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CURIOSIDADES DE LA CIENCIA

Caza, hambre y biodiversidad

No cabe duda de que el mundo rico ha de implicarse de lleno en la conservación de la biodiversidad de las zonas deprimidas del planeta. No basta con poner el grito en el cielo y pretender que ciertas regiones del planeta se conviertan en reservas naturales.

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En muchos lugares del planeta, sobre todo en los afectados por la hambruna y la miseria, el principal modo de subsistencia para un número cada vez mayor de personas es la caza y la recolección de frutos salvajes, como ya hacían los hombres de Atapuerca, hace más de 400.000 años y que ahora son la principal atracción del Museo de Ciencias Naturales de Nueva York.

A falta de tiendas de ultramarinos y supermercados, la única alternativa es echarse al monte, en este caso, a la selva y los bosques, para hacerse con la ración de comida. Y este hábito, según afirman ecólogos en la revista Nature, está diezmando peligrosamente las poblaciones de mamíferos en ciertas regiones de Asia, África y Sudamérica. Se estima que sólo en el centro y este africanos, la cantidad de animales salvajes que son asesinados con fines alimenticios supera el millón de toneladas. Esta cifra equivale a un consumo de unas 30 millones de hamburguesas durante todos los días del año. Equipados con armas de fuego y trampas metálicas, los cazadores furtivos se han convertido en una de las mayores amenazas para la vida salvaje, superando en algunos casos a la deforestación. En algunas zonas, la situación es dramática: en el año 2000, el colobo rojo de Miss Waldron (Procolobus badius waldroni), primate antes residente en Gana y Costa de Marfil, fue cazado hasta la extinción. Y en Asia, al menos una docena de especies de mamífero ha desaparecido de los bosques vietnamitas desde 1975.

La conservación de la biodiversidad en las regiones afectadas por la hambruna no resulta sencillo, como reconoce la directora del Hunting and Wildlife Trade Program, de la Wildlife Conservation Society (WCS), en Nueva York: “No podemos decirles que dejen de cazar, ya que la vida de mucha gente que vive en las zonas rurales depende de esta actividad”. Los animales del bosque se han convertido en una fuente importante de proteínas. Pero ésta es limitada y sensible al acoso humano. En la mayor parte de los casos, la actividad cinegética supera con creces la capacidad que tienen los animales de reproducirse, lo que vaticina un futuro desalentador: la desaparición de las especies cazadas y la perpetuación del hambre en las zonas implicadas. No son pocos los estudios y simulaciones en ordenador que demuestran que las poblaciones de ciertos mamíferos son difícilmente recuperables cuando el número de individuos desciende por debajo de un número crítico. A este respecto, los animales que viven en grupos, caso de los primates, son especialmente sensibles.

Solo la ayuda internacional puede conducir a amortiguar este creciente desaguisado ecológico. En palabras de los expertos, la solución pasa por ofrecer a estas gentes una fuente alternativa de alimentos que les permita alcanzar lo que los ecologistas denominan un desarrollo sostenible. La regulación de la caza y el control del furtivismo también se hacen necesarios. Su eficacia en la recuperación de la fauna salvaje ha quedado patente en los proyectos llevados a cabo en esta dirección en Malasia y el Amazonas.

No cabe duda de que el mundo rico ha de implicarse de lleno en la conservación de la biodiversidad de las zonas deprimidas del planeta. No basta con poner el grito en el cielo y pretender que ciertas regiones del planeta se conviertan en reservas naturales cercadas a los habitantes que literalmente agonizan de inanición. Aunque se trate de una frase manida, el mantenimiento de la biodiversidad es una cuestión de solidaridad. Pecan de ingenuos aquellos que piensan que la desaparición de una especie en una zona remota y salvaje del planeta no les afecta. La realidad es que el declive de la diversidad biológica afecta a la supervivencia y el bienestar del ser humano. Sin ir más lejos, la extinción de las especies y la degradación de los ecosistemas aumentan considerablemente el riesgo de contraer ciertas enfermedades. No se trata de una aseveración gratuita, ni de una máxima del ecologismo radical. Nos lo advierten respetables científicos. Sin ir más lejos, Kathleen LoGiudice y sus colegas del Instituto para el Estudio Ecosistemas, en Nueva York, afirman en el último número del Proceedings of the National Academy of Science (PNAS) estadounidense que existe una perversa relación entre la diversidad y la enfermedad de Lyme, también llamada borreliosis. Este trastorno inflamatorio es transmitido al hombre y otros vertebrados por las garrapatas está causado por una bacteria, la espiroqueta Borrelia. Algunos investigadores, por cierto, advierten de que estamos ante una enfermedad de difícil manejo cuya incidencia está en aumento.

LoGiudice ha podido comprobar que en las regiones con una rica diversidad biológica, las garrapatas pican con más frecuencia a las especies que no transmiten de forma efectiva la enfermedad de Lyme. La cosa es bien distinta en las áreas degradadas, donde no hay una gran variedad faunística, las indeseables garrapatas se ceban con los ratones de pata blanca (Peromyscus leucopus), que transmiten la borreliosis con una eficacia que llega al 90 por 100. Los autores del estudio sugieren que, como estos roedores se cuentan entre las últimas especies que desaparecen en los hábitats degradados, la pérdida de biodiversidad aumenta el riesgo de que las garrapatas piquen a los ratones de pata blanca y pasen la enfermedad de Lyme a los humanos.

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