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DRAGONES Y MAZMORRAS

Luz entera, luz divina

La semana cultural madrileña ha estado marcada por las exposiciones y las presentaciones de libros. Ni siquiera las elecciones municipales y autonómicas, tan importantes para el sector, consiguieron sofocar tan sugestiva actividad.

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Tan sólo el Círculo de Bellas Artes, convertido en sede provisional del PSOE durante esos cruciales momentos, vio un poco mermada su tradicional vocación cultural, pero también hay que entender que tienen que pensar en el futuro y no les ha salido mal después de todo, ya que, por una de esas sinrazones de la democracia hispano-francesa que la razón aristotélica desconoce, dicho partido, habiendo perdido en la Comunidad de Madrid (importante patrocinador de este Centro, junto al Ayuntamiento, Caja Madrid, Telefónica, y otras entidades oficiales y privadas entre las que figuran el Banco Santander Central Hispano y los grupos Prisa y Santillana), en realidad ha ganado.

Siguiendo el orden cronológico que intento conservar en estas crónicas, me veo en la obligación de referirles mi doble incursión a la magnífica exposición Las edades del hombre, que este año se cobija en la catedral de Segovia, la más femenina de las catedrales, según declaraciones a la COPE de Antonio Meléndez, cerebro y brazo ejecutor del invento, en cuyos orígenes está, aunque apenas se le mencione, el escritor José Jiménez Lozano. Si la memoria no me engaña creo que he asistido a todas sus ediciones, excepto a la de Nueva York, adonde nunca voy, porque sufro de claustrofobia, que es precisamente la respuesta que le di a Regis Debray, cuando hace unos años, en París, me vio subir a pie seis pisos y me preguntó cómo me las arreglaba en Manhattan, como si viajar allá fuera la cosa más corriente del mundo, tal como ir de Madrid a Barcelona, o incluso a París, pongo por caso. Latiguillos de los que pertenecen a la jet, ya saben.

Pues, como les iba contando, han sido dos ocasiones las que, en el plazo de una semana, he tenido para contemplar a placer esa exposición que, bajo el título de El árbol de la vida, muestra el paso del martirio y la muerte, a la resurrección y la vida. Uno de los logros de estas exposiciones es sacar de la oscuridad y la ruina a muchas piezas de arte sacro cuya supervivencia parecía seriamente comprometida en sus emplazamientos originales. La prueba es esa misma cruz procesional, emblema de la Exposición y admirable pieza del siglo XVI, que languidecía en una iglesuca semi derruida y –nunca mejor dicho– abandonada de la mano de Dios, de una localidad segoviana llamada El Muyo, donde hay exactamente tres habitantes muy poco hospitalarios en lo que respecta a su iglesia, que enseñan a regañadientes y con garrota. A fe que les ha debido de costar trabajo a los organizadores conseguir el préstamo y me consta que tuvo que intervenir el obispo.

Pero no todo el mundo reacciona así; al contrario, lo que se abundan son las muestras de satisfacción y orgullo de los lugareños cuando contemplan sus piezas más preciadas y preciosas, proclamando su origen a los cuatro vientos. Tal como esa escultura románica de una Virgen del siglo XIII, procedente de Sepúlveda, o las tablas del XV y el XVI de Santa María de Riaza y, ya que estoy en esas tierras que conozco tan bien, no puedo dejar de mencionar la Piedad y el sagrario de mi pueblo adoptivo, Riaza. Me veo en la obligación de advertir a las personas algo sensibles que el espacio dedicado a los crucificados puede producir cierta desazón, dada su dramática escenografía, lo que, tal vez, podría explicar la perspicaz presencia de varias máquinas expendedoras de Coca Cola, incrustadas en el claustro de la Catedral, sin que, en compensación, y que me perdonen la aparente frivolidad de esta advertencia, se haya tenido la caritativa prudencia de proveer a la evacuación de la consiguiente ingesta de líquido. Tiempo tienen hasta noviembre de enmendarse.

De paso aproveché mi estancia en Segovia para visitar el Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente donde, hasta el 13 de julio, puede verse una exposición harto notable, titulada Luz entera. Esteban Vicente y sus contemporáneos (1918-1936). Este Museo, dirigido por Ana Martínez Aguilar, va a dar que hablar, en el buen sentido de la palabra, pues tanto la exposición permanente, como las temáticas, son de un gusto excelente. El comisario de la actual es Juan Manuel Bonet, director del Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, y se nota todo lo que este hombre sabe. Los cuadros son magníficos y la exposición, generosa y completa, se visita como si se leyera un libro (ameno) sobre aquellos años. Algunas piezas me emocionaron, especialmente la serie de retratos de Juan Ramón Jiménez, realizados casi simultáneamente por el polaco Wladyslaw Jahl, Juan Bonafé y el propio Esteban Vicente. También agradecí algunos cuadros de José Moreno Villa, Soledad Martínez (flagrante ejemplo de cómo han sido postergadas las mujeres de esa generación), Luis Garay, Emilio Varela, o Pedro Flores, para citar a los menos conocidos de una época cuya potencia parece que está todavía por descubrir. Excelente ocasión para hacerlo.

¿Y los libros? Pues son tantos y tan interesantes, no sólo en sí mismos, sino por lo que han suscitado a su alrededor, que los tendré que dejar bien custodiados en mis mazmorras para alimentar a los dragones de la próxima semana.
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