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ENIGMAS DE LA HISTORIA

y 2. ¿Cuál fue la verdadera dolencia de Enrique IV el Impotente?

A partir del nacimiento de la princesa Juana, el rey se fue distanciando de la reina e incluso las relaciones —fueran reales o puro exhibicionismo— que mantenía con Beatriz de Sandoval y con Guiomar, sus dos amantes más famosas, se fueron espaciando hasta el punto de desaparecer.

Las noticias que nos suministran las fuentes referentes a ese periodo del reinado nos muestran a un hombre que gustaba cada vez más de aislarse para dedicarse a la caza, que se apartó totalmente de las relaciones con mujeres y que se entregó sin apenas rebozo a la práctica de la homosexualidad. Sabemos así por distintos cronistas que aparte de su relación inicial con Pacheco, Enrique IV mantuvo trato homosexual con distintas personas. Una de ellas fue Gómez de Cáceres, que aprovechó la torpeza del rey para escalar puestos en la corte a pesar de su carencia total de méritos. Algo similar podría haber sucedido con Francisco Valdés pero éste acabó huyendo de la corte ya que no deseaba entregarse a los apetitos del monarca. Pagó Valdés cara su resistencia porque por orden regia fue recluido en una prisión a donde iba a visitarle el rey con cierta frecuencia para reprocharle, según Palencia, “su dureza de corazón y su ingrata esquivez”.

Un destino similar fue el sufrido por Miguel de Lucas, futuro condestable, que tampoco se sometió a los deseos del rey por sus creencias religiosas y se vio obligado a huir al reino de Valencia. Más afortunado fue Enrique IV con Alonso de Herrera —al que capturaron una noche pensando que era el rey, dado que yacía en su cama— quizá con el mismo Beltrán de la Cueva y con algunos de los moros que aparecían por la corte castellana.

A todo lo anteriormente descrito, Enrique IV añadía un gusto por lo extravagante —incluso lo monstruoso— y una tendencia patológica a inducir a sus esposas a cometer adulterio. Semejante combinación de dolencias explica sobradamente el reinado errático de Enrique IV, su debilidad y, finalmente, su fracaso en una época de enorme relevancia. Sin embargo, ¿a qué dolencia —o dolencias— obedecían estos comportamientos?

El diagnóstico de Marañón —posiblemente el que mejor ha estudiado las enfermedades de Enrique IV— señala a una displasia eunucoide ligada a la acromegalia y a la homosexualidad. En otras palabras, Enrique IV no fue totalmente impotente. Padecía una debilidad sexual que se tradujo no pocas veces en impotencia pero que, en otros casos, quizá le permitió mantener relaciones sexuales completas. Esa falta de secreción sexual provoca en no pocas ocasiones una actividad de la hipófisis que se traduce en la acromegalia que podía apreciarse en Enrique y que reunía manifestaciones como la estatura elevada, la longitud extraordinaria de las piernas, la dimensión exageradamente grande de las manos y de los pies y el encorvamiento con el que caminaba. A esa debilidad sexual se sumó —posiblemente en la niñez, con seguridad tras su segundo matrimonio— un tipo de inclinación homosexual bastante frecuente precisamente en varones hiposexuados. Que la misma nació en la pubertad parece fuera de duda ya que, como señalaría Marañón, “en ella, por razones orgánicas y psicológicas bien conocidas, se puede invertir el instinto sexual, aun en muchachos de apariencia y tendencia normales”.

Hoy sabemos que semejante acción tenía motivaciones no sólo perversas sino también políticas. De hecho, también hubo personas que intentaron inclinar hacia la homosexualidad a don Alfonso, el hermano de la futura Isabel la católica, pero la mayor fortaleza de carácter de este príncipe impidió que lograran sus objetivos. La especial homosexualidad de Enrique IV fue también la causa, según Marañón, de su gusto por lo extraño y de su repugnante comportamiento de inducción al adulterio de sus esposas, una conducta nada inhabitual en algunos sujetos hiposexuados u homosexuales. El cuadro de dolencias de Enrique IV ciertamente alteró su vida y con ella la Historia de España. Incapaz de tener un heredero, débil ante la nobleza, complaciente y dadivoso para con sus amantes, su reinado implicó un parón en la evolución del reino precisamente durante una época crucial. Sin embargo, tuvo una ventaja indirecta. Al fin y a la postre, el reino fue heredado por su hermanastra, la futura Isabel la católica. Difícilmente habría podido concebirse mejor destino para Castilla y para España.


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