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Podemos, contra el Estado del Bienestar

Pese su retórica ubicua, Podemos es un adversario objetivo del Estado del Bienestar. Su propuesta programática de Gobierno así lo acredita.

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Pese su retórica ubicua, Podemos es un adversario objetivo del Estado del Bienestar. Su propuesta programática de Gobierno así lo acredita. Es más, si algo cabe afirmar de Podemos a día de hoy sin temor a errar es que no son socialdemócratas; definitivamente, no lo son. Lo que define a la socialdemocracia en todo tiempo y lugar es la defensa contumaz de ese orden socioeconómico, el consustancial ya a la Europa Occidental, el que hemos convenido en llamar Estado del Bienestar. Y el programa de Podemos resulta ser incompatible con la viabilidad presente y futura del modelo. Acaso ni ellos mismos sean conscientes de su contradicción, pero, hayan reparado en ella o no, la inconsistencia interna del discurso económico de los de Iglesias seguirá ahí. Isaiah Berlin, sin duda el pensador político más sutil que produjo la centuria pasada, comprendió que los tres grandes ideales de la Revolución Francesa eran incompatibles entre sí. Berlin fue el primero en darse cuenta de que no se puede pretender libertad, igualdad y fraternidad. Es contradictorio. A una pobre criatura tan fatalmente escindida como es el hombre solo le ha sido dado aspirar a la libertad o a la igualdad. Pero no a ambas a un tiempo. De ahí la definitiva impotencia de la política, lo irresoluble del conflicto humano.

Si bien a una escala mucho más prosaica, a los de Podemos les ocurre lo mismo. Postulan, por una parte, ahondar en los mecanismos redistribuidos propios del Estado del Bienestar y, por otra, acabar con cualquier barrera legal a los movimientos migratorios y a la acogida de refugiados. El problema, su problema, es que lo postulan a la vez. Como si no encerrara un imposible metafísico el tratar de conciliar en la realidad esos dos deseos. En el fondo, y pese a su vocación iconoclasta y heterodoxa, los economistas de Podemos piensan con los mismos esquemas mentales que los de la derecha. Ni los unos ni los otros han entendido todavía la suprema paradoja que ha venido a introducir la globalización, a saber, que el siglo XXI nos lleva de vuelta al XIX. Carlyle llamó a la Economía "ciencia lúgubre" por la vigencia en su tiempo de la llamada ley de hierro de los salarios, idea teórica que igual defendían los conservadores, como Malthus o David Ricardo, que los revolucionarios socialistas, como Marx y Engels. Su enunciado, por lo demás, era de una simpleza desoladora: los trabajadores, sostenía, vivirán siempre al borde mismo de la pobreza porque los salarios rondarían de modo crónico en torno al nivel de subsistencia dada la presión explosiva del crecimiento demográfico.

En gran parte del siglo XIX, en efecto, el mundo fue así. Lo malo es que en el XXI vuelve a ser así. Y vuelve a ser así porque los movimientos migratorios desde el mundo en desarrollo con rumbo a Occidente hacen que, de hecho, se reproduzcan, casi calcadas, aquellas mismas condiciones típicas de la Inglaterra de Dickens: una sobreabundancia permanente de oferta de trabajo que hunde, también de forma permanente, los ingresos salariales de la población laboral menos cualificada. A esos efectos, el siglo XX, ahora empezamos a descubrirlo con pesar, únicamente supuso un paréntesis, apenas eso. Y como muestra un botón que tomo prestado de Miquel Puig en su último libro, el ya imprescindible La gran estafa: según datos oficiales de la Seguridad Social, entre 2001 y 2013 la totalidad de los puestos de trabajo creados por el sector turístico y el del servicio doméstico en España fueron ocupados por extranjeros. Y la totalidad, sí, significa todos. ¿A qué extrañarse de que en muchos hoteles de cinco estrellas de Barcelona una limpiadora cobre en torno a tres euros la hora por hacer las camas? El dato es real: tres euros por hora. ¿Y cómo demonios piensa financiar Podemos los servicios básicos del Estado del Bienestar con los impuestos de unos contribuyentes que ganan tres euros por hora? ¿Alguien conoce la respuesta?

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