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El carnicero de Puigdemont

En Cataluña, es sabido, las tortillas y las declaraciones de independencia se hacen sin huevos; y las huelgas generales, sin obreros.

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Carles Sastre | Youtube

El carnicero personal de Carles Puigdemont, su amigo y tocayo Carles Sastre, célebre asesino en su día de los ancianos Bultó y Viola ahora reciclado profesionalmente en el oficio de promover bullangas callejeras con cargo a los presupuestos de la Generalitat, ha convocado otra huelga general, la enésima, esta vez con el argumento de que el Pisuerga pasa por Valladolid. Y ello pese a saber de sobra, tanto él como su patrón, que la única huelga general que ha tenido éxito en Cataluña de un tiempo a esta parte ha sido la de inversiones; un éxito tan apoteósico, total e incuestionable que en el Registro Mercantil de Barcelona ya no dan abasto con las decenas de empresas que a diario acuden a sus oficinas con la intención de arreglar el papeleo para largarse cuanto antes del país petit. Por lo demás, prueba definitiva de que Cataluña es una nación de chichinabo (espero que no se me ofenda el altermundista mesetario Juan Manuel de Prada), aquí los paros laborales los convoca de modo rutinario el Gobierno de la Generalitat a través de su canal de televisión particular. Unos paros de pretendida vocación general, los que diseña y pastorea el alto mando político de la Administración, siempre con el inestimable auxilio colorista y folclórico de los CDR y demás parásitos ociosos de la ANC y Òmnium, en los que acontece por norma algo único en el mundo todo.

Porque este lugar desde el que ahora escribo debe de ser el exclusivo rincón del planeta donde los obreros, los obreros de verdad y no de pega, jamás se prestan a participar en las huelgas generales insurgentes, esas que entre nosotros patrocinan con incontinente furor el carnicero y el compadre del carnicero. En Cataluña, es sabido, las tortillas y las declaraciones de independencia se hacen sin huevos; y las huelgas generales, sin obreros. He ahí, acaso, el verdadero hecho diferencial doméstico. Porque en esas continuas algaradas institucionales que nos montan los mandados del ido hay siempre mucho cura estelado y probablemente tocón, mucho letraherido con nómina fija de catorce pagas en alguno de los cien mil abrevaderos que se dicen culturales y que penden del erario autonómico, mucho iracundo cantamañanas liberado por cualquier otra de las cien mil entidades sin ánimo de dejar de vivir del contribuyente que ha ido alumbrando incansable el procés.

Mucho funcionario regional inútil enchufado gracias a portar el ADN correcto en mucho organismo regional no menos inútil, mucho profesional liberal beneficiario de los infinitos mercados cautivos que ha ido creando el nacionalismo con mando en plaza durante los últimos cuarenta años, mucho empresario ineficiente y mediocre que –a falta de otro atributo– consigue facturar todos los meses gracias a envolverse en una señera todas las mañanas, pero ningún obrero de los de casco de plástico y mono azul. Muchos niños y niñas de la CUP con sus camisitas y sus canesús, pero ni un solo proletario de los de las grandes plantas fabriles del Bajo Llobregat. Mucho y mucha chupatintas de la Generalitat, pero nadie de la Seat, ni de la Nissan, ni de FCC, ni de nada lejanamente relacionado siquiera con la otra Cataluña, la que se tiene que ganar la vida ofreciendo sus productos y servicios en los mercados globales; la que trabaja de verdad y no vive del cuento identitario. El carnicero y su amo solo mueven a los nietos de Zumalacárregui. Y a nadie más.

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