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Los islamistas son nuestros hijos

¿O qué otra cosa encierra el rechazo expreso de la razón más que un reflejo del pensamiento de Nietzsche y demás románticos europeos?

José García Domínguez
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Otra matanza indiscriminada. Esta vez en Bruselas. Occidente, sostiene John Gray, sin duda el último gran pensador que nos queda en Europa, vive poseído por el mito de que, a medida que el resto de mundo absorba la ciencia aplicada a la técnica y devenga moderno, se convertirá en más laico, tolerante, mercantil y pacífico como, pese a todas las evidencias en contra, se percibe a sí mismo. En su enternecedora ingenuidad antropológica, Occidente es capaz de creer en cualquier cosa. El 11-S cayeron las Torres Gemelas, pero la candidez de los hijos putativos de la Ilustración y su optimismo universalista siguen en pie, como si nada hubiera ocurrido. Occidente quiere creer que la violencia islamista, tan visceral, forma parte de un choque de civilizaciones. Pero tras ese milenarismo mesiánico que inspira al Islam radical no hay ninguna colisión con algo distante y ajeno a la propia cultura occidental.

Bien al contrario, si a algo recuerda la fanática brutalidad de los militantes fundamentalistas es a una práctica muy específicamente europea y occidental, la del adanismo sanguinario de los anarquistas decimonónicos, primero, y la de su inmediato sucesor, el irredentismo de las facciones más extremas de las distintas obediencias marxistas-leninistas. Al cabo, no hay nada que concuerde más con las tradiciones europeas que lanzar una bomba en medio de una plaza pública abarrotada de ancianos, mujeres y niños. Occidente quiere creer que el islamismo supone un retroceso a la Edad Media. Pero en la Edad Media no había tipos como Amibael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso, o Pol Pot, directos inspiradores del proceder islamista. La de la propaganda por la acción es una idea política específicamente europea y moderna. Eso nada tiene que ver con el Islam tradicional y arcaizante.

Si por algo se caracteriza la actual variante teocrática del terrorismo es por su absoluta modernidad. Una modernidad que, además, remite al núcleo mismo de la alta cultura occidental. ¿O qué otra cosa encierra el rechazo expreso de la razón más que un reflejo del pensamiento de Nietzsche y demás románticos europeos? El singular híbrido de teocracia y anarquía que retrata al islamismo asilvestrado es, nos guste o no, un subproducto surgido de idéntica matriz que el radicalismo político occidental. Los nihilistas rusos en el XIX; las Brigadas Rojas y la Baader-Meinhof, en el XX. Dos siglos de distancia y una creencia común, la de que es posible alumbrar un orden nuevo sobre las cenizas de la civilización conocida, todo merced a actos de destrucción espectaculares, luego un millón de veces amplificados gracias a la labor de los medios de comunicación. He ahí sus genuinos mentores espirituales. Nos guste o no, son nuestros hijos.

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