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Primer Año Triunfal

Lo grave y desolador de este 2018 que enfila su última recta es la persistencia, por consentimiento, de un golpe de Estado.

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Pedro Sánchez, en el avión presidencial. | La Moncloa

Hace ahora un año, la entonces vicepresidenta del Gobierno dijo: "La democracia ha muerto en Cataluña". Sucedió cuando el Parlamento de Cataluña inició, ya operativamente, el golpe de Estado.

En el año que nos separa de aquella frase han sucedido muchas cosas. El Rey sacó a las calles de Barcelona a un millón de personas con banderas de su país, o sea de España. El Gobierno aplicó unas gotitas de ese artículo "que nadie quiere aplicar" dejando intactas las estructuras golpistas. La Justicia encarceló a unos cuantos. Otros huyeron. Un tal Pedro Sánchez volvió del olvido y planteó una moción de censura contra el presidente Rajoy a cuenta de la sentencia del caso Gürtel. Conmovedor. Ganó y se convirtió en presidente del Gobierno, su única meta, con el apoyo de extrema izquierda, separatistas y colegas de los terroristas de siempre. Rajoy, que pudo evitarlo y no quiso, accedió a la censura, dimitió de su cargo en el PP, tramitó el sueldo y privilegios vitalicios y, tras una elección a vuelta y media, fue sustituido por Pablo Casado, que logró sortear los cepos colocados por furtivos de su bancada.

No es el primer año acelerado de la Historia de España del siglo XXI. Baste recordar aquel 2014 en el que la extrema izquierda entró por Europa en las instituciones, el PSOE se hundió y el rey Juan Carlos abdicó en su hijo Felipe. Aquella primavera de 2014 mostró muchas señales de lo que hoy sucede. Repasemos, por ejemplo, aquel encuentro privado y fuera de agenda entre Felipe González y el rey Juan Carlos en el que el ex presidente propuso una gran coalición PP-PSOE ante la amenaza de una secesión en Cataluña y el horizonte de una España ingobernable.

En este periódico, Pablo Montesinos dio cuenta entonces de las posibles intenciones de Mariano Rajoy por formar dicha entente que rotaría sobre el eje de Alfredo Pérez Rubalcaba. Días después, un partido cuyo logo era el rostro de un tertuliano de extrema izquierda dio la campanada electoral en Europa. Menos de un mes más tarde, el rey Juan Carlos abdicó. Y a las dos semanas, Rubalcaba dejó la política para volver a su otra química orgánica. Todo ello, entre mayo y junio de aquel 2014 que hoy merece recordarse. A partir de entonces, la política española entró en un túnel acelerador con Cataluña y la extrema izquierda como colisionadores y con la Constitución como blanco. Parece –y no es así– como si en cuatro años todo hubiera sido inevitable.

De hecho, lo grave y desolador de este 2018 que enfila su última recta es la persistencia, por consentimiento, de un golpe de Estado. Se da por sentado que Cataluña no puede ser una república independiente, que ningún estado europeo lo admitiría: caso cerrado. Con Sánchez posando en la presidencia e Iglesias "cogobernando", la normalidad de la ilegalidad se convertirá en ley y terminaremos el año celebrando otra fecha más, los cuarenta años de la Constitución. Eso sí, con Franco en el patio para enfatizar el acto y cerrar el círculo de las cuarentenas que persigue a España desde 1939. El fin del "régimen del 78" del que tanto habla el copresidente Iglesias.

¿Queda alguna puerta sin derribar? Lo bueno de Rivera es que el PP de Casado le obliga a estar en forma. Lo bueno de Casado es que su propio partido le obliga a estar en guardia. Lo malo de los dos es que viven al día, al tuit de los tiempos, esquivando a propios y extraños, entre Franco y los lazos nazis, mirando encuestas y descontando el tiempo que los separa de la residencia de Sánchez –antes Moncloa– donde no tardarán en llegar tinajas para adornar los jardines.

Otra puerta que parece resistir el ariete es –con la debida prudencia y todas las cautelas– la de la Justicia, que ya fue salida de emergencia para un Rajoy que no sabía cómo combinar el mensaje sobre la independencia de los poderes del Estado con el de su supuesto pulso firme al mandar a golpistas a prisión. La Justicia fue aliviadero del Gobierno del PP y hacia ella y a jueces como Llarena fueron y van a parar los daños colaterales. La tercera esperanza es la sociedad civil que ya respondió en Cataluña y debe volver a hacerlo, aún con más razones, ante el nuevo impulso que para el separatismo supone el Gobierno Sánchez con la inestimable e inexplicable ayuda del PP retro que quiere volver a dar la palabra al Tejero catalán en la sede de la soberanía.

El otoño ya amarillea Cataluña y toda España tendrá que soportar la celebración impune de muchas efemérides que marcarán el ritmo de la nueva normalidad. Sucedieron muchas cosas y a una velocidad vertiginosa entre 2014 y 2018. Lo que nos espera no son sino los fastos del Primer Año Triunfal del Golpe, periodo inaugurado por la frase de una vicepresidenta –"La democracia ha muerto"–que hoy recuerda más bien a la que pronunció Carlos Arias Navarro: no era una denuncia, sino la constatación del hecho biológico inevitable.

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