de los otros dos Saboya). También se sondeó a los Hohenzollern, casa real alemana encabezada por el príncipe Antón, hermano del rey prusiano Guillermo I.

Leopoldo de Hohenzollern era el rey que hubiera querido el general Prim: culto, bien casado, con descendencia, católico pero no vaticanista, y hubiera aliado España a la potencia emergente en Europa: Alemania. Fue esto último lo que hizo imposible la empresa, pues Napoleón III declaró la guerra a Prusia con la excusa, precisamente, de la candidatura alemana al trono español. El conflicto fue aprovechado por Víctor Manuel III para que su hijo Amadeo aceptara la corona que tiempo atrás había rechazado.

Antes de 1868, la Monarquía constitucional de Isabel II se había basado teóricamente en el sistema de la doble confianza, es decir, una Corona con la facultad constitucional de nombrar y destituir a los ministros y un Gobierno que debía conseguir el apoyo de las Cortes, para lo cual se solían convocar elecciones que ratificaran la designación regia previa y fabricaran mayorías gubernamentales. Esto implicaba un sólido compromiso institucional y una lealtad férrea por parte de la Reina y de los partidos y sus líderes, para aceptar una vida política fundada en la alternancia pactada y el apaño electoral –que era lo habitual en el resto de Europa–. Sin embargo, no sucedió ninguna de las dos cosas, por motivos que sería muy prolijo explicar ahora. La consecuencia fue un proceso revolucionario casi interminable, hasta la expulsión de los Borbones.

Prim.

Los revolucionarios de 1868 quisieron superar esos problemas con la fórmula de la Monarquía democrática, con un rey sancionador que llevara a la práctica las mayorías parlamentarias y firmara las propuestas gubernamentales pero con los poderes de un monarca constitucional a la vieja usanza. A esto se le sumaban la formación democrática de las instituciones representativas, en especial las Cortes y los ayuntamientos, y el reconocimiento y garantía de los derechos individuales. El buen funcionamiento de este sistema, con independencia de su coherencia, exigía la condición básica de todo régimen representativo: un sistema de partidos basado en la lealtad, en la legalidad y en la propagación de costumbres cívicas –en este caso, liberales y democráticas–.

Amadeo de Saboya y María Victoria, los nuevos reyes de España, elegidos en las Cortes con el voto favorable de 191 diputados, se presentaban como una familia noble pero campechana, liberal y emprendedora. La campaña propagandística a favor de Amadeo I fue intensa, pues hubo que combatir a maestros de la propaganda como los republicanos, que volvían al eslogan de "España para los españoles", y los incansables carlistas. El Gobierno llevó al Rey de viaje por toda España, para que visitara instituciones militares y sociales y recibiera homenajes; al tiempo, los periódicos gubernamentales le exaltaron, incluso el gran historiador Antonio Pirala, que formó parte de su séquito, escribió un libro en que buscaba las raíces españolas del italiano. La reina María Victoria tenía un perfil burgués, de ama de casa moderna, modesta y recatada, lo que servía a los propagandistas para hacer el fácil contraste con Isabel II. Amadeo, sin experiencia de gobierno alguna y sin consejeros, sólo tenía que ratificar lo que los líderes de los partidos le indicaran, y así lo hizo.

El problema de Amadeo I era que lo que le señalaban esos personajes no tenía por objeto asentar el régimen sobre el consenso, sino el aprovechamiento partidista. El partido radical quedó descabezado tras el asesinato del general Prim; cayó en manos de Manuel Zorrilla, un político mediocre, con gran capacidad para suscitar el fervor de las masas progresistas pero sin la menor intención de asentar la democracia. Revolucionario, exclusivista y demagogo, no tenía una gran formación ni sensatez; era idealista y romántico en el peor de los sentidos, y amigo de los republicanos. Para sorpresa de todos, por decirse heredero de Prim, el partido radical fue accidentalista con las formas de gobierno e incluso con la dinastía Saboya.

Sagasta, hombre de Prim, se unió a los conservadores del general Serrano, que contaban con gente de enorme valía, como Ríos Rosas o Alonso Martínez. El partido que formaron, el conservador constitucional, sólo participó en las elecciones que organizó y ganó, las de abril de 1872. Esta formación era consciente de su débil arraigo en la sociedad y abusó del entramado administrativo para obtener la mayoría parlamentaria. Aquellas elecciones, las primeras en que los antiguos miembros de la coalición de 1868 se presentaban por separado, fueron una muestra de la imposibilidad de aquel reinado. Los radicales firmaron un pacto electoral con los carlistas, los republicanos y el viejo partido moderado para hacer frente al Gobierno. El objetivo era la deslegitimación, y la consecuencia fue un manejo aún mayor de las urnas y el distanciamiento entre los que deberían haber sido los dos grandes partidos del régimen.

