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José García Domínguez

La lucha de clases 2.1

¿El mundo al revés? Sí, pero solo en apariencia.

El triunfo sin paliativos de la extrema derecha chouvinista y veladamente racista apenas en el mismísimo feudo electoral de Merkel ha sido cualquier cosa menos una sorpresa. Ocurre en todas partes, en Estados Unidos, en Francia, en lo que todavía queda en pie de la Gran Bretaña, en Italia, en Austria, en Suecia… La vieja clase obrera autóctona, los nietos y bisnietos de aquellos altivos proletarios que habían desfilado por la historia de Occidente tras el ondear de una bandera roja, aplaude hoy a la derecha retrógrada sin complejos. Y la aplaude a rabiar. Cuanto más pura y dura, cuanto más nacionalista, particularista y reaccionaria, más entusiastas suenan sus palmas de rendida aprobación. Solo España, Portugal y Grecia, los tres países de la Europa meridional que se vieron sometidos a dictaduras criptofascistas durante la segunda mitad del siglo XX, parecen constituir la excepción a esa tendencia diríase que general a ambas orillas del Atlántico.

En apariencia, pero solo en apariencia, es el mundo al revés: la base social de la izquierda desde su mismo origen, agolpándose ahora tras las trincheras del Frente Nacional, del UKIP, de esa más que inquietante Alternativa por Alemania, del incalificable Trump, de los turbios populistas nórdicos, de los ultras, en fin, más refractarios a los valores ilustrados que definen desde el Siglo de las Luces al Occidente liberal y democrático. Moradores tradicionales de los añejos suburbios industriales de cualquier gran ciudad de Europa o Estados Unidos, votando de modo militante a los adversarios confesos del libre comercio y de la apertura de fronteras a la mano de obra barata, la misma que fluye en masa desde el Tercer Mundo hacia las grandes megalópolis de los países centrales, donde habita la élite cosmopolita que impulsa el proceso globalizador. Y de ahí esa inopinada, extraña alianza interclasista que está haciendo mutar a toda prisa los ejes que antaño sirvieron para definir tanto a la izquierda como a la derecha.

Megalópolis como Londres o Nueva York, ciudades en las que se da de facto una alianza política entre lo más alto y lo más bajo de la pirámide social. Repárese, si no, en el rechazo de Londres al Brexit, consecuencia directa de la entente de los grandes directivos de la City y de las multinacionales con las decenas de miles de empleados precarios de origen inmigrante allí instalados. O constátese para mayor perplejidad aún de dónde proceden los principales apoyos a la librecambista y pro establishment Clinton: de Wall Street, los ricos entre los ricos, y de los trabajadores manuales hispanos y negros, los últimos de la fila entre los últimos de la fila dentro de la estructura de clases norteamericana. En todas partes, en América y en Europa, los de muy arriba y los de muy abajo enfrentándose unidos contra los que antes moraban en el medio, pero que cada día que pasa temen perder otro escalón. En pleno bautismo del XXI, vuelve el más innombrable de los tabúes decimonónicos: la lucha de clases. Pero no como solía en su gran momento estelar, enfrentando a proletarios contra capitalistas, sino contraponiendo a defensores de la soberanía (económica) del viejo Estado-nación con esa desconcertante mezcolanza de extremos, la de los abanderados de la soberanía de los mercados globales libres. ¿El mundo al revés? Sí, pero solo en apariencia.

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