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Lo dijo Sánchez: "Es el tiempo de Rajoy"

Hay una seria amenaza en ciernes y los días venideros van a ser muy intensos. Sin Sánchez y sin Rajoy todo sería más fácil.

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Nunca se había oído más veces en un solo día la misma pregunta: "¿Qué crees que va a pasar?". Lo cierto es que tampoco se daban desde hace mucho tiempo oportunidades como la presente para discutir, con tanta inestabilidad, sobre la formación de un gobierno nacional.

Así las cosas, Pablo Iglesias quiso apropiarse en exclusiva del Viernes de Consultas acaparando toda la atención gracias a su máquina de hacer titulares y videoclips. Maravillado por los bambis de El Pardo, el de Podemos volvió de la Zarzuela, reunió a sus colegas y animó en público a Pedro Sánchez a presidir su gobierno, el de Pablo Iglesias, dejando claro que sería una suerte de presidencia honorífica. Hasta valorarían permitirle alojarse en La Moncloa. Le faltó concederle una baronía y la medalla de la Orden de Lenin, a falta de Toisón Morado, con tal de que el socialista entendiera que será Podemos quien conjugue su infinitivo. El gabinete Iglesias tendrá la Vicepresidencia, con su Servicio de Inteligencia de rigor a disposición del jefe de La Tuerka; Economía, con sus presupuestos asamblearios, sus ansiadas expropiaciones y sus particulares formas de entender la riqueza propia y la ajena; Defensa, con su triste JEMAD que no llegó a diputado y las fragatas venezolanas; Interior, con su Policía y con ETA esperando ansiosa al otro lado del hilo telefónico; Educación, con su Ética de la razón pura y las becas black de Íñigo Errejón y unas "Administraciones Públicas Plurinacionales" definidas ya en el título de la cartera, que supongo que será morral o mochila pero tan falsa como la de Vallecas, que sin estallar cambió un gobierno. Todo un espectáculo el de los Village People que se representó a la perfección mientras el candidato socialista bordeaba en su coche oficial los encinares de El Pardo, camino de La Zarzuela.

"Entré en Zarzuela sin gobierno y parece que ya tengo todos los ministros nombrados. Mi jefe de gabinete me ha informado del gobierno que ya tendríamos", ironizó Pedro Sánchez, ya telonero de Iglesias. Podemos había puesto el listón muy alto y el socialista quiso ser todo lo original que pudo: "Hoy es el día de Rajoy. Es el tiempo de Rajoy", repitió media docena de veces. Y vaya si lo sería. Desde luego, no fue el día de Sánchez.

"Los votantes socialistas –trató de explicar Sánchez– no entenderían que Pablo y yo no nos entendiéramos". Y lo dijo sabiendo que importantes socialistas de su partido no sólo sí lo entenderían sino que lo están recomendando amargamente aunque todavía en voz baja. Si la presión de los barones fuera cierta, si las aguas en Ferraz bajan de verdad agitadas y no es todo un inocente regato, esa hipotética investidura de Sánchez incrustado en Podemos sería como el toro que embiste, entra a la muleta y, pegado al cuerpo del torero, no acaba hasta que pasan los últimos centímetros del rabo. O sea, que Sánchez tendría que mirar con atención el luminoso del Congreso donde aparecen los votos de Sus Señorías, en concreto los del banco socialista, por si brotan luces rojas negativas o migrañas y otras indisposiciones en tierras andaluzas, extremeñas o castellano manchegas, que hagan aritméticamente imposible su investidura. No cabría hablar de transfuguismo porque, en rigor, el único tránsfuga parece ser el propio Sánchez a ojos de algunos socialistas. Tampoco me atrevo a calificarlo de "susanazo". De hecho, casi lo contemplo como milagro patriótico. Pero en el desenlace de esta historia entra una fecha que antes no cabía: 30 de enero, Comité Federal del PSOE en plena ronda de contactos bis y con la imagen grabada de Pablo Iglesias y sus ministros paseando del ronzal al líder socialista por los jardines de La Moncloa.

