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De Jordi Pujol a Goyo Ordóñez

Si se acabó –y de qué manera– con la LOAPA se puede hacer lo mismo con la Constitución, de la que emanaba escrupulosamente.

Javier Somalo
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Jordi Pujol, como tan acertadamente representó Boadella, disfrutaba viendo a sus hijos corretear con maletines rebosantes de billetes –calderilla para el patriarca– que caían por el escenario. La presumible exageración teatral se quedó corta. No eran maletines sino bolsones de basura.

Sin embargo, en Operación Ubú (1981) y su versión ampliada y revisada Ubú President (1995), la realidad no ha terminado superando a la ficción porque lo de Boadella y Els Joglars no era ficción sino biopic teatral. Fue la omertá nacional la que bajó el telón y así nos han tenido, a oscuras, durante décadas.

Tocamos ahora al intocable, al que concedía las hipotecas de poder a izquierda y derecha, al que nunca antes se podía rozar. Estaba consagrado por un pacto constitucional que necesitaba apagar el rescoldo de la dictadura echando pavesas vivas hacia delante, al camino por recorrer. UCD, PSOE y PP construyeron junto a los nacionalistas catalanes y vascos la 13 Rue del Percebe, ligados primero por el apaciguamiento de la inconclusa Transición, después por el ansia de poder y siempre por la corrupción, la verdadera omertá.

Ahora, cuando acciones, omisiones y comisiones conducen al destino lógico quieren detener la inercia sin que lo parezca. Pero no con la ley, no con la Constitución aquella del consenso, sino eligiendo a un corrupto de entre todos, aquél que pueda enfriar la fiebre separatista y, en operación de Estado, abriendo sus cuentas suizas, viejas conocidas en los maravillosos años de la gobernabilidad. Es decir, no se persigue al defraudador por serlo –mermaría la clase política casi hasta su extinción– sino como estrategia con tal de no poner pie en pared a un referéndum ilegal.

Si se acabó –y de qué manera– con la LOAPA se puede hacer lo mismo con la Constitución, de la que emanaba escrupulosamente. Con padres como Herrero de Miñón y Roca era de esperar que el Título VIII se redactara como farol pero aquella ley pudo suponer de verdad la conclusión del modelo autonómico de una nación europea. Casi cuarenta años después es la reforma de la Constitución lo que se ofrece a los separatistas. Pedro Sánchez ya lo ha hecho desde el PSOE. Rajoy lo hará pero nunca lo confesará antes de unas elecciones. Y la reforma que demandan es la del farol, la del Título VIII.

Hasta aquí, la España del "caso Pujol", que es el "caso España", la del todo por ciento. Pero el más dramático anuncio de hasta dónde hemos llegado bien puede comprimirse en dos imágenes vistas a fuego de flash sobre una gran pantalla negra. Dos imágenes que –maldita sea la miopía española– no proceden de Cataluña. Son la de Gregorio Ordóñez desalojado a tiros de su escaño y la del terrorista que ayudó a liquidarlo ocupando otro escaño. No se pudo evitar lo primero y no se quiere impedir lo segundo. Consuelo Ordóñez lo ha denunciado en una carta al hermano muerto, el único que la escuchará. Fatal resumen de lo acontecido entre las épocas de Jordi y Goyo. Trágica estampa de esta España en eterna transición.

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