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Javier Somalo

La Izquierda Noble y sus privilegios

Tanto privilegio ha conquistado la izquierda que se nos ha hecho estamental: es la Izquierda Noble. Noble como Godó o como Carolina Bescansa.

Javier Somalo
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La semana pasada una anciana murió calcinada en su casa de Reus. Al parecer, llevaba tiempo viviendo las noches a la luz de las velas por no poder pagar la factura. Al olor del dolor acudió lo más granado de la izquierda emergente de España. Pero tamaña tragedia, inexplicablemente, jamás le sucederá a un okupa. El que los haya sufrido al otro lado de un tabique lo sabe bien: agua y luz en abundancia, sin mirar el contador, ¿el contador?, ¿qué es el contador?

Con nueve propiedades inmobiliarias, nueve, Montserrat Galcerán visitó a los okupas del Patio Maravillas, desalojados porque habían asaltado una propiedad. Las propiedades son bienes que pertenecen a alguien, quizá como la casa de la anciana de Reus, y si alguien las allana debe ser desalojado. Pero para todo hay excepciones. ¿Debemos suponer que las nueve viviendas de Galcerán están dando el wellcome a los refugees y ya no cabe un alma? ¿Se habrán fijado en ello los camaradas de los nueve patios de Galcerán o habrá marcado sus dinteles con sangre de cordero?

En una reciente entrevista en El Mundo, Ana Belén dijo:

"Vivo bien porque he trabajado y ganado para poder hacerlo, lo absurdo sería vivir mal con todas las cosas que me he jugado en esta profesión"

Se ve que el resto va robando por las esquinas, no se ha jugado nada en su trabajo o, sencillamente, no merece ganar más. Ya se sabe que el dinero es "el estiércol del diablo" y hay tanto diablo como estiércol, que es mucho. Pero vivir bien, tener propiedades y ganar dinero no es cosa a la que todos tengan derecho.

Para protestar contra la LOMCE, que lo merece, nos gritan que hace falta una educación pública de calidad "para los hijos de los trabajadores"; el resto, entenderemos, son crías de ornitorrinco o vástagos de especuladores repugnantes que viven como Ana Belén pero que no se lo han ganado como ella.

Al fin y al cabo, qué son 60.000 euros para "cualquier chaval" que, como Ramón Espinar, es hijo de un trabajador y merece escuela pública de calidad. ¿O era un máster? ¿O era hijo de especulador? Tampoco los del Patio se fijaron en su modesta casa de protección oficial vendida sin beneficio, que sólo se quedó con la diferencia entre lo que costó y lo que le dieron por ella, que fue bastante más pero no tanto como él hubiera esperado por los malditos impuestos y no sé qué demonios de tasas.

En todo caso, hablamos de miserias si lo comparamos con los más de 800.000 euros del podemita Jorge Lago y sus participaciones en una docena de bienes patrimoniales e inmuebles que tampoco atraen la ávida mirada de los okupas. O el medio millón de euros de Juan Carlos Monedero. O el exponencial crecimiento de la cuenta corriente de Pablo Iglesias. Pero ellos tienen asesores, invierten en bonos, en participaciones, en acciones y gestionan su patrimonio con la pericia prohibida por ellos al resto de los mortales: los especuladores fascistas que no deberían ganar dinero sino servir al prójimo so pena de aparición nocturna del diablo estercolero.

Así que se puede vivir bien si se ha trabajado –esto último tampoco es preceptivo– y se milita en la izquierda pero, según dicen, el empleo en España es precario o ilegal. Lo asegura hasta el Jotero de la Pampa mientras trasciende su faceta de negrero, en trato y pago, a su asistenta personal. Hacienda seréis vosotros, infelices. Y tú, Dominga, ya sabes… que tiene sustancia.

Más allá del vil metal, nos sobrecogen más diferencias. En las redes sociales se pueden mofar de las víctimas del terrorismo –de todas, no sólo de Irene Villa– o de los seis millones de judíos y no judíos eliminados en el Holocausto, lo que supone también befa de los cien millones de muertes provocadas por el comunismo, libre siempre de toda sospecha. Feliz cumpleaños, Fidel; Orinoco de lágrimas, comandante Chávez, allá donde estés. Lo que ellos digan es humor, ironía fina. Si alguien entiende lo contrario será porque es un intolerante, un acosador, machista, misógino, o caverna.

