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Ni un euro para la Iglesia Católica

Yo no financio de grado a quienes quieren destruir mi país.

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Ayer, como siempre por estas fechas, cumplimenté con el auxilio de mi asesor fiscal el impreso del IRPF correspondiente al ejercicio 2017. Y como gracias a dios no vivo del periodismo, la declaración me salió otra vez positiva. O sea, que de nuevo deberé pagar a Hacienda. Hasta ahí, la inercia habitual. La novedad vino cuando, también según el uso rutinario, el asesor me inquirió sobre si, tal como era mi costumbre, también esta vez marcaría con la preceptiva cruz la casilla correspondiente a la Iglesia Católica a fin de hacerla destinataria última de una fracción libérrima de mis tributos. Por supuesto que no, respondí. Naturalmente que no, remaché. Porque la Iglesia Católica ni este año ni nunca volverá a recibir ni un céntimo de mis tributos. Ni un céntimo. Porque yo no financio de grado a quienes quieren destruir mi país. Y la Iglesia Católica en Cataluña, o si se prefiere la Iglesia Católica de Cataluña, lleva muchos, demasiados años, colaborando de forma activa y militante con los que quieren destruir mi país. Eso lo hemos sabido siempre. Aunque siempre quisimos engañarnos con la mentira piadosa de que no eran todos. Pero sí eran todos. Claro que eran todos. En la Iglesia catalana, como en el Infierno de Dante, no se salva nadie.

Todos, absolutamente todos, desde la jerarquía en pleno hasta el último párroco de aldea que se aprestó a colgar la preceptiva estelada en el campanario, cooperaron con el grado de cómplices en la asonada golpista de octubre. De los curas catalanes, esa hipócrita cofradía de píos supremacistas, ya sabíamos lo que se podía esperar. No así, sin embargo, de sus hermanos –o primos– del otro lado del Ebro. Es más, de esas eclécticas sotanas mesetarias que con tan rendida devoción pasearan bajo palio al dictador, las mismas que dieron en bautizar con el balsámico término de cruzada aquella carnicería salvaje e incivil del 36, costaba trabajo creer que solo dos días antes de la abierta sublevación de la Generalitat contra el orden democrático y constitucional español, el 29 de septiembre pasado, pudieran deponer un comunicado, el ya célebre de la Conferencia Episcopal, abogando por "el diálogo honesto y generoso" que salvaguardase "los derechos propios de los diferentes pueblos que conforman el Estado". Ni un solo euro. Ni un solo céntimo. Nada. Pero nada de nada. Antes se lo doy a los hare krishna o a los testigos de Jehová. Peor aún, a los de Lutero.

El nacionalismo catalán se ha beneficiado desde sus orígenes hasta hoy mismo de compartir idéntica vecindad peninsular con el vasco. Ha sido esa proximidad física con los otros lo que ha permitido mantener vivo hasta ahora el equívoco tan generalizado de que son nacionalismos intrínsecamente distintos. El vasco, étnico en el sentido más primario y rupestre del término; el catalán, en cambio, únicamente cultural y centrado en el cultivo y preservación de la lengua vernácula. Pero bastaba ver a todos esos curas trabucairesque empezaron a brotar como las setas tras la puesta en marcha del procés para reparar en lo errado –y herrado– del lugar común. Porque el nacionalismo catalán es tan étnico, indigenista y tribal como el vasco. Lo ha sido siempre. Antes y ahora. Querer creer lo contrario es no conocerlos. Y de ahí que esos curas y esas monjas sean como son. Lo dicho, ni un céntimo. Ni uno, que ya bastante les paga el Diablo. Amén.

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