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La Guerra de Crimea, el primer conflicto moderno

Fue el primer enfrentamiento militar moderno, y configuraría los grandes conflictos del Novecientos: las dos guerras mundiales.

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No hay nada que perturbe más con sangre a Europa que los nacionalismos y las religiones; esos dos movimientos de masas que configuran una cosmovisión en su mayor parte excluyente y expansiva, que han servido de excusa para todo tipo de conflictos y de limpieza racial o social. Incluso los totalitarismos del XX bebieron en contenido y forma de esos dos movimientos, y se mezclaron con ellos. Todo empezó en la Guerra de Crimea, en noviembre de 1853, cuando tuvo lugar el primer enfrentamiento militar moderno que configuraría los grandes conflictos del Novecientos: las dos guerras mundiales.

La Guerra de Crimea, desarrollada en toda su plenitud entre marzo de 1854 y febrero de 1856, constituyó, como señalé, la primera guerra moderna. Fue la primera vez que quedó al descubierto que el poderío industrial era la clave de la fortaleza militar, y que la campesina Rusia poco tenía que hacer contra potencias económicas como Gran Bretaña y Francia. Y no me refiero solo al capitalismo de Estado; en el caso británico, la insuficiencia del aparato estatal para abastecer a las tropas lo suplió la iniciativa privada en todos los aspectos: armamentístico, alimenticio y médico. Quedó claro que un imperio o una nación expansionista, una potencia en definitiva, solo se sostendría sobre un poderío industrial y financiero; de ahí la carrera armamentística posterior hasta 1945. Además, como es lógico tras cada experiencia, en la estrategia bélica apareció el uso masivo de las trincheras. Hasta 120 kilómetros excavaron franceses y británicos en el sitio de Sebastopol, la ciudad-fortaleza rusa que defendía Crimea. Aparecieron también los fotógrafos y los corresponsales de guerra profesionales, que aprovecharon los barcos de vapor y el telégrafo para la inmediatez de las noticias. La población pudo saber con tan solo unos pocos días de retraso todo lo que estaba pasando en el frente; para bien y para mal.

Porque la opinión pública fue decisiva en este conflicto. La prensa católica francesa presentó la guerra como la defensa de la Cristiandad occidental frente a la Iglesia ortodoxa, lo único capaz, a su entender, de unir a los franceses. Los periódicos británicos agitaron la rusofobia, el patriotismo bélico y la supuesta protección de la verdadera religión frente a la versión griega del cristianismo. Claro que cuando llegaron las cifras de muertos y las condiciones en las que vivían los soldados británicos, The Times hizo una campaña feroz contra el Gobierno hasta que lo derribó, en febrero de 1855, en plena guerra. Napoleón III, emperador de Francia, llegó a decir: "En la etapa de la civilización en que nos encontramos, el éxito de los ejércitos, por brillante que sea, es sólo transitorio. En realidad, es la opinión pública la que conquista la última victoria". Muy premonitorio.

El conflicto empezó por una disputa religiosa, lo que no era más que una excusa. La Rusia autocrática y de los siervos, aquel imperio de los Romanov que descansaba sobre la cabeza de Nicolás I, quiso aprovechar la agonía del Imperio otomano de los sultanes, un gigante de barro del cual dependía cierto equilibrio internacional, para crecer territorialmente y ampliar mercados. Ante la disputa en Tierra Santa entre católicos y ortodoxos por el control de las iglesias del Santo Sepulcro de Jerusalén y de la Natividad de Belén, Nicolás I exigió al Imperio de los sultanes que le permitiera defender a la Iglesia ortodoxa, que era uno de sus pilares. La injerencia rusa tuvo como respuesta el envío de la flota turca al Danubio. Se produjo entonces la batalla de Sinop, por la que el Imperio otomano se quedó sin barcos de guerra y dio pie a la invasión rusa de Moldavia y Valaquia (en la actual Rumania).

Rusia intervino con la excusa de la defensa de su religión, que era parte de su identidad nacional, e invadió territorio turco. El paralelismo con la situación actual es evidente. Gran Bretaña y Francia enviaron una flota a los Dardanelos para impedir el avance ruso y provocar así una conferencia de paz, que, como suele suceder cuando las ambiciones y la exaltación patriótica están desbocadas, no sirvió para nada. De esta manera, el 25 de marzo de 1854 Francia, Gran Bretaña, el Imperio turco y el Piamonte declararon la guerra a Rusia. Invadieron Crimea, derrotaron a los rusos en la batalla de Alma y sitiaron Sebastopol con más de 50.000 hombres. La pólvora da para la épica, como la carga de la Brigada Ligera británica en la batalla de Balaclava, o el incendio final de Sebastopol, pero lo cierto es que murieron casi medio millón de rusos, cien mil franceses –un tercio de sus fuerzas–, unos ochenta mil turcos y cerca de veinte mil británicos. Una buena parte de ellos por el hambre, las enfermedades, el frío y la deficiente medicina bélica –entonces un cirujano ruso empezó a usar la anestesia para las amputaciones.

No fueron estas las únicas consecuencias. En Rusia creció el resentimiento contra Occidente y se continuó la conquista de la estepa del Asia Central, lo que aumentó el eterno dilema de su identidad europea o asiática. Los rusos reforzaron sus sentimientos eslavófilos y desplazaron a la población musulmana para cristianizar territorios. Además, generó en la sociedad rusa la conciencia de la superioridad técnica occidental –en 1904 sufrirían la misma sensación cuando Japón los derrotó–, y por tanto de la necesidad de una reforma amplia del país. En Gran Bretaña quedó clara la fortaleza de la industria nacional y de las clases medias, porque frente a la inoperancia de los cargos militares aristocráticos aparecieron unos oficiales y soldados de extracción popular que mostraron su laboriosidad, entrega e iniciativa. El león británico era ahora el pueblo en sentido amplio, no tanto la Corona o la aristocracia. La Francia de Napoleón III lo tuvo como un episodio de grandeur, reforzó el patriotismo y dio alas al petit imperialismo. La guerra no fue un conflicto religioso que sirviera para unir a los franceses, tal y como había diagnosticado la prensa católica. Nadie lloró a Napoleón III cuando cayó en la batalla de Sedán, el 1 de septiembre de 1870, y aún le tocó a la III República francesa luchar contra la revuelta de los comuneros de 1871.

Turquía quedó dependiente de Gran Bretaña y Francia, que deseaban quedarse con los restos del Imperio de los sultanes. Esa dependencia creó una conciencia antioccidental, pero también otra modernista que acabaría instaurando la República. Pero esa debilidad turca lo que hizo fue convertir los Balcanes en un lugar apetecible para Rusia y Austria, convirtiéndolo de esta manera en el nuevo avispero europeo y, por tanto, en el epicentro del siguiente gran conflicto mundial, la Guerra del 14.

Ahora, estamos a las puertas de otro conflicto que puede ser general, en el que los grandes protagonistas son casi los mismos que hace 160 años, con una Rusia que utiliza como excusa una religión secular, el nacionalismo, y unos aliados occidentales dispuestos a ponerle freno para mantener un statu quo que les beneficia. Donde antes había ortodoxos y católicos, ahora hay prorrusos y proeuropeos. A la petición de injerencia le siguen los movimientos de tropas a las fronteras y la ocupación de territorio. Mientras, crecen las advertencias, las amenazas y el llamamiento a los aliados. No hay casi nada nuevo.

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