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DRAGONES Y MAZMORRAS

Le beau Georges

Por tercera vez en lo que va de curso he asistido a un acto protagonizado por Jorge Semprún relacionado, esta vez, con su última novela, Veinte años y un día, que acaba de salir en el Círculo de Lectores, en cuyos salones se celebraba el evento.

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Como en ocasiones anteriores, estaba el divo rodeado de sus fieles amigos, Beatriz de Moura y Toni López Lamadrid (sus verdaderos editores, también conocidos como los Tusquets), el pintor Eduardo Arroyo y los periodistas Juby Bustamante, Miguel Ángel Aguilar y Javier Pradera. También tuve ocasión de ver —y de felicitar por su reciente, y todavía inédito, premio Comillas— a Jaime Salinas que como vive casi todo el tiempo en Islandia, se vende caro. Como ven todo quedaba en casa, impresión que se vio reforzada por la discreta asistencia de Felipe González. Por lo demás, la sala estaba a rebosar de escritores, periodistas y público en general que siguieron el acto con puntual atención, ajenos a tanta celebridad.
 
Actuaban de teloneros Emilio Lledó (fue él quien utilizó ese término), José María Ridao y Xavier Antich. Lledó empezó felicitándose por el honor de aparecer en la novela como personaje real, a propósito de cierto encuentro que tuvo con Federico Sánchez en la Plaza de Santa Ana, en 1956. El resto de su intervención la dedicó a especular sobre la memoria, escudándose en la filosofía que, como la poesía, es un arma cargada de futuro. Pero, claro, la memoria no es neutral, por eso uno de los prohombres de la educación (Lledó dixit) dijo últimamente que la educación del presente tiene que ser sólo preparación del futuro y que hay que olvidar el pasado. Llegada a este punto tengo que aclarar que el acto se celebraba el lunes 27 de octubre, al día siguiente de la repetición de las elecciones a la Asamblea de Madrid que ganó sobradamente Esperanza Aguirre, y que los periódicos rebosaban presente a punta de pala.
 
Entonces Semprún de esa manera tan suya, a trompicones y vueltas atrás contó cómo, aquel verano de 1956, sin que Lledó, ni el estudiante comunista que les presentó lo supieran, él llegaba de un pleno de la ejecutiva del Partido, en el que se había dado un golpe de estado de resultas del cual salieron Uribe y Dolores y entraron Carrillo y Claudín Además, en la plaza de Santa Ana está la Cervecería Alemana, adonde iban toreros y entre otros los Dominguín. Y ahí fue donde nació la novela. José María Ridao manifestó que no envidiaba la época tan dramática en que se vivieron esos hechos, sino su literatura, tan politizada. En aquella época, vino a decir, los escritores estaban comprometidos de verdad, no como ahora. A diferencia de Lledó, él conoció a Jorge Semprún y no a Federico Sánchez. Eso fue para él decisivo sobre todo porque ahora —prosigue Ridao— parece que haber estado contra Franco es peor que no haberlo estado, cuando haber estado contra Franco, incluso en las malas posiciones, es mejor que no haber estado nunca contra Franco. Ridao, tras este encendido elogio del estalinismo no se sonrojó al afirmar que se estaba haciendo una lectura ultramontana de nuestro pasado intelectual. Como era inevitable, le tocó decir algo a Xavier Antich, que parecía algo desplazado. Tal vez por eso se despachó con vaciedades como que Veinte años y un día le parecía un combate contra el olvido, no sólo de los muertos del 36, sino de las vidas y las experiencias rotas. Por eso, en un país que, según Antich, beneficia a los mismos y se dirige siempre a los mismos (ahí nadie miró a Felipe González) este libro es pero que muy necesario.
 
Volvió a hablar Jorge Semprún quien aseguró que esta novela es un homenaje a los comunistas, (una gente estupenda) y una crítica a los dirigentes del Partido. No sé que opinaría de esto Robert Antelme (el autor de La especie humana), que fue expulsado del PCF precisamente por las estrechas relaciones de Jorge con los dirigentes, pero como era una buena persona aceptaría esta palinodia. Ridao, dispuesto a dar la nota,  se puso a hablar otra vez de la memoria y de su ubicación. Hay, según él, una memoria fomentada por el poder y acusó al gobierno central de dar su apoyo a un relato del pasado que es el mismo que el del franquismo y de retroceder a momentos anteriores a la transición. Mostró también una gran indignación e incomodidad de que los prohombres del PP se apropiaran de escritores que en modo alguno tienen derecho a citar, como Cernuda e incluso como el propio Cervantes. Enardecido tal vez por la presencia de González, llevó su fanatismo hasta el punto de afirmar que España es normal por los desastres y por sus heterodoxos, entre los que citó a Azaña y a los ilustrados. Estaba tan excitado que Semprún tuvo que llamarle al orden y recordarle que debía omitir esa acusación de franquismo referida al gobierno actual, porque —dijo— hoy nadie es franquista en España, si no, no estaríamos aquí, lo que le valió un fuerte aplauso y el consiguiente embarazo de Ridao que no sabía donde meterse y dijo aceptar la reconvención.
 
La conversación derivó por otros derroteros, como el antisemitismo, el valiente trabajo de los alemanes con su pasado, frente a la cobarde actitud de los franceses y una vez más Ridao puso la nota fanática afirmando que pensaba que Alemania no tenía por qué asumir el coste del antisemitismo, pues en definitiva los Reyes Católicos habían hecho lo mismo que Hitler, a lo que Jorge Semprún contestó recordando lo común, en todo el orbe cristiano, fue siempre el antisemitismo, concretamente en Francia y mencionó el affaire Dreyfus. El debate  se diluyó entonces en disquisiciones históricas y lo concluyó Semprún con una frase que tendría que dar mucho que hablar, si alguien recogiera el guante: que leyendo a Hitler se puede prever el holocausto pero leyendo a Marx no se puede prever a Stalin. Les aseguro que no me arrepentí de haber ido.
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