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A PROPÓSITO DE JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA

Un ensayo sugestivo

La revista El Catoblepas, inspirada por Gustavo Bueno y que suele dar cabida a trabajos interesantes, acaba de publicar uno de Adriana Inés Pena, titulado ‘José Antonio, testigo y analista del colapso de la democracia’, que no debiera pasar inadvertido. La autora es una argentina afincada desde hace tiempo en Usa, hecho perceptible en los abundantes anglicismos de su escrito; defecto menor comparado con su excelente nivel académico y agudeza de análisis.

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El ensayo atiende a la crisis de las democracias en los años 20 y 30 del pasado siglo para analizar el fracaso de José Antonio y compararlo con el éxito de los republicanos irlandeses, buena parte de los cuales podrían muy bien ser considerados fascistas, por sus ideologías, su “estilo” y su violencia, y que sin embargo crearon un régimen que puede describirse básicamente como una democracia estable.
 
Adriana Pena parte de estudios como el famoso de N. Stamps Why democracies fails, señalando una evidencia a veces olvidada: "La democracia es un régimen eminentemente deseable (…) Eso no significa que esté libre de vulnerabilidades y fracasos, y que a veces no pueda afrontar problemas, algunos muy serios". Es más: "Ninguna sociedad es inmune a que la democracia entre en crisis. Los EEUU se ofrecen como modelo de democracia, y su Constitución se propone como modélica. Sin embargo, nota John Lukacs, esta Constitución, con todas sus bondades falló en 1860, y el resultado de este fracaso fue la sangrienta Guerra Civil".
 
Los problemas no nacen sólo de ideologías o partidos mesiánicos, pues los mismos partidos democráticos pueden paralizar el sistema en sus luchas por el poder, máxime cuando esa lucha ocurre al lado de mesianismos exteriores. El funcionamiento democrático es complejo, requiere una preparación (en Europa nace de un proceso de siglos) y exige, como observa la autora citando a J. Prager, la existencia de un "espacio público" como el lugar metafórico donde los participantes pueden comunicarse entre sí, pueden intentar persuadir a sus adversarios, y donde aceptan que ellos mismos puedan ser persuadidos. Es allí donde se determinan los significados para los hechos políticos, y donde se define el orden trascendente de la política. Sin este "espacio público", a juicio de Prager, la democracia no puede sobrevivir y la guerra civil "es muchas veces el resultado".
 
Un peligro persistente consiste, pues, en que "los partidos vigentes no solo no puedan aportar soluciones, sino que crean nuevos problemas y exacerban los existentes", haciéndose culpables de estos comportamientos: "Crear un clima político-social que solo podía desembocar en el despotismo, abusar del debate político, en vez de encauzarlo para afrontar problemas concretos, polarizando a la población hasta extremos insoportables, y aislar a sus miembros del contacto con integrantes de diferentes partidos –envolviéndolos en un capullo protector– impidiendo así que se entablase un diálogo constructivo".
 
En España, como en otros países europeos, "había una razón fundamental que impedía que la democracia se salvase. No existía un acuerdo fundamental para salvarla, simplemente porque no existía, ni podía existir un acuerdo para éste o cualquier otro fin". Como señalaba el diario El Sol al comenzar el año 1936: "Los españoles vamos camino de que nada nos sea común, ni la idea de la patria, ni el régimen, ni las inquietudes de fuera ni de dentro, y mucho menos los postulados de convivencia nacional que fueron la aurora de esperanza que precedió al advenimiento de la República".
 
En ese contexto, gran parte de la doctrina de José Antonio no ataca a la democracia sino que más bien denuncia los males que por entonces asfixiaban al sistema. A juicio de la autora, José Antonio diagnosticó bastante bien la situación: la eliminación del "espacio común", la pretensión de las mayorías de utilizar el poder a su arbitrio, tratando de silenciar a las minorías, el avasallamiento o falta de respeto a tradiciones y sentimientos muy extendidos, la ausencia de una ética firme, de una fe y esperanza comunes, sin las cuales la convivencia se viene abajo, "ya que psicológicamente una visión de una meta común, y la creencia de que es posible alcanzarla hace mas fácil transar sobre cuestiones que se juzgan secundarias". Igualmente, su diagnóstico general sobre el comportamiento de los partidos parece bastante acertado.
 
José Antonio promovía una ideología "totalitaria" –no en el sentido otorgado a la palabra más tarde por Hanna Arendt, sino en el de una unidad ciudadana interpretable también como un nuevo "espacio público"– y, por consiguiente, la abolición de los partidos, pero a juicio de la autora podría haber evolucionado muy bien hacia la democracia, tal como lo hicieron con éxito los extremistas irlandeses. No sólo le empujaba en esa dirección una parte de su doctrina –no toda ella, desde luego–, sino su propia inclinación personal, bien descrita por Ledesma Ramos al analizar sus contradicciones:
 
"Véasele organizando el fascismo, es decir, una tarea que es hija de la fe en las virtudes del ímpetu, del entusiasmo a veces ciego, del sentido nacional y patriótico más fanático y agresivo, de la angustia profunda por la totalidad social del pueblo. Véasele, repito, con su culto por lo racional y abstracto, con su afición a los estilos escépticos y suaves, con su tendencia a adoptar las formas más tímidas del patriotismo, con su afán de renuncia a cuanto suponga apelación emocional o impulso exclusivo de la voluntad, etcétera. Todo eso, con su temperamento cortés y su formación de jurista, le conduciría lógicamente a formas políticas de tipo liberal y parlamentario".
 
Fracasó en esa posible evolución porque no tuvo oportunidad de desarrollarla, entre otras cosas porque no dejaba de ser un joven abogado sin prestigio político en medio de una sociedad muy volcada a los extremos. Cierta historia caricaturesca ha querido hacer de la Falange un elemento crucial en el derrumbe de la República, cuando se trataba de un grupo casi insignificante, incapaz de obtener un solo diputado en las elecciones del 36.
 
El ensayo de A. Pena es, desde luego, más complejo y acabado de lo que puede indicar este resumen, y su interés supera con mucho el aspecto puramente historiográfico. Pues la democracia instaurada en España en 1978 está siendo empujada a una seria crisis por la combinación de unos separatismos mesiánicos y de un poder demagógico que utiliza de modo inadmisible su mayoría para polarizar nuevamente a la sociedad, tratando de echar abajo, mediante hechos consumados e ilegales, la ley fundamental en que se apoya nuestra convivencia. El lector atento observará en este ensayo elementos valiosos para enjuiciar la situación actual.
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