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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Las leyes del relato histórico

Creo contar ya con la complicidad de mis lectores en cuanto a que la historia, se escriba la palabra con mayúscula o con minúscula, es en esencia un relato, más o menos detallado, más o menos completo, más o menos fiel al devenir de los acontecimientos. Y, en consecuencia, deducir de él algunas leyes que lo expliquen en su conjunto, que le otorguen una finalidad, es decir, que justifiquen una teleología, es, cuando menos, arriesgado.

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Sin embargo, es lo que han venido haciendo los teóricos de la historia, desde puntos de vista diferentes, a lo largo de los siglos, desde las Escrituras, que nos abocan al Juicio Final, hasta Karl Marx, que sostuvo que el motor de las acciones humanas era la contradicción entre las clases sociales y que llegaría el momento en que ésta sería superada y viviríamos felices y comeríamos perdices socialistas por el resto de la eternidad.

Comprendo que, cuando se enfrenta el relato histórico sin una herramienta de ese estilo, se puede experimentar una profunda desazón. Porque si el esfuerzo de la humanidad por mejorar las condiciones de vida de la especie –o, por el contrario, empeorarlas decididamente, por mucho que se haga con las mejores intenciones– no tiene una finalidad última, ¿para qué todo? ¿Para qué molestarse si, en definitiva, no vamos a cambiar y la vida de hoy padece de los mismos males que la de hace dos mil años, aunque con ducha y microondas? ¿O no es esta corrupción la misma que minó el Imperio Romano? ¿O no es esta ineptitud la misma que llevó a los seres humanos a perder su patrimonio intelectual, sólo parcialmente recuperado después de la quema de unas cuantas bibliotecas y el extravío de incontables textos, cuyas conclusiones ha habido que rehacer a lo largo de los últimos siglos?

Es duro, pero si todo esto, si la tarea cotidiana, la discusión, el ímprobo hacer de la razón, no tiene una finalidad, hay que desarrollarlo igual. Si Pascal pedía que nos comportáramos como si Dios existiera, tenemos que exigirnos vivir la historia como si tuviera una finalidad. Que no puede ser otra que –dicho en casi imperdonable generalización– el bien, la verdad y la justicia.

¿O acaso no es lo que hacemos con nuestras vidas individuales? ¿Acaso no vivimos como si tuviéramos una finalidad? No falta quien lo tenga resuelto. Imagino que los creyentes que laboran por su salvación y la de todos los hombres gozan de una cierta claridad al respecto. Los agnósticos no podemos darnos ese lujo, no tenemos con qué, algo nos ha sido negado, algo a todas luces muy valioso que, no obstante, desconocemos. Lo más limpio que nos cabe es seguir a Pascal, aunque eso no reemplace a la fe. Claro que no se hace sólo por la posibilidad de obtener un premio eterno, sino por repugnancia natural hacia el mal. Y la mentira y la injusticia.

La constatación de las semejanzas de nuestro tiempo con el pasado no afecta a la historia misma, sino a la naturaleza humana. Pol Pot estaba prefigurado en los incendiarios de Alejandría, pero su acción fue grotescamente moderna: era más difícil desterrar el presente que abolir el pasado. Al atentar contra el saber humano acumulado se liquidaba la posibilidad de conocer lo que para la mayoría era desconocido y que ahora domina un chico de quince años que no haya sufrido la Logse, es decir, un bachiller francés de los de la escuela pública de toda la vida. En cambio, extirpar de todo un pueblo lo que ésta ya había integrado era casi imposible. Y Pol Pot no lo consiguió. Ni él ni la Revolución Cultural china. Ni lo consiguió Hitler. Ni lo conseguirán los atrasistas islámicos, por mucho que se esmeren.

Somos los mismos que en tiempos de Calígula, pero hemos pisado la Luna. No sé si ése es el objetivo, si el progreso material explica algo por sí mismo, pero es lo que hemos logrado y debemos conservarlo. Sí sé que el Estado de Derecho, la posibilidad de ejercer sin cortapisas nuestros derechos naturales, empezando por la libertad, algo explica. No una ley perpetua de la historia, pero sí un sentido de lo humano. Creo que esas conquistas nos distancian cada vez más del resto de especies. 

 

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