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¿Qué hacer con Cataluña? (1)

Cataluña fue la principal causante de nuestra guerra civil. Y Cataluña está siendo la principal responsable del devenir desquiciado de España

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Contemplado ya el clímax de la querella catalana con una cierta perspectiva temporal, quizá se puedan comenzar a extraer las primeras conclusiones provisionales del procés con un cierto afán prospectivo. Personalmente, se me ocurren tres muy inmediatas. La primera es la definitiva constatación empírica de que en Cataluña, y por fortuna para todos, sigue sin haber a día de hoy la suficiente masa crítica de imbéciles dispuestos a morir por la independencia. Una cosa es adornarse con lazos amarillos, clavar estacas en la playa o encender velas en las romerías patrióticas, y otra muy distinta jugarse la vida por la causa. Y ahí no llegan. La ausencia de episodios remarcables de violencia física durante el mes largo que duró la sublevación abierta de la Generalitat invita a concluir que aquí, en Cataluña, no iremos a la guerra civil. Al menos, de momento. A corto y medio plazo, yo casi lo descartaría. La segunda enseñanza, para mí tan evidente como la anterior, es que el ciclo histórico del catalanismo político se acabó, y para siempre, el pasado 1 de octubre.

El catalanismo fue, pues procede hablar de él solo en pasado, una praxis posibilista que se alargó, con el paréntesis de la dictadura de Franco, a lo largo de casi un siglo y medio. Fue algo, aquel permanente ejercicio de funambulismo hipócrita, que empezó con Cambó y Prat de la Riba, y acabó abruptamente con Jordi Pujol arrastrando sacas de caudales con rumbo a Andorra. Ahora, el catalanismo yace muerto y enterrado; muerto y enterrado para siempre. Eso significa que la manida retórica del "encaje" también forma parte de ese pasado con olor a naftalina. El independentismo, en consecuencia, nuca más volverá a contemplar los instrumentos políticos y administrativos de los que les provee de la autonomía regional española desde la perspectiva del respeto, siquiera formal, a las reglas del juego que fija el marco constitucional. Bien al contrario, la construcción clandestina de estructuras de Estado, junto con la promoción simultánea de una Administración paralela ajena a cualquier control exterior, empezando por el parlamentario, seguirán siendo a partir de ahora los dos principios inspiradores de la acción de gobierno de la Generalitat. Algo que que Torra ni siquiera se entretiene en tratar de ocultar demasiado. Son un motín a cámara lenta.

La tercera evidencia, en fin, remite al entorno internacional. Un terreno, ese, donde los separatistas depositan ahora todas sus esperanzas. Y no sin cierto fundamento. Repárese en lo que está ocurriendo en Bélgica y Alemania. Ellos quieren ser Croacia sin fosas comunes. Y Croacia, recuérdese, fue una creación al alimón de las diplomacias de Alemania y el Vaticano. Si en el precedente de Yugoslavia hubo dos grandes potencias, una económica y la otra espiritual, que estuvieron dispuestas a pisotear todos los tratados y principios del Derecho Internacional para destruir a una nación soberana cuyo territorio se extendía por el corazón mismo de Europa, no hay ninguna razón para descartar de plano que algo similar pueda volver a ocurrir. Que en el primer intento no lograran el reconocimiento expreso de nadie no significa que sea imposible que lo consigan en el segundo. Porque habrá un segundo intento, nadie lo dude. Y más pronto que tarde. Cataluña fue la principal causante de nuestra guerra civil en el siglo XX. Y Cataluña está siendo la principal responsable del devenir desquiciado de España en este primer tercio del XXI. De ahí que no plantear el problema catalán como primera prioridad de cualquier programa de acción política solo puede ser un ejercicio de irresponsabilidad histórica. Pero nadie, que se sepa, lo plantea. (Continuará)

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