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Papá apesta

Varios millones de personas se han tragado que esta pandilla de timadores representa la novedad.

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Sí, Papa apesta (en francés, Papa pue). Tan poético lema fue uno de los más célebres de aquel mayo del 68 con el que se alzó el telón de la hegemonía ideológica izquierdista que ha llegado hasta nuestros días. El trasfondo tanto de esas dos palabras como de otras muchas que se pintaron, imprimieron y proclamaron en aquellas verborreicas jornadas parisinas no era otro que el cuestionamiento de toda autoridad y el rechazo al mundo legado por las generaciones anteriores.

El 30 de junio, sólo un mes después de la revuelta parisina y provocadas por ella, se celebraron unas elecciones legislativas en las que los partidos izquierdistas, que esperaban recoger en las urnas el fruto de las movilizaciones, cosecharon una de sus más estrepitosas derrotas: 91 diputados frente a 394 de una derecha que se presentó como la defensora de la prosperidad y el orden frente a la amenaza de la subversión.

Pero aquella inesperada victoria derechista en las urnas –que tanto debería hacer reflexionar a algunos– no impidió que, sin tardar mucho, la izquierda acabase triunfando tanto en Francia como en todo el mundo occidental. Pues su proyecto ideológico de fondo, en lo cultural, lo social, lo educativo, lo moral, lo lingüístico e incluso lo simbólico, acabó consagrándose imperceptiblemente como la base intocable compartida por todas las opciones políticas, incluidas ésas supuestamente de derechas que ni supieron ni quisieron presentar batalla ideológica. Entre otros motivos porque no se dieron ni cuenta.

Aunque durante algún tiempo, hasta su boda con IU, la estrategia electoral podemita quiso dejar aparcada la oposición derecha-izquierda y giró en torno a los conceptos de enfrentamiento arriba-abajo, oprimidos-opresores, casta-gente, desde el mismo momento en el que se conocieron los resultados de las urnas tanto sus dirigentes como sus bases cambiaron su enfoque para acusar al conflicto generacional: de repente, los culpables del inesperado frenazo del partido ascendente de la izquierda eran los viejos. Alguna pista debieron de atisbar en lo que había sucedido pocos días antes en Gran Bretaña. Ya sea por franquistas sociológicos, por paletos, por ignorantes, por (según el fracasado reincidente Julio Rodríguez) poco éticos, por egoístas, por corruptos o (según El Jueves) por gilipollas, lo que ha quedado claro es que, para nuestros neobolcheviques, de lo que de verdad se trata es de una lucha entre generaciones. Papá apesta de nuevo.

Como muy acertadamente ha percibido Pablo Iglesias, muchos, incluidos algunos de sus votantes, se han asustado del mensaje podemita. Por eso habrá que ir acostumbrándolos a recibirlo a partir de ahora astutamente envuelto en terciopelo. Al fin y al cabo el proceso, de una sinvergonzonería que aturde, ya comenzó hace tiempo: los que hace sólo unos meses se declaraban orgullosamente comunistas, hoy se definen socialdemócratas; los entusiastas chavistas se han convertido al modelo escandinavo; los proetarras intentan borrar el recuerdo de su amistad con el mundo batasuno; los eurófobos han mutado, sobre todo tras el éxito de los derechistas partidarios de la salida británica, en convencidos europeístas; a los que antes odiaban España y gozaban insultando sus símbolos y hasta rechazando pronunciar su nombre, hoy se les llena la boca con España, la patria y hasta la matria... lo que no ha impedido que Podemos sea el partido utilizado como caballo de Troya por los separatistas vascos y catalanes.

Varios millones de personas se han tragado que esta pandilla de timadores representa la novedad, cuando no es otra cosa que un envoltorio posmoderno de la misma caspa sesentayochista y el mismo totalitarismo soviético. Debe de ser que eso no apesta. En los próximos tiempos algunos millones más les seguirán, no quepa duda de ello.

Un pueblo no se contruye en torno a un programa electoral ni en torno a un programa de gobierno. Un pueblo es básicamente una comunidad que tiene solidaridades compartidas y que se emociona, ríe y llora junta. Y eso se hace fundamentalmente con el arte y con la estética. Mucho más importante que con los programas. Y eso tiene que ver con la generación de mitos, de fechas compartidas, de canciones nuevas, no que se refieran a derrotas viejas, de canciones nuevas que nos emocionen juntos y que funden la voluntad popular hoy y aquí, de símbolos, de banderas, de poemas, de narraciones que nos cuenten nuestra historia y que sean capaces de emocionarnos en común y referenciarnos en común.

¿De quién son estas románticas palabras, tan poco de moda en nuestra desengañada época de pensamiento blando, convicciones volátiles, identidades electivas, esencias difuminadas, patriotismos constitucionales y ciudadanías abstractas? ¿Del káiser Guillermo II cuando, descontento con la enseñanza de las humanidades en las escuelas de finales del siglo XIX, proclamó que la función de la educación debía ser crear nacionalistas alemanes, no griegos ni romanos? ¿De Hitler escribiendo Mi Lucha en 1923? ¿De Mussolini en alguno de sus discuros de los años 30? ¿De Lenin diseñando el nuevo régimen en 1917? ¿De Stalin en 1941, cuando tuvo que apelar al espíritu de la Santa Rusia para conseguir que su proletariado internacionalista acudiese a dar su vida por la patria?

No. De Íñigo Errejón la semana pasada en un curso de la Universidad Complutense en El Escorial.

Podemos, la novedad.

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