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Un relator y dos comediantes

Torra y Sánchez, los pícaros mayores del Reino, andan tratando de embaucarse entre sí con Calvo haciendo las veces de alcahueta honoraria entre ambos.

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Como en la escena célebre del Lazarillo de Tormes, cuando el ciego y Lázaro dan en engañarse el uno al otro arrancando las uvas de un racimo de dos en dos, Torra y Sánchez, los pícaros mayores del Reino, andan también tratando de embaucarse entre sí con la vicepresidenta Calvo haciendo las veces de alcahueta honoraria entre ambos. Un juego de embustes mutuos en el que el de la Moncloa ha estado queriendo dejar entrever – pero sin que tampoco se entreviese más de la cuenta– que el referéndum imposible de autodeterminación podría ser el pago, relator mediante, por el arriendo de los escaños separatistas en la votación de los Presupuestos. Al tiempo, el otro farsante con mando en plaza no se cansaba de amagar con un rechazo no menos imposible de sus peones en las Cortes, enmienda a la totalidad mediante, a las cuentas del Gobierno. Rechazo imposible y trola superlativa por la muy palmaria razón de que tan rehén es Sánchez de los separatistas como los separatistas de Sánchez. Y es que, pese a todo el ruido y la furia del gallito Torra, los separatistas son sabedores de que no pueden dejar caer ahora al Ejecutivo. So pena, claro, que barajen suscribir la estrategia de Pol Pot en Camboya, la del cuanto peor, mejor.

Porque tumbar hoy a Sánchez viene a ser lo mismo que comprar todos los números de la rifa para ver a Santiago Abascal y a Ortega Smith sentados en torno a una mesa, sin relator ni madre que lo hizo, donde se decida el próximo Gobierno de España. Estampa plástica que acongoja, y con razón, en la Plaza de San Jaime. Esas dos enmiendas a la totalidad de los números de Calviño, la de la Esquerra y la del testaferro, son dos faroles tan grandes como la catedral de Burgos. Y Sánchez lo sabe. En cuanto a lo otro, lo de la quimera del referéndum, no resulta ser un cuento chino de dimensión mucho menor. Esa idea, la de facilitar una autodeterminación encubierta de Cataluña por la puerta de atrás apelando a una interpretación sesgada y torticera del artículo 92 de la Constitución, por cierto una ocurrencia en su día de Francesc de Carreras, no tiene el menor viso de poder materializarse en la práctica. Y no lo tiene porque, con relator o sin relator, si ese fuera el acuerdo final de la fantasmagórica mesa de partidos, el Tribunal Constitucional no tardaría cinco minutos en declarar contraria a la Carta Magna semejante distorsión de un artículo, el 92, que reza de modo inequívoco que "las decisiones políticas de especial trascendencia podrán ser sometidas a referéndum consultivo de todo los ciudadanos".

Y cuando en la Constitución española se dice "todos los ciudadanos", no hace falta ser Hegel ni Platón para entender que se está refiriendo a todos los españoles, única y exclusivamente a todos los españoles. Pero es que, aunque el Constitucional se prestara a ser cómplice de la burla, el propio artículo 92 exige para su aplicación no sólo la decisión expresa del Gobierno, sino que también requiere como condiciones insoslayables previas a su activación el aval del Congreso de los Diputados y la ulterior convocatoria formal y solemne de la consulta por parte del Rey. Los 84 diputados del Grupo Socialista ratificando en bloque con su voto a mano alzada la violación obscena de la Constitución para facilitar la destrucción de España y el rey Felipe VI estampando su firma en el documento posterior donde quedase constancia escrita para la Historia del crimen de lesa patria. ¿Alguien en su sano juicio lo imagina? ¿Para qué querrían al relator si ya tenían a dos comediantes?

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