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ADELANTO DEL NUEVO LIBRO DE PÍO MOA LOS NACIONALISMOS...

El desastre del 98: Desarrollo

Pío Moa publicará próximamente un nuevo libro, titulado Los nacionalismos catalán y vasco en la historia de España, como adelanto editorial del cual, Libertad Digital ofrece esta semana la decimocuarta entrega. El libro aparecerá en Ediciones Encuentro, el mismo sello que publicó su trilogía sobre la segunda república y los orígenes de la guerra civil española.

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En aquellas condiciones, los españoles podían jugar su mejores bazas haciendo uso de su movilidad, eludiendo el combate directo para hostigar el comercio enemigo o atacar su litoral o desembarcar en él. De hecho, la conciencia de estas posibilidades provocó movimientos de pánico en algunas zonas costeras useñas. Sin embargo estas soluciones, aunque estudiadas, fueron rehuidas por motivos confusos, y marginados sus valedores en favor de mandos menos acometivos. En el desistimiento del ataque al comercio pesó la actitud hostil de Gran Bretaña, principal potencia naval de la época, que, oficialmente neutral, proporcionó a la marina useña inestimables ventajas. Por otra parte, aunque el conflicto se veía venir desde hacía años, los gobiernos españoles habían tomado pocas previsiones, y sus adversarios casi siempre fueron por delante.
 
Un problema fundamental, aunque a menudo poco valorado, era para los españoles el ánimo de los dos almirantes, Cervera y Montojo, a cargo de las escuadras en las Antillas y en Filipinas respectivamente. Aunque valientes, en especial Cervera, caían en el pesimismo, por no decir el derrotismo, e iban a mostrar nula imaginación y escasa iniciativa. Tenían excesiva conciencia de la impreparación y falta de presupuestos con que se afrontaba la lucha, y sobreestimaban la capacidad del adversario. Rodríguez, en su estudio, cita una carta muy reveladora en la que Cervera, ya en 1896, prevé su destino, comparándolo con el de otros generales y almirantes italianos, españoles, franceses e ingleses que habrían servido de "cabezas de turco" para pagar responsabilidades ajenas. Pero aquellos mandos habían fracasado ante fuerzas inferiores. El caso más indicativo había sido el del almirante inglés Mathews, vencido en 1744, en el bloqueo de Tolón, por la escuadra de Juan José Navarro, pese a la gran inferioridad numérica de los barcos españoles frente a los británicos. Mathews fue sometido a juicio marcial, expulsado y deshonrado. Cervera parecía identificarse con Mathews y no con Navarro (59-60).
 
Cervera advirtió sin tapujos que sólo esperaba la derrota de un enfrentamiento con Usa, y propuso emplear la flota en defender la metrópoli desde Canarias. La solución tampoco valía mucho, pues sus contrarios podrían entonces liquidar con mayor comodidad la resistencia en Cuba, y volverse luego con todo su poder sobre España, y el problema volvería a ser el mismo. Algún mayor sentido tenía su propuesta de trasladar los barcos a Filipinas, donde dispondrían de gran superioridad, pero a costa de perder Cuba y desproteger las costas españolas.
 
La guerra se decidió primero en Filipinas. La flota de Montojo, inferior a la contraria de Dewey, pero no tanto como se ha dicho (lo de los "barcos de madera" es una leyenda), podía utilizar a su favor las defensas costeras próximas a Manila. Dewey partió de Hong Kong, donde se benefició de una indisimulada ayuda de Gran Bretaña, pero debía jugárselo todo a una carta, pues, por falta de bases, no ya una derrota sino un simple fracaso en Filipinas le habría dejado fuera de juego. Para fortuna del useño, Montojo no supo aprovechar sus ventajas, hubo de perder tiempo lidiando con los mandos de infantería, y cometió serios errores defensivos, dispersando la no mucha artillería disponible en tierra. Al llegar la escuadra useña a Cavite, en la entrada de la bahía de Manila, el 1 de mayo, se produjo un intenso intercambio de cañonazos durante dos horas. Los useños llevaron la mejor parte, pero sin lograr hundir un solo buque enemigo, y recibiendo en cambio un enérgico fuego de respuesta. Muy preocupado por la difícil situación, y con peligro de agotar sus municiones, Dewey dio orden de retirada. Y fue entonces cuando Montojo, dándose por vencido, abandonó la lucha y marchó a Manila, desmoralizando a los suyos, quedando a su suerte algunos barcos, donde los incendios se propagaron hasta hacer estallar las santabárbaras. Animado por el espectáculo, Dewey hizo un segundo intento, pudiendo su flota tirar prácticamente al blanco contra la española, ya desorganizada y desanimada, hasta destruirla. La imprevisión de Montojo llegó al extremo de rendir el arsenal intacto, proporcionando a su adversario una base para ulteriores operaciones. En el telegrama a Madrid señaló: "Ha sido un desastre que lamento profundamente. Lo presentí y anuncié siempre por la falta absoluta de fuerzas y recursos". No era hombre de recursos.
 
