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La religión de Sánchez

Ni religión ni laicidad ni concordatos. Este PSOE busca lo mismo que el de Rodríguez Zapatero: el monopolio del frentismo electoral.

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Pedro Sánchez | EFE

Vuelve la burra al trigo, señal inequívoca de elecciones inminentes, y al que más se le nota es al PSOE: crucifijos, fosas y aborto. No lo hace pensando en sus votantes, sino para descolocar al PP, siempre dispuesto a la dislocación, y agitar el árbol con vistas a la cercana efeméride de la muerte del dictador Franco.

Pedro Sánchez considera imprescindible derogar el Concordato y aprobar una Ley de Libertad Religiosa. Pues vayamos por partes.

Para empezar, no debería hablar del Concordato con la Santa Sede, firmado en 1953, sino de los Acuerdos que vinieron a revisarlo, que se firmaron entre 1976 y 1979, en la reciente democracia. Es cierto que formalmente el Concordato sigue vigente pero las citadas revisiones lo convierten en algo por completo distinto así que, de facto, está derogado. Basta releerlos y compararlos, sobre todo en lo referido a la enseñanza religiosa que tanto preocupa al líder socialista.

Francisco Franco y el Papa Pío XII con sendos plenipotenciarios en las figuras de Monseñor Domenico Tardini, el ministro de Exteriores Alberto Martín Artajo y el embajador en la Santa Sede Fernando María Castiella firmaron en enero de 1953 el Concordato. En buena medida no era sino la desesperada maniobra del régimen para obtener reconocimiento internacional, pues era de hecho un acuerdo entre dos estados. Blindaba la relación entre ambos y suponía la presencia de la Iglesia en cualquier rincón de la sociedad, por supuesto en la Educación. Aún así, no todo fueron flores entre los firmantes. No en vano, cerca del fin del régimen, en 1974, el caso Añoveros –una pastoral del entonces obispo de Bilbao así llamado y que hoy parecería redactada por Otegi– a punto estuvo de romper las relaciones entre España y el Vaticano, detenciones y posibles excomuniones de por medio y con la nota de Exteriores ya redactada. Franco se avino in extremis, cortando la estéril pelea entre el cardenal Tarancón y Arias Navarro, quizá a sabiendas de que lo último que necesitaba la transición que ya se estaba gestando era un conflicto de tales proporciones. Por aquellas épocas, algunos colegios católicos estudiaban Historia con los libros del comunista Manuel Tuñón de LaraLa España del siglo XIX y La España del siglo XX– escritos en París.

Ya con Adolfo Suárez en la presidencia del Gobierno y el rey Juan Carlos en la Jefatura del Estado, el ministro de Exteriores Marcelino Oreja Aguirre y el Cardenal Jean Villot revisaron la relación de antaño y firmaron los Acuerdos entre España y la Santa Sede. De todo se ha dicho desde entonces: que se venía gestando "en secreto" para luego hacerla coincidir medio camuflada con la Constitución de 1978 –ahí está las fechas públicas de las firmas que arrancan en 1976– o que Oreja Aguirre era miembro de la Asociación Católica de Propagandistas, nombre que a algunos resultará tenebroso pero que era lo más normal entonces y no significaba franquismo porque, de hecho, muchos de los entonces juancarlistas pertenecían a ella. La realidad es que, una vez más, aquella España buscaba de veras la reconciliación con cesiones mutuas. También en esto el esquema a seguir fue el de pasar de la Ley a la Ley: se rompía claramente con lo anterior, una unión sagrada Iglesia-Estado, para pasar a una aconfesionalidad que contemplaba seriamente la libertad de conciencia y trataba de garantizar, en el caso de la Enseñanza, la oferta, no la demanda. Uno de los párrafos de esos acuerdos lo dice con claridad:

Por respeto a la libertad de conciencia, dicha enseñanza no tendrá carácter obligatorio para los alumnos. Se garantiza, sin embargo, el derecho a recibirla.

