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Las tres Cataluñas

Quien finalmente logre atraer a su campo a la del PSC, Unió y parte de ICV, ganará.

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Al igual que desde tiempo ya inmemorial hay dos Españas, existen tres Cataluñas; no una ni dos, sino tres. El problema de las Cataluñas es que comienzan a ser multitud. Tres Cataluñas, por lo demás, muy nítidamente separadas tanto en el plano físico como en el mental. Existe una primera Cataluña, esa que se tiene a sí misma por la genuina Cataluña catalana, que es la que abarrotó la Meridiana el otro día y que, con toda seguridad, ganará las elecciones del próximo 27 de septiembre. Esa Cataluña ha consumado la desconexión con España. Es la que ha subido al monte y no ofrece visos de que vaya a bajar, por lo menos, durante una generación; por lo menos, digo. Geográficamente, habita en las comarcas del interior, en la llamada Cataluña profunda. El espacio que fuera cuna del carlismo local, tan virulento en su momento, ahora convertido en fortaleza inexpugnable del separatismo.

Hablamos de Gerona, Lérida y las zonas de Tarragona más alejadas de la costa. Ahí, Junts pel Sí arrasará; literalmente, arrasará. En sus antípodas identitarias, sentimentales y hasta estéticas, emerge otra Cataluña refractaria a la cultura del catalanismo, bien porque sus raíces familiares remiten a las migraciones peninsulares de los años sesenta, bien porque se reconoce en otras tradiciones políticas autóctonas, como la que se remonta al anarquismo, tan potente en la Cataluña obrera de principios del XX. Es la Cataluña de Ciutadans y del PP, pero también la de muchos que votaron a Colau y que ahora elegirán la papeleta de Rabell. Esa Cataluña, en parte conservadora y resistencial, en parte atrabiliaria e insurgente, tiene su Álamo en Barcelona ciudad. Grosso modo abarca un tercio del censo electoral. Y aun siendo significativa, su fuerza nunca será suficiente para determinar el desenlace final de la larga guerra de trincheras que nos aguarda tras la apertura de las urnas el día 27.

Una guerra de trincheras que quizá se extienda por espacio de dos o tres lustros, antes de que el fin de las hostilidades dé lugar a la creación de la República catalana. O no. Esa Cataluña es en la que Madrid tiene depositadas todas sus esperanzas. Pero Madrid se equivoca. El españolismo catalán, con su muy compleja gama de tonalidades y matices diferenciales, siempre resultará demasiado débil como para lograr imponerse en la batalla final. Ni siquiera consumando el milagro de movilizar a la masa amorfa que habita en las periferias metropolitanas de Barcelona, la formada por los abstencionistas crónicos en los comicios autonómicos, podría conseguirlo. Quien está llamada a decidir la partida es otra Cataluña, la tercera, esa hoy tan perpleja, aturdida y descolocada, la que se reconoce en las siglas del PSC, de Unió y en una parte del cajón de sastre que responde por Iniciativa per Catalunya.

Quien finalmente logre atraerla a su campo, ganará. Si a medio plazo terminan por inclinarse hacia el bando de CDC y la Esquerra, Cataluña se marchará de España sin que nadie pueda impedirlo. Si giran en sentido contrario, los separatistas habrán perdido definitivamente la apuesta. Y que esa tercera Cataluña se acabe orientando hacia un lado u otro va a depender en gran medida de su capacidad para hacer un examen crítico de su propia cultura política, la cultura del catalanismo, un viejo artefacto ideológico que resulta indistinguible en sus fundamentos últimos del motor que impulsa a los separatistas de Junts pel Sí. Pero eso sería materia de otra columna.    

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