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Lo de Santiago Vidal y sus compinches no es más que pura hechichería.

José María Albert de Paco
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Lo de Santiago  Vidal y sus compinches no es más que pura hechichería.

El juez Santiago Vidal y otros nueve juristas andan elaborando un "borrador de Constitución de una hipotética Cataluña independiente", ramillete de presunciones que hermana a los muñidores del texto con un adolescente capeando pantallas del Prince of Persia. A la supuración de virtualidad se une el mismo aire de molicie, pues, según ha puntualizado el propio Vidal, también ellos levantan su Macondo a ratos libres, lo que da una ligera idea de hasta qué punto esos desvelos coinciden con los desvelos del habla-pueblo-habla.

Como recordarán, Vidal es el magistrado que, en enero de 2013, durante una asamblea de la ANC, se sacó de la manga una (falsa) sentencia del Tribunal Internacional de La Haya a propósito de la independencia de Kosovo. Según aseguró entonces el juez de la sala penal de la Audiencia de Barcelona, el TIH (¡en pie!) había establecido que "cuando hay una contradicción entre la legalidad constitucional de un Estado y la voluntad democrática, prevalece esta segunda". El trampantojo, que en realidad provenía de un documento del Colegio de Abogados de Barcelona, habría pasado inadvertido de no haber sido porque Pilar Rahola, necesitada de munición argumental ante Albert Rivera, copypasteó la fantasmal declaración. No era la única nacionalista que andaba menestorosa. El periodista de TV3 Jaume Barberá también hizo suya la buena nueva, de suerte que, a los pocos días, la gent n’anava plena: "¡Extra, extra: la democracia, por encima de la ley!". La anécdota resulta tanto más desdichada cuanto ilustrativa de lo que es la nación catalana: un malentendido de naturaleza piramidal. Hay quien le llama estafa a secas.

Sea como sea, ese Estado espectral (¡esa Espectra!) que el soberanismo ha instaurado en Cataluña cuenta ya con otro órgano, cual es el que forman los diez magistrados que elaboran el borrador de Carta Magna (como mi colega Pablo Planas apuntilló en estas mismas páginas, la Constitución Ikea, por estar inspirada en constituciones de países nórdicos). Así, el comité viene a sumarse a la Asamblea Nacional Catalana, entidad privada que, recordemos, marca el paso del Gobierno de la Generalitat, y al Consejo Asesor para la Transición Nacional de Cataluña, el mismo que, hace apenas quince días, aseveró que la UE permitiría a Cataluña seguir en el club tras una hipotética secesión. Pura hechicería.

Este fricandó de estructuras paraestatales tiene al menos la virtud de mostrar a la clara el dreams-are-made-of-this del nacionalismo catalán. No en vano, cuanto mayor es su pujanza, menor es la calidad democrática del país al que dicen amar: el que aman de verdad no es sino un monstruo goyesco; engendrado, como se sabe, por la razón adormilada.

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