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Olvídenlo, no habrá pacto de izquierdas

Quien ahora llegue ya no va a disponer de más manga ancha para la menor alegría hacendística. Se acabó la tregua.

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¿Stalin o Trotsky? ¿Habría que lanzarse a emprender la construcción del socialismo en un solo país pese a que la debilidad de la burguesía nacional en la Rusia zarista hubiera hecho que el desarrollo de las fuerzas productivas allí fuera muy inferior al de los países del capitalismo maduro? ¿O, por el contrario, la revuelta debiera extenderse cuanto antes a las naciones punteras de Occidente, donde el proletariado industrial ya constituía la clase mayoritaria de la población? ¿El ensimismamiento autárquico propugnado por la ortodoxia del Kremlin, o la revolución permanente que auspiciaba la Oposición de Izquierda? Debate crucial, el más trascendente que nunca jamás tuvieron los bolcheviques, y que, como es fama, acabaría siendo zanjado por un catalán del barrio de Les Corts de Barcelona, Jaume Mercader, más conocido por Ramón, en el refugio mexicano de Trotsky. Visto con la perspectiva de casi un siglo, parece evidente que quien tenía la razón era Lev Davídovich Bronstein. Pero quien tenía el poder –y el piolet–, ¡ay!, era Koba el Temible.

En cualquier caso, como después se demostró, el socialismo en un solo país, pobre, excéntrico y marginal para mayor abundamiento, no tenía ningún futuro a la larga. Y lo mismo sucede hoy con esas quiméricas ensoñaciones antiausteridad de la socialdemocracia del sur de la Zona Euro, las que ahora mismo nublan la bisoña imaginación de Pedro Sánchez. Igual que cuando aquel entonces, tampoco las políticas expansivas de regusto keynesiano que pretendan plantar cara al catecismo ordoliberal de Berlín y Bruselas pueden ser viables en un solo país. Y mucho menos aún, huelga decir, si se trataran de llevar a la realidad en una región relativamente modesta y secundaria en el contexto europeo, el caso de la Península Ibérica sin ir más lejos. Repárese, si no, en el triste destino del renegado Tsipras. Tras las riñas en ese teatrillo de guiñol madrileño que tanta tinta hace gastar a los arbitristas de la capital, las peleas entre Susana, Pablo y Pedro, lo que yace en el fondo es la versión contemporánea de la vieja querella de Stalin con Trotsky.

De hecho, el gran problema de Sánchez va a ser que todo el margen que cabía en España para la heterodoxia fiscal y la rebeldía frente al dictado de la Troika ya lo recorrió en su momento el Gobierno del Partido Popular. Y es que tienen más razón que un santo los que afean al PP el no haber aplicado a fondo la receta de la austeridad. De hecho, la genuina explicación a que España haya logrado un crecimiento del 3% en 2015 es precisamente esa, que De Guindos dejó de estrangular la economía por la vía de incumplir el objetivo de déficit de forma consciente y deliberada. No se olvide que, lejos de ajustarse a la caricatura neoliberal con que la izquierda quiso descalificar la política económica del Ejecutivo, los conservadores han incrementado la deuda pública en nada menos que 300.000 millones durante la última legislatura. De postre, en fin, se marchan dejando firmados unos presupuestos para 2016 que tampoco cumplen, ni por asomo, con el déficit prescrito.

Y ese, decía, va a ser el problema. Porque quien ahora llegue ya no va a disponer de más manga ancha para la menor alegría hacendística. Se acabó la tregua. Como Churchill, lo único que podría ofrecer Sánchez a Podemos y a los militantes de su propio partido sería sangre, sudor y lágrimas. La revolución permanente únicamente devendría factible si los países acreedores del Norte, con Alemania a la cabeza, estuviesen dispuestos a reducir sus abultadísimos superávits por cuenta corriente para así estimular la demanda en los países deudores del Sur. Algo que, simplemente, no va a ocurrir. Y la otra alternativa, la del socialismo en un solo país, únicamente devendría factible si tanto la Troika como las agencias de calificación de deuda estuvieran dispuestas a mirar hacia otro lado. Algo que tampoco va a ocurrir ni en sueños. Bien al contrario, Bruselas acaba de lanzar su primer aviso a navegantes: el Reino de España, sí o sí, deberá acometer, y cuanto antes, mutilaciones del gasto que pueden oscilar entre los 5.000 y los 9.000 millones de euros. ¿Qué Frente Popular ni que niño muerto se puede vender con esas restricciones tan desoladoramente reales? Olvídenlo, no habrá pacto de izquierdas.        

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