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AL MICROSCOPIO

Abstencionismo transgénico

Esta semana ha vuelto a producirse en el seno de la  Unión Europea un curioso caso de inmovilismo científico. Por sexta vez consecutiva, los ministros de Medio Ambiente de la Unión no han logrado alcanzar un acuerdo para autorizar la entrada en el mercado de un organismo modificado genéticamente.

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En este caso, el objeto de debate era el maíz NK603, mejorado para producir propiedades herbicidas. A simple vista, nos encontramos ante un episodio más de desacuerdo entre los 25 miembros de la nueva Europa, pero el escrutinio cuidadoso de los votos de cada país resulta realmente sorprendente.
 
En seis ocasiones, la Comisión Europea ha solicitado a los ministros de los países miembros una autorización para la comercialización de un cereal transgénico. En todas ellas, el Ejecutivo continental lo ha hecho basándose en los numerosos informes científicos que avalaban al producto en cuestión y, lo que es más importante, en el plácet de la Autoridad Europea para la Seguridad Alimentaria que, una y otra vez, ha reiterado que tales plantas son seguras para el consumo humano y animal.
 
Pues, no hay manera. Los ministros siempre devuelven la petición con el mismo resultado: empate técnico. No hay mayoría a favor, luego no hay autorización.
 
Realmente esto importa poco, porque la Comisión tiene facultades para autorizar licencias de este tipo sin el beneplácito de los ministros nacionales. Así lo ha hecho en casos anteriores, y así ha anunciado que lo hará con el maíz NK603. Pero la actitud de los estados miembros empieza a resultar cargante.
 
Por algún prodigioso arte de ingeniería de votos, las sesiones siempre acaban en empate técnico. Lo hacían cuando sólo se sentaban a la mesa 15 ministerios y lo hacen ahora que el número ha aumentado a 25. Y resulta harto ilustrativo contemplar la evolución de las opiniones.
 
Mientras el ministro español que se sentaba a la mesa fue del Partido Popular, el voto de España era consistentemente favorable a los transgénicos. En el ultimo caso, en diciembre de 2003, cuando se debatía la autorización del maíz Bt-11, España votó a favor junto a Irlanda, Reino Unido, Países Bajos, Finlandia y Suecia. En contra, votaron Francia, Dinamarca, Grecia, Austria, Luxemburgo y Portugal. Tres países, Italia, Alemania y Bélgica, se abstuvieron.
 
El empate de aquella reunión obligó a realizar otra ronda el 26 de abril de 2004, ya con el PSOE gobernando nuestro país. España modificó entonces su voto y decidió abstenerse. Pero, casualmente, Italia hizo lo propio y de la abstención anterior pasó a un voto favorable por lo que el empate permaneció: seis países a favor, seis en contra y tras indecisos.
 
Los entonces 15 estados representados sabían que el equilibrio supondría, de facto, una aprobación, ya que la Comisión había anunciado su deseo de autorizar el maíz Bt-11 hubiera acuerdo o no entre los ministros. Hoy el Bt-11 está, afortunadamente, en nuestros mercados.
 
El caso de esta semana es aún más peculiar porque los ministros se las han apañado para volver a producir un empate a pesar de que las reuniones cuentan con 10 miembros más (los nuevos países integrados en la Unión). El resultado: nueve síes, nueve noes, cuatro abstenciones, entre las que está España y dos votos no definidos de Malta y Polonia.
 
¿A qué responde esta extraña "epidemia de empates" entre nuestros ministros medioambientales? Las razones son difusas pero se mencionan dos que tienen que ver con sendos prejuicios muy arraigados entre ciertos sectores políticos europeos: el antiamericanismo y el anticientificismo. No son pocos los que opinan que algunos países pretenden ejercer su presión para oponerse a los intereses estadounidenses de generalizar el uso de estas plantas. De hecho, algunos portavoces ecologistas han corrido a alegrarse de la indecisión europea advirtiendo que "los ministros están poniendo difíciles las cosas a la Comisión en su intento de satisfacer los deseos de Bush". Claro que, de ser así, por el camino también les ponen las cosas difíciles a los agricultores, consumidores, científicos y empresas de biotecnología europeos (también españoles) que ven como entre col y col, la brecha tecnológica y de mercado entre Europa y el resto del mundo desarrollado no deja de crecer.
 
Si el antiamericanismo patológico resulta absurdo y peligroso, no menos lo es la otra alternativa: los ministros de medio ambiente no confían en la ciencia. Hay que destacar que esta votación adacadabrante ha coincidido con la decisión de otra autoridad europea (el comisario de Investigación, Phillipe Busquin) de poner en marcha un programa para el desarrollo de la biotecnología agrícola bajo el nombre de Plantas para el futuro. Es decir, que mientras los ministros de medio ambiente se enzarzan en oscuras disputas políticas, el responsable de la ciencia en Europa lo tiene claro: el futuro es transgénico.
 
De todo esto, lo más preocupante es la posición española, antaño alineada en la defensa del desarrollo científico y tecnológico en asuntos de agricultura y genética y hoy situada en un confuso terreno de nadie. Porque, vamos a ver. Si la ministra Narbona es contraria al uso de organismos modificados genéticamente, ¿por qué no vota en contra en las ocasiones en que puede dar la cara ante Europa? Su ministerio ha de ser consciente de que la abstención es, en realidad, un voto favorable a largo plazo (cuando el asunto vuelva a la Comisión y ésta apruebe el cereal de la disputa). ¿Qué le impide, entonces, votar que sí? ¿Ante quién está justificando un cambio de postura: ante los aliados ecologistas, ante los amigos franceses?
 
Es evidente que su posición no obedece a informes científicos (que existen a toneladas en la UE aconsejando la autorización) ni a la defensa de intereses españoles (nuestros agricultores son de los que más cereal transgénico plantan en Europa). Tampoco casa bien la abstención con los plantes de desarrollo de la ciencia y tecnología que el Gobierno de Zapatero ha prometido iniciar. La biotecnología, representada en multitud de centros, laboratorios, universidades y empresas españolas, es una de las ramas más florecientes de nuestra ciencia patria. ¿La ministra de Medio Ambiente también se abstendrá cuando el Consejo de Ministros español decida poner en marcha un plan de desarrollo de estas disciplinas?
 
Anda nuestro país poniéndose de perfil en los foros en los que se decide si queremos o no una Europa científicamente competitiva, sin complejos ecologistas ni miedos irracionales. Y con ello tiene en vilo a una industria que merece más respeto del que se otorga. ¿Es que no se acaba de votar una normativa de etiquetado y trazabilidad que asegura que los transgénicos van a ser introducidos con garantías? ¿A qué viene, entonces volver a sembrar las dudas sobre un terreno en el que parecía que empezaba a avanzarse tras décadas de triste moratoria antigenética?
 
Nuestro país va a impulsar el uso de embriones humanos para la creación de células madre en laboratorio, pero tiene miedo de que se modifique un gen en una semilla de maíz. Nuestro país se postula como adalid del Protocolo de Kyoto y el combate contra el Cambio Climático, pero se propone cerrar las puertas para siempre a las nuevas tecnologías de energía nuclear.
 
Con tantos melindres, al final nos saldrá el ramalazo de siempre: ¡Que inventen ellos
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