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Javier Somalo

¿Os imagináis, amigos?

Sabemos dónde está España con Podemos dentro del Gobierno pero no porque la otra mitad defienda la Constitución ni mucho menos

Javier Somalo
Sabemos dónde está España con Podemos dentro del Gobierno pero no porque la otra mitad defienda la Constitución ni mucho menos
EFE

Esta misma semana Libertad Digital recordaba un brevísimo vídeo —no hace falta mucho más— en el que el presidente Sánchez decía, el 10 de octubre de 2019, esto:

¿Os imagináis, amigos, esta crisis en Cataluña, con la mitad del Gobierno defendiendo la Constitución y la otra mitad del Gobierno, con Podemos dentro, diciendo que hay presos políticos en Cataluña y defendiendo el derecho a la autodeterminación en Cataluña? [aplausos]. ¿Dónde estaría España y dónde estaría la izquierda?

Ya no hay hemeroteca, fonoteca o videoteca que pueda con un político, de la misma manera que ya no hay vergüenza o precisamente por eso. Pero lo importante es que la pregunta de Sánchez ya tiene respuesta, no hay lugar para la imaginación.

Sabemos dónde está España con Podemos dentro del Gobierno pero no porque la otra mitad defienda la Constitución ni mucho menos. Sánchez nos dejó el insomnio a los demás por mucho que Margarita Robles se ponga marcial al tener a las tropas delante. Nos dejó el insomnio por más que Carmen Calvo —“porque le va la vida en ello”— quiera aparentar ahora un feminismo responsable frente al desastre mental consentido de Irene Montero. Y nos dejó el insomnio a los demás con Marlaska y la ETA, con Ábalos y las maletas de Delcy, con Rosa María Mateo o con Illa, el asintomático candidato o con Simón, el anticristo de los bares amén de peligro para la salud pública.

Hay una mitad más salvaje pero las dos son nocivas para España, para los ciudadanos. Pero es que además, entre las dos mitades no hacen siquiera uno porque para completar la unidad de gobierno han hecho falta ERC y Bildu, los firmantes del Pacto de Perpiñán por el que ETA podía matar en cualquier sitio salvo en la Cataluña que vota este domingo en plena pandemia. Y dice El País que los independentistas le hacen el “cordón sanitario” a Illa. ¡Vaya, al socio! Ni con un cordón se acerca el exministro a lo sanitario pero Prisa tenía que medrar, que si no, no hay elecciones tradicionales. Faltan los rusos, pero se les espera.

Que Pablo Iglesias diga que en España falla la democracia es tan cierto como que es por su culpa. Algo tendrá que ir mal de veras para que un bolchevique convencido y sin evolucionar, un tipo referenciado política y pragmáticamente en Lenin y en Hugo Chávez, sea vicepresidente del Gobierno. Y lo es gracias a esa otra mitad que ahora se disfraza de puritana acodada en la barra del burdel. ¡Claro que la democracia española está de cuarentena! También Cataluña es buena prueba de ello al arrastrar hasta la normalidad todo un golpe de Estado. De “plena” y “ejemplar”, nada. Para serlo, o emprender el camino de nuevo, Iglesias y su casero deberían estar desahuciados y buscando piso en algún arrabal caribeño. Está muy bien que defendamos la democracia pero habrá que sacar de ella al que quiere nacionalizar los medios, las farmacias, los bancos, formalizar la ocupación de viviendas ajenas, llevar las pistolas, tener un Ejército a mano y, por lo demás, azotar hasta sangrar. Y con él, a Sánchez, el presidente mas mentiroso y felón después de Zapatero, origen de todos los males. ¿Os imagináis, amigos?

Sabemos perfectamente dónde está España. Y sabemos también dónde está la izquierda: en el comunismo, que es el peor sitio donde puede estar cualquiera porque, además, no se sale vivo.

Nos queda por saber dónde está la derecha aunque también se esfuerza en que lo descubramos de inmediato. El recorrido del PP en Cataluña desde Pujol hasta hoy es una caída libre que pasa por los Fernández Díaz —con sus enormes diferencias—, Alejo Vidal Quadras, Josep Piqué, Daniel Sirera, Alicia Sánchez Camacho… y por la perversa afición de caer simpático al enemigo y destrozar sin piedad al adversario, casi siempre interno o aledaño.

Pudo cambiar algo cuando el PP descubrió aquella “Vía Cayetana” en Barcelona, que no se arredraba ante los energúmenos y que, desde una escalinata o en la Plaza de Sant Jaume dejaba bien claro que un ciudadano de Cataluña, como los interpelados por Tarradellas, puede ser catalán, madrileño o argentino y, por supuesto español, y saber qué decir de Cataluña. Nadie les iba a abandonar y casi todos lo han hecho.

Alejandro Fernández y Cayetana Álvarez de Toledo… Sonó muy bien. El primero dijo de la defenestrada y brillante portavoz:

La candidatura de Cayetana es siempre un acierto, en Barcelona, en Madrid o en Tomelloso. Por formación, talento y capacidad de trabajo.

Pues en la 13 Rue de Génova han preferido el tándem Casado-Bárcenas, gracias a una inexplicable política de comunicación que acude a las reboticas de la izquierda y del separatismo para que les saquen la astilla de Vox, siendo suya, como lo era la de Iván Redondo. El PP de Génova se ha electrocutado en los despachos y ahora está mirando hacia Madrid, como la miran todos, por si Madrid fuera la salvación o el cadalso.

Pablo Casado acabó pensando como Soraya, su rival en las primarias. El estupor general, el segundo después de la traición a Abascal, le ha obligado a justificar lo que él considera un malentendido global porque —según dice— en realidad, sus declaraciones en Rac1 fueron una “enmienda a la totalidad” de la política de Rajoy en Cataluña. Y con Rajoy enmendaba a Aznar y, con el tiempo, ha terminado enmendando a Pablo Casado y todavía no ha gobernado ni un ayuntamiento.  

Ciudadanos primero y Vox después, nacieron de vacíos del PP y de la tristemente famosa Puerta de Elche, adonde Rajoy envió, en abril de 2008, las corrientes que unió, pero jamás cuidó, Aznar.

A partir del lunes postelectoral —si el lunes es postelectoral— todos los partidos que quieran aportar algo a su país estarán obligados a hacer un análisis que no puede reducirse a los resultados en Cataluña porque es en Cataluña donde se ensayan los golpes contra la democracia que los socialistas ven tan sana y vigorosa. Las preguntas del presidente Sánchez están más que respondidas. Falta que alguien lo reconozca de una vez. 

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