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HISTORIA DE EUROPA

La colaboración y el europeísmo

Lo que a fuerza de películas se viene haciendo con la Historia de España desde que Franco pasó a mejor vida y, si se me apura, desde un poquito antes, es lo que se ha hecho y se sigue haciendo con la Historia de Europa desde que concluyó felizmente la Segunda Guerra Mundial.

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Hacia fines de los 80, cuando apenas había caído o estaba a punto de caer el Telón de Acero, una amiga mía, española, encontró en Viena a una compatriota jovencita, que no tendría arriba de veinte años, que volvía de visitar Praga. “¿Y qué impresión te produjo?” – “Todo muy pobre y muy triste. Los escaparates polvorientos. Muy pocos coches. La gente muy mal vestida. En fin, como España en tiempos de Franco”. En la primavera del 2002 visitaba yo, con la Asociación Sevillana de Amigos de los Jardines y del Paisaje, una propiedad normanda, y el guía nos explicaba que durante la Ocupación el castillo fue utilizado por el Ejército alemán como hospital. Una señora del grupo le preguntó: “¿Y aquí no hubo Resistencia?” El guía no sabía qué contestar y yo salí al quite diciendo: “Algunas personas han visto demasiadas películas”. Todo es, pues, cuestión de películas, y lo que a fuerza de películas se viene haciendo con la Historia de España desde que Franco pasó a mejor vida y, si se me apura, desde un poquito antes, es lo que se ha hecho y se sigue haciendo con la Historia de Europa desde que concluyó felizmente la Segunda Guerra Mundial.

Nadie que conserve un ápice de memoria y de decencia puede dejarse embaucar por esa Historia de celuloide, y, en lo que a la Historia de Europa se refiere, pocos libros hay que me reconcilien tanto con el género memorialístico como las memorias de la vida en Francia durante la Segunda Guerra Mundial de Un exiliat de tercera, del pintor catalán Carles Fontserè. Fontserè sale de España en enero o febrero del 39 al concluir la guerra en Cataluña y va a parar como primera providencia a un campo cerca de Perpiñán. Es joven, es pintor y tiene ganas de vivir y en Perpiñán encuentra buenas personas que se apiadan de los refugiados españoles en general y catalanes en particular, que es lo que el autor quiere sentirse. Y digo “quiere”, porque él mismo llega a reconocer que “Quan els catalans traspassem el pas de Salses i entrem a França, ens agradi o no ens agradi, esdevenim espanyols”. Más inconvenientes que su condición sentimental de refugiado catalán tiene su condición oficial de “rojo español”, pésima recomendación en la Francia aquella de la III República, y que le hace volver a otro campo, el de Saint-Cyprien, del que logra evadirse. Después de mil peripecias, entre kafkianas y rocambolescas, que se entreveran con las de otros refugiados, entre ellos su hermano mayor, excombatiente rojo también que va a parar a la Legión Extranjera de Francia, llega por fin a París, donde tiene amigos catalanes, en primer lugar, el también pintor Josep Clavé. Todos ellos viven al día y, en el mejor de los casos, con documentación precaria que han de renovar cada dos o tres días, a la vez que entre el SERE de Negrín y la JARE de Prieto tratan de buscar un resquicio que les permita la emigración a América. Lo malo es que también en esas beneméritas entidades de ayuda hay clases. Volver a España, como hacen muchos, no se le pasa a nuestro “exiliado de tercera” por la cabeza y con razón, pues como le dice otro paisano, aparte de que lo juzguen en la odiosa “lengua del Imperio”, de lo que no se va a librar es de tres años por lo menos de servicio militar.

Todo esto cambia con la Ocupación y cambia para bien; en primer lugar porque nuestros compatriotas, como excelentes dibujantes que son, se hacen colaboradores gráficos de los servicios de propaganda cultural del ocupante y además porque el consulado español les expide a todos los rojos refugiados un certificado de nacionalidad. Esos servicios de propaganda alemanes están en manos de personas que, sin perjuicio de ser leales a su patria, aman a Francia y a su cultura. Baste Jünger como botón de muestra. Y esa posición les permite asistir desde localidad de preferencia a la vida cultural y social de París bajo la Ocupación. No vamos a descubrir aquí cuál es la época de oro del cine francés ni cuáles fueron los comienzos literarios de Sartre o Camus, pero nunca está de más recordarlo y estas memorias lo hacen con toda suerte de pormenores. Uno de los efectos, y no sé si los fines, de este libro es la demolición de tópicos. La propaganda aliada nos ha mostrado hasta la saciedad esas caravanas de parisienses huyendo de la ciudad a pie y con los enseres domésticos apilados en carricoches de niños mientras la aviación enemiga se divierte ametrallándolos. Lo que no muestra la propaganda es el regreso de esa gente a sus hogares cuando comprueban que los temidos boches les dan alcance ametrallándolos —no es metáfora— con tabletas de chocolate. También solemos ver desfiles de tropas por los Campos Elíseos. Lo que no se nos dice es que esas tropas eran las que diariamente rendían homenaje al Soldado Desconocido en el Arco de Triunfo.