Unos días antes Cervera recibía orden de marchar a Puerto Rico, orden avalada por la mayoría de los almirantes consultados por el gobierno en Madrid. Cervera escribió amargamente: "Con la conciencia tranquila voy al sacrificio, sin explicarme el voto unánime de los Generales de la Marina, que significa la desaprobación y censura de mis opiniones, lo cual implica la necesidad de que cualquiera de ellos me hubiese relevado". No le faltaba razón, pues fue mantenido en su cargo. Estuvo tentado de dimitir, pero, pensando en la probable desmoralización de sus subordinados, aceptó el destino.
 
El Caribe se había convertido para entonces en un lago useño, dominado por las flotas de Shley y Sampson, que bloqueaban y bombardeaban Cuba y Puerto Rico –aunque con malos resultados para ellas– y capturaban o hundían barcos. Cervera logró esquivar el bloqueo y fondeó en la bahía de Santiago, el 19 de mayo. La bahía era una auténtica encerrona, pues sólo tenía una estrecha salida, por la que debían desfilar los barcos de uno en uno, facilitando así su destrucción al enemigo que estuviera esperándolos fuera. Además, estaba en la región de mayor rebeldía de la isla. Varios subordinados instaron a Cervera a salir de tan peligroso lugar y marchar a La Habana, donde la base, las defensas y la seguridad del entorno eran mucho mejores, pero el almirante, de manera poco comprensible, rehusó. Aun así, pasarían diez días hasta que Sampson se percatase de su magnífica oportunidad y apostase su escuadra en torno a la bahía, inmovilizando a la española.
 
Un mes más tarde de la llegada de Cervera a Santiago, Washington decidía por fin atacar a fondo la isla mediante un desembarco –que resultó caótico–, el 22 de junio, en la parte oriental. Tenía el objetivo de tomar la ciudad de Santiago, capital de la región. Los desembarcados contaban con la importante ayuda de los insurrectos cubanos, numerosos y buenos conocedores del terreno, aunque despreciados por los useños, por su gran proporción de negros (1)*. Pequeños núcleos de soldados españoles, con una defensa heroica, causaron numerosas bajas a sus enemigos, poniéndolos en trance de reembarcar. Pero el jefe militar de la isla, general Blanco, no manifestó en Cuba mucha más diligencia que en Filipinas, evitando a sus enemigos males mayores, y permitiéndoles continuar sobre Santiago.
 
Cervera, acorralado, propuso, al parecer, desembarcar la artillería y con ella mantener a distancia a Sampson, dejando en las naves los marineros indispensables para volarlas en último extremo, y utilizar a los demás en socorro de Santiago; o bien, en otra versión, mantenerse pasivamente en el lugar hasta rendirse cuando Santiago capitulase por inanición. Pero el general Blanco le ordenó intentar una salida.
 
El resultado es bien conocido. El 3 de julio, Cervera envió un buque a atacar al principal de Sampson, con la esperanza de atraer sobre él el fuego enemigo y permitir a los demás escapar de la trampa, pero no lo logró: los barcos fueron incendiados y destrozados uno tras otro, sin que el fuego de respuesta hiciera mella apenas en los acorazados contrarios. Los españoles sólo pudieron embarrancar o destruir sus naves, para impedir su captura. Habían tenido 350 bajas entre muertos y heridos, y un muerto y algunos heridos sus adversarios (2)*
 
Pocos días después, Blanco rendía Santiago y el gobierno español se apresuraba a hacer gestiones de paz. En agosto comenzaron las conversaciones, concluidas el 10 de diciembre en el vejatorio Tratado de París. España debió aceptar todas las condiciones del vencedor, y perdió Cuba y Puerto Rico, las Filipinas y Guam. Otros archipiélagos del Pacífico, las Marianas, las Carolinas, y Palaos, fueron cedidos a Alemania.
 