Hablando de machismos, advertimos que se trata de un vicio condonado de antemano si se milita en la izquierda. Ahí están esos azotes "hasta sangrar" –muy iraní– para mujeres periodistas o aquellos "bofetones" a chicas con "ojos de guarra" o las "miradas lujuriosas" que, según el entonces protolíder de Podemos, despertaba Rita la Perdedora cuando todavía era la Niña de la Tuerka. Desaparece incluso el estigma de maltratador de mujeres, que se lo digan a esa heladera de Úbeda que relató en el programa de Dieter Brandau lo que hizo con ella Andrés Bódalo en 2002, diez años antes antes de sacudir estopa con puños y pies a un teniente de alcalde socialista en Jódar (Jaén). Sus amigos, en el Congreso de los Diputados, piden su libertad.

Sigamos por la conciliación, por si también halláramos distinciones. "Parece que las madres de Podemos valen por dos", ha denunciado este mismo viernes Silvia Saavedra, concejala de Ciudadanos en Madrid. Resulta que solicitó la posibilidad de voto telemático durante su baja maternal y le fue denegada. Ahora la gestante es Celia Mayer, de Podemos, y ya Sí Se Puede.

El penúltimo privilegio de las izquierdas es el de las banderas y el de los símbolos que se pueden exhibir en el Congreso de los Diputados. Mientras el Rey abría protocolariamente la legislatura –debió hacerlo hace un año pero se negaron Sus Señorías– un tipo de Podemos exhibió la tricolor con el lema "III República". Nadie se lo impidió, ni la presidenta ni los presentes. La bandera de la Tercera República exhibida no presentaba novedades imaginativas porque viene con los colores y valores de la Segunda, la bélica, con la que quieren derrocar al Rey. Hasta en Gran Hermano lo saben aunque no cuadren bien el siglo: en España, República significa izquierda sedienta.

Ellos, los de Podemos, no están ahí "por ser hijos de nadie" aunque, cuando están, colocan a los hijos de todos y a los padres, a los primos y a los hermanos, a cuñados y colegas y hasta a los cónyuges, o cónyugues. Ellos no tienen "sangre azul" ni han votado para tener un rey, por eso enarbolan banderas que reclaman sangre roja y rey muerto o en fuga.

¿Hará algo Ana Pastor, presidenta del Congreso, ante la transgresión?

De momento, ese día lo hizo el Rey, hablando ante la casta: "Ustedes son la voz del pueblo". Menuda afonía la de ustedes, pensaría. O sea, que trabajen y dejen de actuar en el Plató de los Diputados como vienen haciendo desde aquellas elecciones de diciembre de 2015. "Está en su mano", y los ciudadanos "lo merecen" dijo el Rey, consciente del hartazgo popular. Pero los aludidos no lo fueron y aplaudieron sin cesar mientras los privilegiados emulaban al Zapatero aquel del desfile y la bandera americana. Por supuesto, la tricolor seguía enhiesta. Nadie aplaude cuando le están llamando vago, irresponsable u oportunista. Pero el Rey lo dijo con meridiana claridad. La pena es que luego tuviera que acompañar a la nueva embajadora de La Moncloa en Cataluña a hincar la rodilla ante Godó, Grande de España por una antigua gracia de su padre de la que parece que se arrepintió.

¿Hará algo –insisto– Ana Pastor? Hasta hoy, pedir perdón por el overbooking del hemiciclo que casi deja sin butaca a los que sólo querían ir para afrentar al Rey. También agradeció a Iglesias que no le gustara del todo, o eso le dijo, el gesto de la banderita.

En fin, el privilegio de ser de izquierdas alcanza a todo orden. Explica también que sus películas sean mejores que las de… Explica también que sus películas sean mejores. Y que sus chistes tangan gracia y no resulten xenófobos, homófobos o machistas como cuando ese mismo chiste lo cuentan otros. Tanto privilegio ha conquistado la izquierda que se nos ha hecho estamental: es la Izquierda Noble. Noble como Godó o como Carolina Bescansa, que ya se compara con la Reina de España en presencia y descendencia.

Como siempre, la generalización puede ser injusta –lo es en este caso, si sólo hablamos de la izquierda sin diferencias– pero ya es hora de que se desligue el que quiera –y pueda– hacerlo y hasta tenga que recurrir a apellidos para justificar su militancia. En la derecha, que todo lo consiente, llevan aclarando que son demócratas desde tiempo inmemorial.

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