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ELECCIONES EN CATALUÑA

Subasta de catalanismo

Venimos asistiendo, por obra de CiU y gracia del PSC, a una subasta de catalanismo. Han reavivado los tópicos de “Madrid, demiurgo del mal” y “Cataluña para los catalanes”. Maragall, adalid del catalanismo socialista, superó su federalismo asimétrico con una propuesta aún más exclusivista: la resurrección de la Corona de Aragón. Artur Mas ha pasado de la charlotada de las selecciones deportivas catalanas a despreciar la política “que viene de Madrid”.

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Rosa Aguilar, alcadesa en Córdoba, declaraba hace poco en la Cadena Ser que lo único evidente en Cataluña era el “enorme rechazo al Partido Popular”. El “rechazo” al que se refiere Rosa Aguilar puede ser el propio de las “democracias populares”, con sus Malecones castristas, o el de las “democracias orgánicas”, con aquellas Plazas de Oriente franquistas. Pero en las democracias de verdad, el rechazo o el apoyo a un partido político sólo se mide en votos. Y ya metido en votos, Iniciativa per Catalunya Verds, los ecosocialistas, esos arrendatarios catalanes de IU, sí son democráticamente “rechazados”. En el típico estilo totalitario, Rosa Aguilar intentaba mostrar la excepcionalidad del PP en la política catalana. Los populares son una fuerza política extemporánea y extraña que debe ser consciente, y sufrir con resignación, el “enorme rechazo” que se merece por su misma existencia. Las palabras, alcadesa, no son gratuitas. Aún recordamos el asalto a las sedes del PP durante la guerra de Irak, y los ataques sufridos por sus representantes, entre ellos Alberto Fernández. De una lectura sosegada de Alexis de Tocqueville y John Stuart Mill se puede sacar la enseñanza de que la democracia no es sólo el dictado de la mayoría, sino también el respeto a las minorías. Pero es lógico que Tocqueville y Stuart Mill falten en alguna biblioteca, ya que la Editorial de Ciencias Sociales de La Habana prefiere publicar las obras completas de Hugo Chávez.
 
El politólogo holandés Arend Lijphart llegó a la conclusión de que en las democracias de consenso la capacidad de los partidos para acercarse al poder dependía de la dimensión política más relevante en las elecciones en cuestión. La variable más importante en estas elecciones catalanas es la del catalanismo, y, a mucha distancia, la socioeconómica. La campaña es aburridísima; no ocupa cabeceras de los informativos, y es difícil encontrar el día a día electoral en los periódicos digitales. Todos prometen mejorar todo, e igual besan a unos obreros que arengan a unos bebés. Pero lo que se esta jugando de verdad es la elección de un Gobierno que va a proponer la superación del actual Estatuto catalán.
 
Todas las encuestas dan una bajada importante para CiU y PSC. El verdadero vencedor será ERC, pues gobernará gane quien gane. Podrá pactar con CiU o con los socialistas sin romper su discurso catalanista, que ha sido siempre más coherente. ¿Por qué sube ERC y se convierte en el partido imprescindible para formar Gobierno? Porque venimos asistiendo, por obra de CiU y gracia del PSC, a una subasta de catalanismo. Han reavivado los tópicos de “Madrid, demiurgo del mal” y “Cataluña para los catalanes”. Maragall, adalid del catalanismo socialista, superó su federalismo asimétrico con una propuesta aún más exclusivista: la resurrección de la Corona de Aragón. Artur Mas ha pasado de la charlotada de las selecciones deportivas catalanas a despreciar la política “que viene de Madrid”. Pero Maragall y Mas están de acuerdo en lo mismo: hay que avanzar en el autogobierno. De esta manera, tras los años de inmersión catalanista de Pujol, CiU y PSC le han hecho la campaña a ERC, que se presenta como lo que siempre ha sido: independentista y socialista. Esquerra Republicana sostiene la legitimidad del llamado “derecho de autodeterminación” para la nación catalana que, a lo Sabino Arana, comprende Cataluña, las Islas Baleares y Pitiusas, la “Catalunya del Nord, a l'Estat francès”, Valencia, “i Andorra que té estat propi”. La independencia llegará, dicen, por una “vía democrática”. Y claro, la nación catalana ha sufrido “més de 300 anys d'opressió” por parte de España y Francia, que no han entendido el sentir catalán. En fin, yo como español pido perdón si he oprimido a alguien; que ha sido sin querer; de verdad. En “lo social”, Esquerra dice luchar contra “l'economia parasitària i sancionar la riquesa acumulada pels moviments especulatius”. Si los empresarios catalanes, para oír a Aznar, dejaron solo a Mas, que les espetó “iros, iros si queréis”, ¿qué harían si CiU gobernara con un partido que quiere que el Estado controle las empresas, limite el mercado e imponga tasas a la actividad financiera, industrial y comercial? La subasta de catalanismo va a empujar a CiU o al PSC a pactar con este partido.
 
Y en este escenario, ¿qué papel le queda a los populares catalanes? El cuerpo electoral del PP está muy limitado por el pluripartidismo catalán y su responsabilidad ante el PP nacional. Piqué no puede hacer un discurso catalanista porque no sería rentable, políticamente hablando, para los populares del resto de España. Piqué no es Fraga, que abandera una regionalismo, a veces exagerado, pero siempre leal a la Constitución. Tampoco es el tándem Mayor Oreja-Iturgaiz, pues, afortunadamente, en Cataluña ya nadie agita el árbol para que otros recojan las nueces; y, aún así, los populares vascos son la segunda fuerza electoral en su Comunidad. A Piqué tampoco le hace la campaña electoral la izquierda, como a Esperanza Aguirre en Madrid, que cuanto más conocido era Simancas menos apreciado era por el electorado. El Partido Popular catalán sólo jugará un papel en la política de su Comunidad si Convergencia i Unió quiere, y puede, lo que parece bastante difícil. La estrategia del PP catalán debe ser, por ende, la de adoptar el discurso de los populares gallegos y vascos —regionalista, autonomista y constitucionalista— y los modos políticos de la escuela Aznar: frente al grito y la pancarta hay que responder con la moderación, la coherencia y la tozudez del dato. En definitiva, se trata de potenciar la cara que el PP ofrece en las elecciones generales, en las que obtiene más votos catalanes que en las autonómicas. El potencial electorado del PP es el estatutista conservador; es decir, aquel que quiere mantener la buena situación catalana y española, sin aventuras de país de tercera, a lo Lehendakari. No obstante, creo que las campanas de la derrota electoral ya están doblando.
 
 
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