Lo principal de la contienda había durado unos tres meses, con sólo unos centenares de caídos en combate (y algunos miles por enfermedad) tanto por parte española como useña. Quizás la guerra era imposible de ganar para España, pero la manera como se desarrolló en el mar resultó en extremo amarga. Cervera y Montojo habían planteado una lucha defensiva y sin acometividad, contra la opinión de subordinados suyos como los capitanes de navío Bustamante y Villaamil, ambos marinos muy expertos, e inventores, el primero de una clase de mina(3)* y el segundo del destructor, un tipo de nave de aplicación extraordinaria en todas las flotas del mundo en el siglo XX. Cervera había desechado la idea de emplear la superior velocidad de los navíos para hostigar la costa enemiga –empezando por Nueva York– en ataques y retiradas rápidos, así como la propuesta de abandonar Santiago antes de que se cerrase la trampa, o, una vez en ella, de salir de noche y por sorpresa con los destructores para atacar a Sampson y causarle el mayor estrago posible, facilitando luego la salida de la flota en distintas direcciones para dispersar al enemigo. En cambio había ordenado la salida por la mañana, sin la menor sorpresa, dejando todo el día de claridad al enemigo, y enviando los barcos en una sola dirección. Por su parte, el general Weiler había propuesto que, tan pronto se declarase la guerra, las tropas españolas tomasen la iniciativa desembarcando en Florida y avanzando sin pérdida de tiempo sobre la base de Tampa. Todas esas ideas fueron desechadas, y la línea de acción seguida resultó ser la que dio al enemigo las mejores oportunidades para sacar pleno partido de su superioridad material.
 
Cervera y Montojo fueron sumariados, pero no hubo intención de llegar muy al fondo, y superaron mal que bien la prueba. Cabe preguntarse, dados los precedentes, qué habría ocurrido si hubieran sido almirantes británicos. El único consuelo moral fue el extraordinario valor y estoicismo de los marinos frente a un destino aciago.
 
A Usa, la "espléndida guerrita", como fue llamada, la convirtió en una potencia con intereses mundiales, demostrando de paso, según decían –y en ello estaba muy de acuerdo Sabino Arana–, la superioridad de la raza anglosajona sobre la decadente latina. Por otra parte cabe pensar: si la victoria hubiera costado graves pérdidas a los useños, ¿se habrían animado a intervenir en Europa en la I Guerra mundial, diecinueve años más tarde? En cuanto a España, retener sus colonias habría sido un éxito envenenado, pues le llevaría a desangrarse unos años más, provocando tensiones sociales crecientes en la metrópoli. Son sólo especulaciones, claro, pero indicativas de los complicados caminos de la historia.
 
Ha habido cierto consenso entre historiadores españoles en una interpretación según la cual Sagasta y su gobierno optaron por una guerra que sabían perdida, para evitar el descrédito y probable hundimiento del régimen español, ante el rechazo del pueblo y del ejército a una rendición sin lucha (4)*. La marina habría sido mandada deliberadamente al fracaso, debido a su evidente inferioridad, para terminar cuanto antes una empresa inútil. Algunos militares dijeron por entonces algo por el estilo, como Concas, subordinado de Cervera y muy partidario de éste. Según él, los marinos tenían "el convencimiento de que el Gobierno de Madrid tenía el determinado propósito de que la Escuadra fuese destruida lo antes posible, para hallar un medio de llegar rápidamente a la paz".
 
Pero, como muestra convincentemente Rodríguez, se trata de una típica racionalización a posteriori, poco acorde con los hechos. Renunciar sin lucha a una posesión como Cuba, tan ligada económica y sentimentalmente a España, máxime tras el duro esfuerzo anterior por conservarla, habría sido intolerable, no sólo para el pueblo presuntamente desinformado, sino también para el gobierno. Por otra parte, "la actividad política de los jefes de la escuadra de Cervera, antes y después del Desastre, y preferentemente en las propias filas del partido liberal, confirma la impresión de que muchas de sus críticas posteriores buscaban más salvar sus propias responsabilidades o a la Armada como institución”, que clarificar los hechos.
 
