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En mi hambre mando yo

Los bancos repercutirán tales costes, en las condiciones del crédito al cliente; el más poderoso lo pagará y el de menores recursos, renunciará

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Es lo que un pobre mendigo, en los comienzos de siglo pasado, contestó a un diputado, cuando le ofreció una generosa ayuda a cambio de su voto en las elecciones ya casi inmediatas. Si el diputado y candidato hubiera aprendido la lección, debería, por coherencia, haber renunciado a su candidatura por indignidad; como persona y como político. El mendigo, por el contrario, mostró grandeza de espíritu y conciencia clara de que hay cosas que están por encima de los asuntos temporales, aunque uno de estos sea el hambre.

Algunos pensarán que, el gesto del pobre es, simplemente, orgullo español. Rechazo tal interpretación, que corrompería el verdadero sentido de lo subyacente en el mendigo: mi dignidad no se vende y mi persona, aunque desnutrida por el hambre, es el valor principal.

Distinto sería el mundo, si abundasen personas como aquel mendigo. Su respuesta no plantea dudas, como tampoco lo hacía aquella exclamación de Unamuno, harto de condicionantes y valoraciones sesgadas de la investigación en la Universidad – todavía sin resolver –: ¡que inventen ellos! dijo.

Tampoco entonces era orgullo, sino valoración correcta de la dignidad del trabajo de un investigador; una dignidad que tampoco puede comprarse por una ayuda, ni menospreciarse cuando la materia a investigar no sea del agrado de quien establece las ayudas. Ha debido de transcurrir un siglo de la escena del mendigo y algo menos, aunque casi, de la exclamación de don Miguel. Los objetivos han cambiado de forma pero no de sentido.

No imaginamos hoy, como se decía de un político que, dinero en mano, iba comprando votos de agricultores y aparceros. Sí imaginamos, sin embargo, la publicación de un Decreto-Ley – BOE, pero sobre todo prensa y televisión, pues aquel lo leen pocos – para mostrar cómo se protege a los pobres – deudores hipotecarios – frente a los ricos – la Banca desalmada – en tiempos de elecciones.

O sea, compra de votos, mediante disposiciones legales, para que, los partidos que dicen proteger a los pobres, consigan votos, frente a los que se supone que protegen a los ricos. Que, para eso hay que engañar, no importa; ahí está la publicidad y esa apelación perversa al corazón en vez de a la mente. ¿No había nadie en el Consejo de Ministros del pasado jueves ocho de noviembre, que conociera lo que llamamos traslación impositiva?

El logro del señor Sánchez ha sido que todos los gastos, consecuencia de una garantía hipoteca, sean a cargo de los bancos y no de los deudores hipotecarios, como decía la ley vigente hasta hoy.

Pero, la historia no ha hecho más que empezar: los bancos repercutirán tales costes, en las condiciones del crédito al cliente; el más poderoso lo pagará y el de menores recursos, renunciará al crédito por demasiado oneroso, y se quedará sin casa.

Lo importante son los votos resultantes del engaño, suponiendo que tampoco los pobres de hoy tendrán la misma estima por su dignidad, que quien mandaba sobre su hambre.

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