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El principio del fin... de Artur Mas

Artur Mas, está llamado a ser el renegado Kautsky del drama catalán. La revolución, es sabido, devora a sus hijos.

José García Domínguez
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Apenas un voto –85 frente a 84– separa el brindis al sol soberanista de ayer del celebrado el septiembre pasado, justo antes del adelanto electoral. Un mísero voto que, sin embargo, habrá de marcar un punto de inflexión en la política local, un cambio radical de coordenadas que se empieza a intuir histórico. El ciclo de la larga hegemonía sociovergente, que tantos presumían pétrea, da hoy los últimos, agónicos suspiros. Ese engolado cadáver político, Artur Mas, está llamado a ser el renegado Kautsky del drama catalán. La revolución, es sabido, devora a sus hijos. Y ni CiU ni PSC van a poder seguir galopando a lomos del tigre independentista.

Una vez abierta la caja de Pandora, un mérito que corresponde en exclusiva al president, ya no hay marcha atrás. En Cataluña ha sonado, al fin, la hora de los locos. Tan impostado, tan teatral, el irredentismo de Mas conoce un límite que nunca jamás osará sobrepasar: el que marca el Código Penal. Habrá, pues, ruido, y mucho, que no otra es la gran especialidad de la casa, pero no habrá referéndum. Ni en 2013 ni en 2014. Y el legatario único de esa nueva frustración colectiva del universo micronacionalista será la Esquerra. El sorpasso está a la vuelta de la esquina, en cuanto Mas se vea forzado a disolver de nuevo la Cámara tras incumplir su promesa. Instante procesal en el que el eje de la política catalana pasará a girar en torno a una ERC dueña del espacio identitario.

Enfrente, un bloque integrado por PP, Ciudadanos y acaso el sector de Unió más proclive a los lobbies patronales. Un escenario de fractura civil y confrontación abierta donde CiU y PSC ocupen un segundo plano. El resultado, al cabo, de la confluencia de dos debilidades crónicas. Por un lado, la del nacionalismo español, impotente al objeto de consumar su labor uniformizadora durante el siglo XIX. Por el otro, la del catalanismo político, igual de incapaz en su afán por construir una comunidad imaginada a partir del último tercio del XX. El PSC, su esquizoide ambigüedad, no deja de constituir la prueba del nueve de ese su fracaso. Y una lección final, triste, pero lección: el nacionalismo, desengañémonos, solo se combate con el nacionalismo. 

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