Como el triunfo conservador fue abrumador, los radicales se retiraron de la política. Ruiz Zorrilla se fue a su casa de La Tablada. Martos y Rivero, los otros líderes radicales, anunciaron que si Amadeo I no destituía al Gobierno de Serrano se unirían a los republicanos y se levantarían en armas. Era lo que faltaba: unir una guerra civil a la iniciada en Cuba en 1868 y a la carlista, cerrada en falso en junio de 1872. El Rey ejerció su prerrogativa constitucional para destituir al Gobierno; pero para que el nuevo Ejecutivo radical tuviera mayoría parlamentaria ordenó prematuramente la disolución de las Cortes, lo que era anticonstitucional. Quedó así en manos de un partido casi republicano que le había chantajeado y apartó al conservador, que ya no quiso saber nada más de los Saboya.

¿Qué podía hacer Amadeo I ante esta situación? No era respetado por los españoles. El 18 de julio de 1872 sufrió un atentado en la madrileña calle Arenal, a manos de los republicanos federales. Frecuentemente era objeto de vejaciones. En una ocasión su coche fue detenido y zarandeado en la calle Alcalá por unos vendedores ambulantes que a la sazón andaban manifestándose. Un día, cerca del Retiro, un hombre se le acercó y le insultó gravemente. Otra persona se introdujo, armada, en el Palacio Real para matarlo. La nobleza tampoco se cortaba: las aristócratas sacaron un día las mantillas para reivindicar el casticismo de Isabel II frente a la italiana María Victoria. Los Reyes saboyanos eran desairados hasta en los palcos de los teatros; por cierto, llegó a representarse una comedia titulada Macarroni I.

La confirmación de lo peor vino con el nacimiento del infante Luis Amadeo, el 29 de enero de 1873. El parto fue complicado, y la Reina quedó agotada. El Rey salió para pedir a los miembros del Gobierno y a los presidentes de las Cortes, que aguardaban vestidos de gala, que se retiraran, pues el bautismo se celebraría al día siguiente. Los radicales entendieron que quería sustituirlos en el Gabinete por los conservadores, y sus diputados propusieron la conversión de las Cortes en Convención para impedir el cambio de Gobierno. Tampoco el jefe de los conservadores tuvo un comportamiento ejemplar: su partido decidió que acudir al bautismo del infante suponía aflojar la oposición al Gobierno de Ruiz Zorrilla, por lo que los suyos no fueron. El general Serrano mandó una nota diciendo que estaba "enfermo".

Ya cansado de los españoles, le llegó el asunto de los artilleros. El Gobierno de Ruiz Zorrilla quiso colocar al capitán Hidalgo en el Cuerpo de Artillería, donde no se tenía buen recuerdo de él por su implicación en la matanza de artilleros del 22 de junio de 1866. Ante la protesta de los oficiales del Cuerpo, que se declararon simultáneamente enfermos para no recibir a Hidalgo en Vitoria, el Gobierno decidió reorganizar dicha institución. Amadeo I instó a Ruiz Zorrilla a no tocar el Cuerpo y a avisarle de cualquier novedad. Pero el líder radical presentó al Congreso el proyecto de reforma sin consultarle (7 de febrero de 1873), y consiguió el voto de confianza de la mayoría. Enfrentaba así la confianza del Rey a la de las Cortes. Amadeo I escribió a su padre, Víctor Manuel II:

Zorrilla me había mentido. (...) Yo vi que mi ministro, en vez de trabajar para la consolidación de la dinastía, trabajaba, de acuerdo con los republicanos, para su caída.

Los líderes de los partidos le habían abandonado. Serrano contemplaba, antes del 11 de febrero de 1873, dos posibilidades: formar Gobierno con Amadeo I, lo que iba a suponer la guerra con los radicales y republicanos, o –si el Rey abdicaba o era destronado– establecer una dictadura y dejar en suspenso la Constitución de 1869. El partido radical había quedado en manos de Martos y se había comprometido con los republicanos a espaldas de Ruiz Zorrilla, por lo que seguía el enfrentamiento con el Rey para forzar el fin de la Monarquía.

Cercado por la limitadísima visión de Estado de los líderes políticos, y despreciado por la sociedad española, Amadeo de Saboya renunció a una Corona imposible. Sin esperar a una ley de abdicación, la noche del 10 de febrero él y María Victoria tomaron un tren que les llevó a Portugal. Lo que ocurrió entonces entre los republicanos ya es historia

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