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José García Domínguez

Muerte y resurrección de la utopía

Con misiles de largo alcance o con mensajitos kitsch en Twitter, la cultura del Islam continuará siendo incompatible con la democracia.

Y ahora Siria. La sabiduría pagana de los antiguos consideraba que el peor pecado de los hombres es la hybris, los desvaríos de la voluntad cuando se embriaga de sí misma, el loco extravío de creer que todo nos es posible. De ahí que, para los griegos, la virtud política morase justo en sus antípodas, en la moderación, en la templanza, en la conciencia de los propios límites. También el cristianismo alertó de los males de la hybris. Al cabo, el pecado original no deja de constituir el recordatorio permanente de esa triste imperfección que arrostra lo humano. Alcanzar el ideal era empeño quimérico que no se considera posible en este mundo.

Y así siguió siendo hasta que los filósofos de la Ilustración inocularon el veneno de la utopía en la cultura occidental. La Ilustración, apenas una versión secularizada de la escatología cristiana, llegó para prometernos el reino de Dios en la Tierra. Un extravío de la razón en el que, tres siglos después, continúan creyendo sus hijos putativos, igual los (pocos) herederos de Marx que los de Jefferson, Lincoln o Franklin. A fin de cuentas, tan herederos eran de sus principios unificadores el uno como los otros. Por eso, más allá de la apariencia, no hay tantas diferencias entre El manifiesto comunista y lo que se ha dado en llamar "Consenso de Washington". Las dos religiones políticas, el comunismo y su sucesora, la fe en la expansión planetaria de la democracia liberal y la variante anglosajona del capitalismo, tienen mucho en común.

Tanto el expansionismo de la difunta Unión Soviética como el adanismo yanqui de hoy, ese pretender injertar sus valores en los desiertos de Oriente, recrearon a su modo el proyecto de emancipación universal que prometían los pensadores de las Luces. Unos en nombre de la planificación centralizada, los otros en el del libre mercado, pretendían – y pretenden – un imposible: crear, a bombazos si hiciese falta, una única civilización universal. Lo que nunca jamás ha existido. Lo que nunca jamás existirá. Con misiles de largo alcance o con mensajitos kitsch en Twitter, la cultura del Islam continuará siendo incompatible con la democracia. Nada vamos a resolver en Siria. La utopía es el opio de las elites.

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