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José María Albert de Paco

Basora, César y Kubala

Del manifiesto 'Libres e iguales' me ha llamado la atención la ausencia de personalidades que, de acuerdo con su pensamiento, deberían figurar en la lista.

Del manifiesto Libres e iguales, alentado (y me atrevería a decir que redactado) por el periodista Arcadi Espada, me ha llamado la atención la ausencia entre los primeros firmantes de personalidades que, de acuerdo con su pensamiento, deberían figurar en la lista. El propio Espada ha subrayado este vacío, en la certeza, imagino, de que la amplitud del abanico de rubricantes no evita que esos huecos sean clamorosos. La sarta de omisiones se remonta, como poco, al manifiesto que dio lugar al nacimiento de Ciutadans, y corre pareja a la divulgación de otros textos, como el manifiesto por la lengua común. Me refiero a gentes, repito, cuyos artículos en la prensa daban pie a creer que no harían ascos a las líneas maestras de esta clase de llamamientos; intelectuales a quienes, en virtud del talante que proyectan, resulta difícil imaginar incómodos en la defensa de aquello que nos une.

Qué hay, por ejemplo, de Muñoz Molina, que en su admirable Todo lo que era sólido denunció sin ambages cómo el énfasis en los particularismos no sólo ha esquilmado las arcas del Estado, sino que también ha mellado, quién sabe si irremediablemente, la calidad de nuestra democracia. ¿Y Elvira Lindo? ¿Habrá que recordar, una vez más, que la lectura en castellano del pregón de las fiestas de la Mercè le valió el repudio de la hinchada en la plaza de San Jaime? ¿Y Martínez de Pisón, que alertaba recientemente de uno de los rasgos primordiales del nacionalismo? ¿Y Javier Pérez Andújar, que no ha mucho puso en evidencia las trazas verticalistas, obscenamente reaccionarias, del soberanismo? ¿Y Loquillo? ¿Y Sabina? ¿Y todos aquellas mentes, en fin, que han formulado objeciones más o menos explícitas a la fractura del principio de igualdad?

Escribo, obviamente, dando por hecho que los promotores del manifiesto se han dirigido a todos ellos para tratar de obtener su acuerdo (no se me ocurre, ni siquiera como supuesto de trabajo, la posibilidad de que hayan cometido la torpeza de no hacerlo). De hecho, tengo por seguro que no sólo han intentado lograr estas adhesiones, sino también muchas otras, con el consabido resultado. Cuando se presentó el manifiesto embrionario de Ciutadans, algunos incautos (entre los que me incluyo) creímos a pies juntillas que algunos de los intelectuales que habían declinado suscribir el texto se sumarían a él con posterioridad, una vez que el antinacionalismo se confundiera con lo cotidiano. Casi diez años después, Ciutadans cuenta con nueve diputados en el Parlamento de Cataluña y los quince intelectuales siguen siendo quince (trece, en verdad, pues, infortunadamente, Carlos Trías y Horacio Vázquez-Rial nos dejaron en 2007 y 2012, respectivamente), lo que da una ligera idea de hasta qué punto la corrección política ha acogotado a quienes han de ejercer de precursores, de pioneros, de vanguardia.

Probablemente ese mismo apocamiento es el que explica que uno pueda enumerar de carrerilla la alineación titular de Libres e iguales. Iguales, sobre todo, a sí mismos.

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