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José García Domínguez

La campaña electoral más inútil

En política, únicamente el miedo mueve montañas. Y como el miedo ya no da miedo, vamos de cabeza a un récord de abstención.

José García Domínguez
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En política, únicamente el miedo mueve montañas. Y como el miedo ya no da miedo, vamos de cabeza a un récord de abstención.
Iván Redondo | EFE

En la España política de aquí y ahora, la de la ingobernabilidad crónica de septiembre del año 19, sumar resta y dividir suma. No es una frase efectista para tratar de multiplicar lectores, es una constatación empírica. El hastío, que es el muy transversal estado de ánimo hoy dominante en el censo tras ya cuatro elecciones generales concatenadas, amén de sus respectivas réplicas autonómicas y locales, tiene siempre una consecuencia abstencionista inmediata que solo resulta susceptible de ser esterilizada con alguna eficacia haciendo que el sentimiento colectivo más primario y atávico, o sea el miedo, se apodere de los telespectadores-votantes. En política, únicamente el miedo mueve montañas. Fue el miedo inducido a Podemos lo que obró el milagro de que Mariano Rajoy aguantase una segunda legislatura en la Moncloa pese a su exasperante tancredismo quietista, mientras los catalanistas preparaban su asonada a plena luz del día y sin siquiera entretenerse con el menor disimulo cosmético.

Como también fue el miedo, si bien el de la parroquia de enfrente, lo que provocó el prodigio no menos insólito de que la tan anunciada resurrección del general Queipo de Llano en Sevilla, el pánico coral al facha tras la irrupción de Vox en el Parlamento andaluz, llevase a sacar de la modorra dominguera a varios cientos de miles de potenciales abstencionistas de izquierdas cuando las últimas generales. Por eso el objetivo inconfesable de todas las campañas electorales es siempre llenar el cuerpo de miedo a los electores propios. Porque la propaganda política sin el miedo es como el vino sin alcohol: un placebo inane en el mejor de los casos. De ahí el problema que tienen ahora mismo los ivanes redondos de todos los partidos. Y es que el miedo ya no da miedo. Y sin dosis industriales de miedo, se ha dicho ahí arriba, no hay nada que rascar contra la abstención diferencial de los nuestros, sean quienes sean los nuestros, que eso es lo de menos. Es el drama de los ivanes de guardia, que Vox ya no asusta a nadie luego de que todo el mundo se haya cerciorado de que lo máximo que proce temer de un gallardo Ortega Smith es que enarbole educadamente una inocua pancarta en la calle.

Pero es que sus antípodas antisistémicas tampoco suscitan a estas horas ni el temblor de piernas de las viejecitas a la salida de misa. Podemos, aquel tan temible tigre de Bengala de no hace tanto, es ahora un inofensivo tigre de papel; un triste espantapájaros cesante que a nadie espanta, y más desde que el presidente del Gobierno se dedicó a ningunearlos con desprecio infinito desde la misma noche electoral hasta hace apenas un cuarto de hora. Así las cosas, ni el mismísimo Willi Münzenberg, que para quien no lo conozca era el Iván Redondo de Stalin, sería capaz de asustar al prójimo el próximo 10 de noviembre. Vamos de cabeza, pues, a un récord de abstención. Y cuando eso ocurre, a las leyes de la física electoral les pasa como a las de la física cuántica: toda lógica lineal se trastoca. Y restar suma, verbigracia el inopinado éxito de la derecha triplemente mutilada en Andalucía. Mientras dividir suma, así el probable efecto positivo para el conjunto de la izquierda de una eventual candidatura de Errejón llamada a evitar la desmovilización abstencionista de un segmento notable de antiguos votantes de Podemos, los ahora tentados de quedarse en casa el día de autos por el desencanto con Iglesias. Ya se sabe, es política, no lógica formal.

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