Daría para mucho más que esta columna el analizar en profundidad los Acuerdos y es seguro que se deberían revisar determinadas exenciones fiscales y fuentes de financiación de la Iglesia Católica en España o, por ejemplo, de su emporio mediático. Pero tal análisis deberá hacerse valorando también como se merece el patrimonio cultural y artístico o la labor social y asistencial de la Iglesia, sin lugares comunes, sin populismo y sin afán frentista. Por cierto, si no me equivoco, los Acuerdos de marras tienen carácter de tratado internacional, pues se firmaron entre dos estados, así que su derogación requiere la aprobación de dos tercios de las Cortes.

Hoy en los colegios públicos y concertados –obligados a dejar de ser privados– se ofrece la religión católica como opción en todos los niveles educativos y se imparten –en algunos casos con bastante cordura– asignaturas referidas a la historia de las religiones. Se garantiza la oferta, no se fuerza la demanda. Y en los colegios católicos, pues hombre, es de suponer que si unos padres deciden –verbo ofensivo para la izquierda que lo hace por ti– matricular a su hijo allí es porque querrán que estudie religión católica. Y lo pagan. No sé quién demonios puede ver en eso problema alguno salvo que sea enemigo de la libertad, como es el caso.

En definitiva, la asignatura de Religión no es un problema en España porque se puede elegir. En cambio sí es un problema –porque no se puede elegir– la enseñanza en castellano en Cataluña. Pero esto no preocupa a Sánchez, aprendiz del Ballet Iceta. Ni a Sánchez ni a casi nadie.

Por lo demás, siguen jugando con la Educación, con la Enseñanza. Persisten en negar la autoridad al profesor en favor de padres y alumnos, como cuando los sindicatos mandan sobre un gobierno en materia económica. Olvidan a sabiendas que la enseñanza es cosa del colegio y la educación, de los padres. Y es en la correcta combinación donde está la armonía: valores, base cultural, científica y técnica para saber decidir; disciplina basada en el civismo, la justicia y el sentido del respeto; formación del alumno en el esfuerzo, el mérito propio y la sana competencia que jamás es insolidaria. Nada de esto requiere de taconazos, de un ambiente hostil ni de recreaciones en blanco y negro.

El resto de experimentos pedagógicos –trasnochados la mayoría de ellos en el mundo entero salvo en España– está de más, excepto para el político que ve en el alumno la semilla de un futuro votante. Con un adecuado "proyecto curricular", vulgo programa, un buen catálogo de libros de texto amorcillados de doctrina según comunidades y otro par de sesiones frente al Nodopolio televisivo estará listo para enmendar encuestas y ser fiel devoto de la religión de todos los Sánchez de turno, sean del partido que sean.

Y encima se equivocan. Son ellos los que han forjado las generaciones que después les boicotean en la Universidad llamándoles fascistas. Ellos han creado y adoctrinado a Podemos en las aulas. Allí han nacido los que han estrujado nuestros impuestos haciendo que investigaban, cobrando por no hacerlo y pervirtiendo el espíritu universitario del conocimiento y la excelencia que no distingue entre ricos y pobres. Esa es su religión y ahora sus propios fieles les disputan los votos. Por cierto, aprovechando la corriente, en Izquierda Unida han añadido a la demanda del PSOE "que el calendario escolar no se someta al litúrgico". Lo apunto sólo para acordarme el día en el que todos los políticos, incluidos los de IU, desaparezcan del mapa mucho más tiempo que el resto de los mortales en Navidad, Semana Santa u otras fiestas de guardar que tan religiosamente observan Sus Señorías Laicas.

En resumen, ni religión ni laicidad ni concordatos. El PSOE de Sánchez –es un decir– busca lo mismo que el de Zapatero: el monopolio del frentismo electoral. Podemos está cayendo y eso impulsa al PSOE así que lo mejor es hacer prescindible al partido del otro Pablo Iglesias sacando la radicalidad marca de la casa, que no es moco de pavo. Su interés, en este caso por la Educación, es puramente instrumental.

Pedro Sánchez, la cáscara sin nuez, vaina sin guisante, el acuario sin pez… Zapatero sin talante. Hay que acabar con el concordato, sí. El firmado entre el socialismo y la estulticia. A ver si alguien del PSOE lo promueve.

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