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Cataluña no está perdida

El Madrid nihilista habla mucho de España, quizá demasiado, pero la conoce poco, muy poco.

José García Domínguez
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El Madrid nihilista, siempre ofuscado con sus bizantinismos leguleyos y sus reyertas visigodas de palacio, ya da por perdida Cataluña. Para ellos la secesión solo es una cuestión de tiempo, apenas eso. Y es que el Madrid nihilista habla mucho de España, quizá demasiado, pero la conoce poco, muy poco. De ahí que siempre se deje impresionar en cuanto aparece el Artur Mas de turno marcando paquete ante las escalinatas de La Moncloa. Contra lo que quiere creer el Madrid nihilista, el simulacro del 9-N ha supuesto un fracaso inesperado para el independentismo minoritario que ordena y manda en Cataluña. A fin de cuentas, el muy raquítico tercio del censo que sumaron los figurantes de la calle únicamente habrá servido para refutar el mantra, tan repetido ad nauseam por la domesticada prensa doméstica, de que el ochenta por ciento de los catalanes ansiaba el derecho "a decidir".

Nada menos que el ochenta por ciento. Una trola, ahora se ha demostrado, del tamaño de la catedral de Burgos. Y, sin embargo, esa fallida performance dominguera va camino de convertirse en la versión mediterránea de la célebre Ofensiva del Tet cuando la guerra del Vietnam. Recuérdese, una derrota militar sin paliativos del Vietcom que acabaría por mutarse en su mayor triunfo propagandístico merced a la claudicante candidez de la prensa progre –y no tan progre– de los Estados Unidos. Cataluña está perdida, eso sí, para el Partido Popular. "Ciudadanos nos va a fulminar. Vamos a ser barridos del mapa por la gente de Rivera en las cuatro provincias" (palabras textuales de Arriola ante Rajoy en la penúltima reunión de la Ejecutiva Nacional del PP).

Pero el PP, de momento y hasta nueva orden, todavía no es España. Los micronacionalistas catalanes, sus élites rectoras por lo menos, no están tan locos como intentan simular. Son por entero conscientes de que su ansiada República del País Petit requiere del paraguas protector de un gran Estado, uno de los de verdad, a fin de resultar viable. Porque sin otro gran Estado de verdad que supla al español en tres funciones irrenunciables (un mercado externo garantizado, la estabilidad del sistema financiero-monetario y la seguridad militar) lo suyo no va a ninguna parte. Y lo saben. Mejor que nadie lo saben. Sin un consentimiento tácito de la Unión Europea nunca se atreverán a proclamar unilateralmente la independencia. Van de farol.

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