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José García Domínguez

Nunca acostarse con aficionados

Inés Arrimadas no es una verdadera profesional de la política, nunca lo ha sido.

José García Domínguez
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Inés Arrimadas no es una verdadera profesional de la política, nunca lo ha sido.
Inés Arrimadas. | EFE

Ciudadanos es un partido de aficionados, de simples aficionados. Todo lo que está pasando y todo lo que todavía no está pasando pero bien pronto pasará, la estampida general y el sálvese quien pueda, remite su explicación última a ese rasgo tan ontológicamente suyo, el de grupo de diletantes metidos en camisas de once varas. Ningún verdadero profesional de la política se hubiera adentrado en ese jardín murciano lleno de especies tóxicas. Pero Inés Arrimadas no es una verdadera profesional de la política, nunca lo ha sido. ¿Qué profesional de la política habría renunciado a presentar siquiera su candidatura a la Presidencia de la Generalitat tras un triunfo electoral de dimensiones históricas como aquel tan inútil que obtuvo en su día? ¿Y qué profesionales de la política hubieran abandonado en masa el escenario donde entonces se estaba dirimiendo el gran combate por la continuidad de España como nación, la misma Cataluña, para ocupar unos puestos de trabajo mucho más cómodos y mejor pagados en la Carrera de San Jerónimo de Madrid? Esas espantadas corales solo las dan los aficionados. 

Fundado ya por una docena de aficionados, aficionados convencidos de que un partido político se puede dirigir a distancia, igual que esos cochecitos de miniatura para niños que se manejan con un mando de control remoto, otro aficionado, el febril tuitero Albert Rivera, les robó el juguete para acabar convirtiéndolo en algo por entero ajeno a su razón de ser inicial. Pero resulta que España estaba atravesando justo por aquel entonces una de las crisis más profundas que le ha tocado arrostrar en el último siglo, y la flauta sonó. Por puro azar, sí, pero sonó. Sonó la flauta y al aficionado le faltó tiempo para convencerse de que él, un bisoño empleado de banca de Barcelona escoltado por unos cuantos aventureros de la Ciudad de los Prodigios sin oficio ni beneficio, iba a sustituir, y de un plumazo, nada más y nada menos que a toda una tradición política, la del conservadurismo político español, que proyecta sus raíces últimas hasta la Restauración de Cánovas. ¿En qué cabeza profesional pueden caber ensoñaciones de alcance tan definitivamente pueril? Desengáñense los que todavía se quieran engañar: no es que Iván Redondo sea Rasputín y Sánchez, Metternich; es que los otros son simples aficionados.

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