Tampoco tiene mucho sentido el reproche a la prensa y a los políticos que excitaban a las masas. Lo mismo hacían los useños, y era normal que, mejor o peor, procurasen animar el espíritu de lucha, y no deprimirlo. Aparte de que la inferioridad bélica española distaba mucho, como muestra Rodríguez, de ser tan completa como después se dijo. Y, en fin, la guerra se libró en el mar no por una decisión deliberada del gobierno de acabar cuanto antes, sino porque, simplemente, lo imponía la situación estratégica.
 
Vista la cuestión en perspectiva, la derrota no dejaba de ser la salida más probable, aunque de ningún modo segura, y el mero hecho de que España poseyera una flota bastante fuerte y moderna desmiente las acusaciones posteriores de desidia e ineptitud insondables del régimen. Ello aparte, en los combates menores, los barcos enemigos, pese a su abrumadora superioridad, "sólo registraron dudosos triunfos y hasta fracasos, al enfrentarse a mandos más decididos y tenaces" que Cervera o Montojo; el servicio de inteligencia español mostró notable efectividad y audacia, suministrando buenas informaciones a Madrid y distrayendo fuerzas adversarias; y no faltaron algunas gestas como la de "los últimos de Filipinas" (5)*. En realidad, España estaba simplemente en recuperación después de muchos decenios de decadencia. Pero los partidos enemigos de la Restauración, del liberalismo o de la propia unidad española iban a aprovechar el "desastre” para cargar las tintas, ennegrecer los hechos y crear una sensación de fracaso colectivo, fortaleciéndose de paso ellos mismos.


(1)* La historiografía cubana suele atribuir a la intervención useña el motivo de adelantarse a una victoria de los insurrectos y así impedir una efectiva independencia de la isla. Los españoles propusieron en vano a los insurrectos luchar juntos contra los invasores. En la negociación de la paz, Usa no tomó en consideración a los rebeldes cubanos, a quienes había apoyado y de quienes se había servido. Luego, en Filipinas estalló una rebelión independentista, que Washington aplastó en una guerra mucho más despiadada que la sostenida por los españoles.
(2)* La desproporción de bajas, observa Rodríguez, recuerda a la tenida por las flotas china y rusa frente a la japonesa, e hizo creer en una escasa pericia de los vencidos. Sin embargo una pequeña ventaja permitió a veces victorias aplastantes. En la I Guerra mundial, en la batalla de Coronel, cinco cruceros alemanes de Graf von Spee, aprovechando la puesta del sol que dificultaba la visión al enemigo, hundieron dos cruceros ingleses y dañaron a otros dos, causándoles 1.650 muertos, contra sólo dos heridos alemanes. Poco después, en las Malvinas, una escuadra inglesa derrotó a la de Von Spee, explotando la escasez de municiones y el menor calibre de la artillería alemana, ocasionándole 2.000 muertos, con sólo nueve bajas de los vencedores.
(3)* Aunque las minas estaban bien diseñadas y habían funcionado en las pruebas, ni una sola estalló. La investigación subsiguiente no llegó a aclarar las causas. Rodríguez sugiere que podrían encontrarse en la diferencia entre el dinero presupuestado para ellas, cinco millones de pesetas, y el efectivamente consumido, diez veces menos.
 
(4)* Se ha mencionado a veces una tercera opción, consistente en dar unilateralmente la independencia a Cuba. Pero eso habría sido también una rendición, esta vez ante un enemigo muy inferior.
 
(5)* Se trató de un pequeño destacamento que resistió durante casi un año, completamente aislado (no sabían que había terminado la guerra) a fuerzas filipinas muy superiores. Tropas del crucero useño Yorktown intentaron rescatarlo, pero se vieron rechazadas con fuertes pérdidas por los sitiadores. El propio Aguinaldo, dirigente filipino, expresó su admiración por los resistentes. Dice Rodríguez: “Tales hechos, si es que son recordados, sólo provocan en algunos una imagen de celuloide rancio (…). Probablemente estos mismos, tan críticos o poco impresionables, aún se conmueven con la gesta de El Álamo, que, como es sabido, resistió unos pocos días a las tropas mejicanas, o desconocen que la gran fiesta tradicional de la legendaria Legión Extranjera francesa, el 30 de abril, “el día de Camerone”, celebra que un destacamento de 62 hombres resistió unas horas parapetado en unos edificios a una fuerza de caballería mejicana antes de ser aniquilado. Y no es que dudemos del heroísmo derrochado en estas y otras ocasiones por norteamericanos y franceses, de lo que sí tenemos serias dudas es de que los españoles seamos capaces de valorar adecuadamente nuestras propias gestas”
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