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José García Domínguez

Casado y los idus de marzo

La propuesta del líder del PP es un ejercicio de sensatez que beneficiaría por igual a los dos grandes partidos del sistema.

José García Domínguez
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"Señor, dame castidad y templanza... pero no ahora", la frase célebre –y acaso la más sentida– de San Agustín acaba de ser parafraseada por Casado, el del PP, que aprovechó el aniversario de la Constitución para reclamar que se remuevan los impedimentos que impiden la gobernabilidad de España, pero no ahora. Así, abrazando también él con terca firmeza la doctrina del "no es no" que tan magníficos resultados le procurara al difunto Albert Rivera en su día, el actual líder del PP parece que prefiere perder por tercera vez consecutiva unas elecciones generales antes que dar su brazo a torcer en el trance de la investidura. Bueno, quizá piense que en esos nidos de víboras que son las sedes centrales de todos los partidos van a regalar a partir de ahora media docena de oportunidades a los candidatos antes de apuñalarlos como manda la tradición y dar paso al siguiente en la cola. Pero yo en su lugar me cuidaría de los idus de marzo. Por lo demás, su propuesta de reforma de la Ley Electoral introduciendo una prima de cincuenta escaños para la minoría mayoritaria, una copia del sistema de Grecia, supone un aporte de definitiva sensatez a fin de sacar a España de esta ingobernabilidad crónica a la que la ha abocado el errático capricho saltarín del pueblo soberano. Un ejercicio de sensatez que beneficiaría por igual a los dos grandes partidos del sistema, razón necesaria y suficiente para que el PSOE se plantee muy en serio avalarla.

Y es que la derecha que conserva dos dedos de frente debe entender que, a partir de ahora y por un tiempo histórico indefinido, el PSOE ya solo puede aspirar a gobernar España llegando a acuerdos formales de legislatura con Podemos y con los separatistas catalanes. Y he dicho el PSOE, no Pedro Sánchez. Con el malote de Sánchez o sin el malote de Sánchez, tras la fragmentación parlamentaria permanente que se ha instalado en España a raíz de la desaparición del bipartidismo imperfecto heredado de la Transición no va a haber ninguna otra posibilidad matemática de que la izquierda pueda llegar a la Moncloa, se apellide Sánchez, Pérez o Fernández el gran inquisidor de Ferraz. Pero es que tampoco eso que piadosamente se suele llamar centro-derecha volverá nunca más a disfrutar de un avión oficial sin abrazarse antes a Vox. Y la izquierda con otro par de dedos de frente también debería tener muy en cuenta ese insoslayable imperativo aritmético antes de lanzarse a despreciar la propuesta que acaba de lanzar Casado. Porque Ciudadanos era (procede ya hablar en pasado) un partido-kleenex, un producto marketiniano desechable que pudo gozar de sus cinco minutos de gloria nacional solo gracias a dos azarosas casualidades encadenadas: el miedo del establishment a Podemos, primero, y la final deriva insurreccional del catalanismo, después.

Aquellos 57 diputados de Ciudadanos que nunca volverán fueron el resultado exclusivo de esas dos inopinadas contingencias históricas. Pero, más allá de eso, Ciudadanos no se distinguía en nada sustancial del PP. Ni se distinguía ni se hubiera podido distinguir. Y si algo cabe aprender de la conducta del electorado hispano a lo largo de las últimas cuatro décadas es que, a la larga, siempre acaba prefiriendo el original a las fotocopias. Siempre. Pero Vox no es Ciudadanos. Abascal, lo que él representa hoy en España, no es mercadotecnia, imagen juvenil y fracesitas hueras de gabinete de comunicación para consumo de simples en Twitter. Vox está llamado a ser la versión local de la derecha alternativa que anda poniendo en cuestión el statu quo en Europa y en Estados Unidos. Y eso ya no es algo reabsorbible por un partido de la derecha convencional del estilo del PP. Porque ni Podemos ni Vox van a desaparecer. Al contrario, los dos inesperados comensales que nadie había invitado a la cena de familia están ahí para quedarse. Como Le Pen está ahí para quedarse. Como Salvini está ahí para quedarse. Como Orbán está ahí para quedarse. Como Siryza está ahí para quedarse. Y como Trump va a ganar de calle la reelección en Estados Unidos. Y lo único que ya les puede cerrar el paso en España es otra ley electoral. Lo único. Bien haría, pues, el PSOE, en ir tomando muy en serio esa idea de Casado.

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