Este idilio se acaba cuando Hitler invade Rusia y los comunistas de obediencia soviética pasan a la clandestinidad. Por fin llega la Liberación, que el hermano del autor vive en primera fila, en Normandía nada menos, donde presencia el holocausto de Caen. La entrada de los Aliados en París contrasta fuertemente con la entrada años atrás de los alemanes. La vanguardia son unos cuantos rojos españoles que tripulaban unos carros armados Sherman con nombres evocadores de la guerra civil: “Guernica”, “Ebro”, “Teruel”... Cinquanta anys més tard, alguns historiadors i periodistes espanyols comentaran el fet amb l'orgull patrioter del imbècils, sense voler adonar-se que aquells espanyolets van ser enviats d'avançada al centre de París com a conillets d'Indies. Por fortuna para ellos, los pocos alemanes que quedaban sólo pensaban en escapar de las ansias de venganza y guerra del “pueblo” en armas, es decir, de las flamantes Forces Françaises de l'Intérieur, deseosas de emular a los héroes de la Comuna de 1970 y de demostrar que ya eran dueños de la capital cuando llegaran los que la liberaron de verdad. Vaig avergonyir-me de ser espectador de unes escenes tan ignominioses, tan covardes i degradants. // Aquells dies de l'Alliberació de París…per a mi foren dels més repulsius i odiosos de la meva vida. Un hombre que tiene de los grandes acontecimientos históricos una visión tan anticinematográfica no tiene más remedio que no dejar títere con cabeza y que desconcertar al lector con juicios insólitos. No sólo las apariencias engañan, sino que la realidad es paradójica, y así resulta que, como ya se dio a entender más arriba, el antifranquismo berroqueño de Fonstserè, doblado de antiespañolismo, que todo hay que decirlo, le hacía caer en gracia entre los alemanes con los que colaboraba. Los juicios nada halagüeños sobre Franco que pone en boca de los nazis no tienen nada de descabellados. Pero su explicable pasión antifranquista es tal, que después de no dejar tópico sin derribar ni títere con cabeza en la Francia en que vive, cada vez que habla de la España de la trasguerra, saca a relucir todos los tópicos clásicos. Un ejemplo: después de referir las penurias alimentarias en Francia de los últimos tiempos de la Ocupación, atribuye las penurias españolas a la “autarquía” franquista. Hay otras observaciones que me recuerdan a las de ciertos voluntarios de la División Azul, como cuando dice que entre las Juventudes Hitlerianas y el Frente de Juventudes hay la misma diferencia que entre un Volkswagen y un Biscúter. Esta germanofilia se debe a dos razones: una, al buen trato recibido en su colaboración profesional, y otra al hecho de que los nazis veían con cierta simpatía los movimientos regionalistas, como el catalán y el vasco en nuestro caso.

Si prescindimos de este vidrioso asunto, cabe decir que la colaboración de Fontserè lo fue en el sentido más noble, en cuanto que nunca se le exigió nada que fuera contrario a sus ideales y estuvo al servicio de una idea de la reconciliación por la cultura y en la cultura de dos grandes países europeos, primer paso, según la mentalidad de entonces —y por lo que se ve también de ahora—, de la unión de Europa. Esa Europa que querían los nazis era “la Europa de las regiones”, postura que Jean Monnet años después opondría a la idea de De Gaulle de “la Europa de las patrias”, es decir, de los Estados nacionales. Ni la una ni la otra hicieron nunca demasiada gracia, para empezar al otro lado del Canal, y para acabar, al otro lado del Atlántico. “Llavors no vaig comprendre —i tardaré encara uns quants anys a adonar-m'en— que amb l'invasió nord-americana Europa deixaba de existir”.

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