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José García Domínguez

La victoria estratégica de Podemos

Pablo Iglesias acaba de demostrarme que es un estratega político brillante.

José García Domínguez
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Pablo Iglesias acaba de demostrarme que es un estratega político brillante.
EFE

Pablo Iglesias acaba de demostrarme que es un estratega político brillante. Partiendo de una coyuntura en extremo difícil para Podemos tras los batacazos, clamorosos ambos, inocultables los dos, tanto en Galicia como en el País Vasco, acaba de ganarle un pulso a Pedro Sánchez; y no un pulso cualquiera, por cierto, sino uno que puede condicionar en gran medida la estrategia de alianzas a medio y largo plazo del PSOE. Palabras mayores. Mientras los demás todo lo fían al humo efectista y huero de la comunicación, ese negociado del ruido efímero donde mandan los Iván Redondo y los Miguel Ángel Rodríguez de turno, Iglesias todavía prioriza el análisis teórico sobre los fuegos artificiales de la política-espectáculo; de ahí lo muy lúcido de sus movimientos últimos. Porque el vicepresidente ha entendido, él sí, lo fundamental. Y lo fundamental es que un partido a la izquierda de la socialdemocracia tiene las de perder en una coalición. Son vasos comunicantes en todas partes. Cuando a los socialdemócratas les va bien, a lo que hay a su izquierda le va mal.

Pasó en Italia cuando Refundación Comunista, hoy extraparlamentaria, cometió el error de entrar en el Ejecutivo con el Partido Democrático. Y acaba de pasar en el Portugal de Costa con el desmoronamiento de los comunistas y del Bloco de Esquerda. Dentro de tres años, cuando eso ocurra aquí, Iglesias sabe que Sánchez tratará de orillarlo en beneficio de la geometría variable, su particular zona de confort. Felipe González mantuvo al PSOE durante 13 años seguidos en la Moncloa porque supo absorber a la base electoral de los comunistas al tiempo que no dejaba de crecer por el centro. Desengáñense los cándidos, en España nadie manda durante 13 años seguidos si no le votan uno o dos millones de señores y señoras más o menos de derechas. Es lo que ahora querría Sánchez, debilitar a Podemos al tiempo que intenta atraer al decisivo millón de abstencionistas que se bajaron del barco de Ciudadanos. Por eso el cortejo, tan obsceno, de Iglesias a Bildu, una fuerza que ni Podemos ni el Gobierno necesitan para nada, salvo, en el caso de Iglesias, para espantar tanto a Arrimadas como a ese electorado centrista, el millón de huérfanos que persigue Sánchez con el afán de hacerlo prescindible a él. Y lo ha conseguido. Lo dicho, brillante.

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