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José García Domínguez

El Doctor Pangloss en Avilés

No saldremos de la Ilustración, pero Gerardo Herrero, el fiscal jefe de Asturias, ya ha sentenciado que se acabó lo de la Enciclopedia, que lo que toca ahora es Rousseau.

El bautista que le puso Cándido a Conde Pumpido, el fiscal general del Estado, sabía de lo suyo. Y es que desde que Conde empezara a mandar ahí hasta ayer, el espíritu volteriano vino impregnado ese muy jerarquizado oficio de la acusación pública. Mas hete aquí que los nuevos aires monclovitas han girado bruscamente la veleta filosófica del gremio. No saldremos de la Ilustración, pero Gerardo Herrero, el fiscal jefe de Asturias, ya ha sentenciado que se acabó lo de la Enciclopedia, que lo que toca ahora es Rousseau. Así, a partir de hoy, la fuente de la doctrina canónica es  El buen salvaje. Este Herrero, que es el profeta de Cándido,  lo acaba de promulgar en la pintoresca argumentación del cerrojazo a la investigación sobre la  trama de Avilés.
 
El primero de todos los progresistas que en el mundo han sido, aquél que se deshiciera de sus hijos en la inclusa, lo dejó clarito en su panfleto: "Los Toro y los Trashorras por sí buenos, es el roce con la sociedad tras abandonar el lecho materno quien los hace malos".  Y a ese clavo ardiendo se agarra nuestro Herrero al justificar que Manolón y compañía no osaran hurgar en el cuarto de Toro, a pesar de disponer de autorización judicial. Un chico tan formal, que a su edad aún vive con los papás, no iba a guardar explosivos al lado de la playstation y la bici. La misma línea de razonamiento sirve para exculpar de toda sombra de sospecha a Bolinaga. Aunque ahí se añade una componente multicultural a la nueva hermenéutica; en concreto, la dimensión taoísta.
 
Es conocida la historia del monje que se encerró en una cabaña tras prenderle fuego, anunciando que no saldría salvo que alguno de sus discípulos demostrara haber accedido a la sabiduría del Tao. Ningún argumento racional conseguiría doblegar su propósito de inmolarse hasta que, ya con el maestro al borde del óbito, un inadvertido exclamó: “Oh, Dios mío”. Únicamente al oír esa expresión de genuina sinceridad, el iniciado accedería a dar por superado el examen y a abandonar la choza. Bien, pues por  ahí se ha salvado el teniente coronel de ser empapelado en las diligencias archivadas. Porque justo cuando estaba a punto de abrasarse dentro de la caja fuerte en la que escondió la cinta de Campillo –al quedar demostrada su disposición a destruir la prueba–, el fiscal escuchó la voz del Tao. "Guardó la cinta sin haberla escuchado en su totalidad", le susurró al oído. "Oh, Dios mío, exculpen a ese hombre inmediatamente", ordenó al instante ese propio de Cándido, el paje del Doctor Pangloss en Avilés. Y así ha sido. Caso cerrado, pues.

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