Cundió desde el mediodía del viernes la idea de que la comparecencia de Podemos, lejos de favorecer el pacto con los socialistas lo alejaba y que se podría presentar una oportunidad muy comentada durante la semana: la del pacto socialista con Ciudadanos facilitado por una difícil abstención del PP, como única salida provisional para dar cierta estabilidad a un Gobierno. De hecho, es el escenario que barajan aún hoy algunas cabezas de Ferraz.

¿Tendría Iglesias prevista esa jugada? ¿Creería que, llegado ese caso Podemos lideraría la oposición y se haría con la Izquierda para siempre? Llegados al punto de un gobierno como el supuesto, la realidad política sería inédita –lo será en cualquier caso–, nada parecido a lo visto en democracia. Sería coyuntural y orientada a una reforma constitucional o quizá sólo a iniciar ese proceso que, probablemente no llegaría a puerto, de una forma similar a lo que hicieran Leopoldo Calvo Sotelo y Felipe González con la LOAPA, digan lo que digan, con el humo del 23-F todavía en el ambiente. Pero habría algo de horizonte a la vista. El Ejecutivo no sería monolítico y tendría a una parte de la oposición dentro si Ciudadanos cumpliera expectativas no del todo reveladas y asumiera carteras. La otra, bien numerosa con 123 diputados, estaría fuera, en los bancos de un PP que, para entonces, podría haber afrontado su renovación para evitar el suicidio. Así que Iglesias y sus cuates tampoco tendrían el monopolio de la réplica salvo el escándalo, eso sí, más institucional, vinculante y peligroso que nunca. El futuro de España se decidiría tras una legislatura de prórroga hacia unas nuevas elecciones en las que Rajoy y Sánchez ya serían historia minúscula.

Sin embargo, según parece, la jugada de Iglesias es de plazo más corto y busca la repetición electoral tras investiduras fallidas y con un PSOE muy dañado. Y quizá en eso coincida con Rajoy.

Con la lluviosa noche encima, a las 20.20 del black friday 22 apareció por fin el que faltaba tras hacerse esperar y después del obús en forma de comunicado emitido por la Casa del Rey como aperitivo. Mientras Iglesias conjuga, Rajoy declina. Pero se queda, detiene el reloj, muestra la foto fija de Sánchez raptado por Iglesias y activa la moviola. El último en elegir tenía esa ventaja táctica. El presidente del Gobierno en funciones salió a la palestra de La Moncloa con el titular ya lanzado a falta de explicación. La víspera había dicho que "evidentemente" se presentaría a la investidura pero el viernes de consultas recordó que no especificó cuándo, superlativo galleguismo equivalente a decir que ganaremos la Liga sin aclarar en qué temporada.

Hoy no tiene apoyos sino "una mayoría en contra" pero mañana quién sabe, vino a decir. Consiguió trasladar la idea de que el bloqueo institucional es cosa de Pedro Sánchez, que no le llama ni en broma como Puigdemont y se apoyó en la tragedia que, gracias al hiperbólico Iglesias, pone al socialista –o eso cabría esperar– contra las cuerdas de Ferraz. El nuevo plazo conseguido es el mal menor de la primera derrota de Rajoy, que elude el oprobio de su investidura y obliga a Sánchez a reunirse en Comité Federal con su partido antes de dar cuentas al Rey. Como de costumbre, el presidente compró tiempo sólo para él. Tenía razón Sánchez, era "el tiempo de Rajoy".

Ahora los candidatos están ante la Historia. Pero esa Historia no avala al PSOE en los momentos cruciales de España y retrata a una Derecha temerosa de sí misma antes y después del franquismo. ¿Por qué iba a ser ahora distinto? En cuanto a los nuevos actores, uno de ellos también aparece en la Historia: es truculenta y tiene padrinos que la eternizan con víctimas que la sufren. El otro escribe atónito sus primeras líneas. Hay una seria amenaza en ciernes y los días venideros van a ser muy intensos. Sin Sánchez y sin Rajoy todo sería más fácil.

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