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Jesús Laínz

Raíces o piernas

Los seres humanos tenemos tantas raíces que sin ellas no seríamos humanos.

Jesús Laínz
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–¿Podéis levantar la mano los que tenéis nacionalidad francesa?

Los alumnos, todos ellos jóvenes afroasiáticos, alzan sus manos.

–¿Quién se siente francés? –pregunta a continuación la profesora.

Todos bajan las manos salvo una chica negra. Risitas. Algunos incluso se tapan la cara para que su hilaridad no sea demasiado evidente.

–¿Los demás no? ¿Los demás no? –pregunta sorprendida la profesora.

–Si he comprendido bien –interviene el profesor–, todos tenéis la nacionalidad francesa pero ninguno se siente francés.

–Yo sí –insiste la chica negra.

–¿Por qué?

–Porque dentro de mi cabeza soy blanca.

–¿Y cuál es la relación? ¿Para ser francés hay que ser blanco? –interroga el profesor.

–Así es.

–Yo siento dentro de mí que no soy del todo francés –interviene un compañero–. Eso es todo lo que puedo decir.

–Entonces, ¿qué eres? ¿Qué te sientes?

–Negro.

–Sí –añade un tercero–, hay dos clases de franceses. Los franceses, los blancos, los verdaderos franceses. Y los demás son los que tienen nacionalidad francesa pero no son franceses.

–Entonces, para ti, ¿quiénes son los franceses? –insiste el profesor.

–Los franceses son los rubios con ojos azules. Los que nunca han roto un plato y están limpios.

–Yo soy hindú antes que francés –declara un chico asiático.

–Pero no es incompatible –intenta argumentar el profesor.

–Puede ser, pero para mí sí lo es. Lo primero son mis orígenes, y después el país de acogida. Bueno, en fin, de acogida…, el país en el que vivo.

–¿Naciste en Francia?

–Sí.

–Cuando vivimos en una familia en la que se vive como en nuestro país de origen, no nos sentimos demasiado franceses –interviene una chica árabe–. Hablamos en árabe, la decoración de la casa…

–De tanto hacernos creer que no somos franceses nos sentimos excluidos –confiesa una chica negra.

–Yo he elegido ser argelino, señor –declara orgulloso y sonriente un joven magrebí.

–¿Has estado en Argelia?

–Sí. Voy todos los veranos.

–¿Qué significa para ti ser argelino?

–No sé. Tener padres argelinos…

–Entonces ¿estás aquí provisionalmente?

Aquí termina abruptamente el vídeo que circula por el ciberespacio.

Pocos comentarios se pueden hacer más allá de la constatación de que en el ser humano pesan más, mucho más, las raíces étnicas, culturales y religiosas que el hecho jurídico de tener tal o cual carné de identidad. Podrá gustar más o menos, podrán sostenerse opiniones más o menos favorables, pero la realidad es la que es, por mucho que disguste a los sostenedores de la utopía igualitaria que considera que entre el individuo y la Humanidad no hay –o no debería haber– escalones intermedios. Pero el hecho es que los hay, aunque Occidente lleve casi un siglo olvidándose de ellos cuando se refieren al propio Occidente y enfatizándolos cuando se refieren al resto de los pobladores del planeta.

"Los seres humanos no somos plantas. No tenemos raíces, sino piernas", es la divertida sentencia con la que los defensores del desarraigo internacionalista suelen zanjar la discusión cuando alguien pretende recordar la variedad infinita de las diferencias humanas. El eximio Fernando Savater, por ejemplo, la utiliza a menudo.

Efectivamente, los seres humanos no tenemos raíces. Pero solamente desde el punto de vista biológico. Porque desde todos los demás, los seres humanos tenemos tantas raíces que sin ellas no seríamos humanos. Hasta los repetidores de la ocurrente frasecita, aunque les cueste admitirlo, están saturados de raíces: nacieron en una familia y no en otras; aprendieron a hablar en una lengua y no en otras; crecieron en un ambiente social y no en otros; vivieron en un país y no en otros; se impregnaron de una tradición cultural, histórica, religiosa y jurídica y no de otras; aprendieron unas cosas y no otras; se acostumbraron a un tipo de vida y no a otros; participaron de unos hechos históricos y no de otros; fueron formados en un sistema educativo y no en otros; tienen unas costumbres y no otras, unos apegos y no otros, etc. Todo eso son las raíces que nos conforman como los seres humanos concretos que somos todos los hijos de Adán. No como el ser humano abstracto, que nunca ha existido y nunca existirá, que inútilmente imaginan y pretenden imponer las utopías.

Olvidar esta evidencia, sobre todo cuando el olvido se pretende aplicar a millones de personas alejadas de sus raíces, solamente puede provocar problemas, traumas, frustraciones, injusticias, conflictos y violencias. ¿Hace falta poner ejemplos?

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