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¿Sánchez gobernará con Puigdemont?

Qué gran verdad aquella de que los dioses castigan a los hombres concediéndoles lo que piden.

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Pedro Sánchez | EFE

Con las mociones de censura pasa lo mismo que con las pistolas: también las carga el diablo. Convertida ya la segunda de las siete sentencias previstas en el caso Gürtel en la madre de todas las demagogias oportunistas, Sánchez no se ha podido resistir a la tentación de gozar de un publirreportaje gratuito en todos los canales de televisión con la tribuna del Congreso como marco incomparable, que se decía en tiempos del imperio. El único problema de esa moción es que, como el postulante se despiste un poco, solo un poco, puede ganarla. Una eventualidad aterradora que no da la impresión los estrategas del PSOE hayan ponderado aún en su justa medida. Y es que el apocalípsis escénico Frankenstein, esto es, un Ejecutivo surgido de las Cortes no sólo merced al plácet de Podemos sino también sometido a la tutela parlamentaria de una banda de reclusos acogidos al régimen penitenciario de primer grado, amén de otra formada por prófugos de la Justicia en situación de búsqueda y captura, se antoja ya el desenlace más probable de la broma atolondrada de Sánchez.

Una frivolidad insensata que ha pillado con el paso cambiado a Ciudadanos. Pues Rivera parece haber olvidado que en la Constitución española no existe nada parecido a las mociones de censura instrumentales. Aquí, y por imperativo legal establecido por los constituyentes en su día, solo se puede apoyar una moción de censura para deponer a un presidente del Gobierno con el propósito de que otro, el aspirante que la promueva, resulte investido sin solución de continuidad. Así las cosas, frente a lo que Sánchez calla y Rivera tampoco dice, un eventual sucesor de Mariano Rajoy en la Moncloa bajo ningún concepto podría adelantar las elecciones generales tras ser investido. Y ello por la indiscutible y sencillísima razón de que se lo prohibiría de forma expresa el articulado de la vigente Constitución. Porque ni Ciudadanos puede exigir a Rajoy que adelante las elecciones, algo que también prohíbe la Constitución a partir del instante mismo en que una moción de censura se registre en el Congreso, ni Ciudadanos puede tampoco reclamar a Sánchez que haga lo propio, convocar elecciones, tras ser nombrado presidente.

No puede porque la Carta Magna reza de forma inequívoca: "No procederá nueva disolución antes de que transcurra un año desde la anterior". Por tanto, o Sánchez gobierna con Puigdemont, cuyos escaños resultan imprescindibles para cualquier escenario de surrealismo frentista contra el PP, o no gobierna. Cualquier otra hipótesis aritmética parece más que descartable. A menos que Rivera haya descubierto a última hora una pulsión suicida que le lleve a ennoviarse con Podemos y con el tuitero Quim. O sea, que o Puigdemont o el caos (valga la redundancia). Tras el galleo telegénico de rigor, a Ciudadanos no le va a quedar otra salida que abstenerse. Apoyar la moción sería una locura. Y rechazarla, también. En cuanto a Sánchez, más le vale que empiece a rezar ahora mismo para lograr perder como sea el día de autos. Como sea. Qué gran verdad aquella de que los dioses castigan a los hombres concediéndoles lo que piden.

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